Las madres de las lágrimas
"Quédate a mi lado" ("Stepmom", EE. UU./1998, color). Presentada por Columbia TriStar. Basada en una historia de Gigi Levangie. Guión: Gigi Levangie, Jessie Nelson, Steven Rogers, Karen Leigh Hopkins y Ron Bass. Intérpretes: Julia Roberts, Susan Sarandon, Ed Harris, Jena Malone, Liam Aiken y otros. Fotografía: Donald M. McAlpine. Música: John Williams. Diseño de producción: Stuart Wurtzel. Dirección: Chris Columbus. Duración: 121 minutos. Nuestra opinión: regular.
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La madrastra del título original no tiene manos huesudas, uñas largas ni verrugas en la nariz: es una chica linda y moderna como Julia Roberts, experta en fotografía publicitaria, pero bastante desordenada y con pocas habilidades de ama de casa, de modo que se las ve negras cada vez que tiene que hacerse cargo de los dos hijos de su novio divorciado. Los chicos, la verdad, ayudan poco. Siempre están comparándola con la mamá, tan cariñosa, abnegada, puntual, atenta y comprensiva como Susan Sarandon. Entre las dos, papá Ed Harris hace lo que puede, por los menos cuando el trabajo lo deja libre y cuando el guión se acuerda de su existencia.
Porque, claro, todo está planteado entre las dos mujeres. Personajes presuntamente contrapuestos que -como hasta el espectador más ingenuo sospecha en seguida- terminarán haciéndose íntimos en una emotiva escena de reconciliación que el director y su ejército de guionistas reservan para el final. Todo está en saber qué caminos elegirá el cuento para arribar a su lacrimógena meta.
Chris Columbus prefiere todos, o por lo menos los más conocidos, y en su modalidad más estereotipada. Empieza por la comedia, exagerando los contratiempos de la mamá sustituta, los caprichos de la hija adolescente y las travesuras del nene, que -como ya ha comprobado en la serie del pobre angelito- siempre encuentran eco en la platea. Después, empieza a pulsar la cuerda sentimental para describir el conflicto familiar y el enfrentamiento entre las dos mujeres. Más tarde, ya completamente entusiasmado con la posibilidad de hacer llorar a la platea, incorpora un elemento más contundentemente dramático: la madre auténtica padece en silencio, con una sonrisa en los labios y muchas lágrimas contenidas, una grave enfermedad. Todo sazonado con golpecitos de efecto, momentos graciosos y/o tiernos a cargo del más chiquito del elenco y algún intermedio musical, casi siempre forzado. Y todo desarrollado según los modelos más convencionales.
Como la continuidad no existe y los personajes cambian de conducta con la velocidad del rayo, el espectador tiene el derecho de sospechar que los cinco libretistas trabajaron por separado, o que el que se encargó de la amalgama final no prestó demasiada atención a su tarea. Por otro lado, la insistencia con que la película busca emocionar a la platea con situaciones y personajes tan poco creíbles se vuelve contraproducente. En el final, que como cabía esperarse sucede en una Navidad nevada, la madre de verdad, postrada en su cuarto, hace subir a los chicos uno por uno para entregarles su último regalo. Después, siempre con los ojos húmedos, se olvida de la agonía y baja al living para estar cerca del arbolito y no faltar a la escena prometida.
Nadie esperaría mucha sutileza ni mucho rigor en un film de Chris Columbus ("Mi pobre angelito", "Papá por siempre", "Nueve meses"), pero aquí, además, descuida la progresión, estira el cuento más allá de lo necesario y desperdicia el esfuerzo que Susan Sarandon y Julia Roberts hacen por creer en sus personajes.
Los chicos -Jena Malone y Liam Aiken- responden estrictamente al modelo: son típicos chicos "made in Hollywood". Y el siempre mesurado Ed Harris termina siendo favorecido por la desatención del director y logra que su naturalidad resulte casi un remanso entre tanta afectación.





