
La torta de casamiento, el anillo y el dedal
La popularidad en tiempos de los próceres
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El 2 de abril de 1911, el casamiento de María Elvira Alvear con su tío segundo, José Pacheco y Anchorena (32 años, integrante de la comisión fundadora del Automóvil Club Argentino en 1904), congregó a lo más exquisito de la estirpe local en El Talar de Pacheco, la estancia que perteneció al general Ángel Pacheco, abuelo del novio y bisabuelo de la novia.
Al igual que la mayoría de los invitados, los Beláustegui -de ellos queríamos hablar- tomaron el tren chárter que partía de Retiro. Francisco Beláustegui y María Luisa Zaldarriaga fueron con sus hijas mayores, Pancha (María Luisa), de 24 años, y Bebé (Celina), quien cumpliría 23 al día siguiente.
En la estación Pacheco los esperaban 50 autos que los depositarían en la parroquia Purísima Concepción de El Talar. "Damas y señoritas llevaban hermosas toilettes, predominando la nota de las sedas flexibles, del foulard, realzadas con alguno que otro traje de terciopelo o de brocato", escribió el cronista de LA NACION. En cuanto a María Luisa Zaldarriaga de Beláustegui, lució un vestido de tul negro con bordados en oro. Era cuñada de Ezequiel Paz, hijo del fundador del diario La Prensa y dueño -tras la muerte del padre- del Palacio Paz, actual sede del Círculo Militar. Es un dato que podríamos haber obviado, pero estamos en un casamiento y en estas reuniones se cuentan estas cosas.
La entrada de los novios queda a cargo del cronista social de este diario: "Desde el coro bajaron al recinto los primeros compases de la Marcha nupcial de Mendelssohn, que anunció la entrada del cortejo. La novia lucía una elegante toilette de Liberty blanco, corsage de tul bordado en seda en realce, totalmente cubierto por un amplio tul blanco sostenido en el peinado por un ramo de rosas blancas y otro de azahares".
Una vez bendecido el matrimonio, José y Elvira se trasladaron en carroza al castillo de El Talar, donde agasajaron a los invitados. En la mesa principal estaba la torta de bodas, de varios pisos y mucha crema chantilly, como solían hacerlas en aquel tiempo. La tradición indicaba que la novia debía repartir porciones a todas sus amigas. En cada porción había un fetiche, entre ellos, el anillo que auguraba un prometido a la afortunada que, en esta oportunidad, fue la señorita Rita Díaz Valdez, de 19 años.
Pero ahí no terminaba la expectativa: "Menos precipitación se notaba en el gentil grupo de niñas para encontrar el dedal, al que la tradición inglesa asigna un poder maléfico. Según ella, este objeto encontrado en una torta de bodas condena a la poseedora a un celibato perpetuo". ¿Quién sería la pobre diabla a quien el destino gastronómico condenaría a la soltería eterna? Bebé Beláustegui. De todos modos, LA NACION sentenció: "Esta vez la tradición va a sufrir un cruel desmentido pues, al aparecer el dedal en manos de la señorita Celina Beláustegui, pocos creyeron en la eficacia del maleficio".
Despreocupada, Bebé Beláustegui regresó a su casa con el dedal, bien dispuesta a estrenar sus 23 años. Y unos tantos más, porque vivió hasta los 95. Soltera.



