
"Las obras del arte madí son parte de la naturaleza"
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"Conocí a Carmelo Arden Quin una mañana de 1979 cuando caminaba por la rue Beaubourg, en el barrio Le Marais, cerca del Centro Pompidou, en París. Se acercó y me dijo: Vi tu obra, es muy interesante, ¿No querés venir a ver lo que hacemos? Arden Quin trataba de reflotar el movimiento madí, creado en agosto de 1946, en Buenos Aires, junto con Gyula Kosice, Rhod Rothfuss, Martín Blasko y Edgar Bayley, entre otros. Pero en ese momento luchaba con un pequeño grupo de pintores franceses y un italiano", recuerda Bolívar Gaudin, secretario general del movimiento, con sede en París.
"Expusimos juntos al año siguiente y tres años más tarde me adherí al movimiento. Tenía cierta idea de lo que era madí, porque había conocido a Rhod Rothfuss en Montevideo en 1956", agrega.
-¿Cómo era Rhod Rothfuss?
-Un hombre reconcentrado, muy inteligente. Me explicó que el arte convencional era una copia de lo que ocurría en la naturaleza. En cambio, las obras del arte madí son parte de la naturaleza, no un reflejo; un árbol no es una copia, es él mismo. Arden Quin me pidió que lo ayudara porque estaba preparando una muestra que se inauguraría en París para luego presentarse en Saint Paul de Vence, donde está la capilla decorada por Henry Matisse, Milán, Brescia y no recuerdo qué otra ciudad. Fue exitosa y a la gente le llamaba la atención la forma irregular de los catálogos, porque uno de los postulados de Madí es la eliminación del cuadro. Salir del espacio cerrado para ir a un espacio sin marco. "Porque en la naturaleza las cosas no están enmarcadas", decía Rothfuss.
-¡Toda una aventura!
-Tuve varias en mi vida, la primera cuando a los 15 años decidí venir a Buenos Aires. Que para muchos artistas era como el paso previo a la visita a París porque Buenos Aires es una gran urbe y un centro cultural. Tomé una lanchita frente a Concordia, crucé el río y me subí a un tren de carga, pero el convoy se detuvo en un puerto cuando faltaba para llegar y no tenía plata. Entonces, durante diez días trabajé paleando carbón para pagar el pasaje.
-¿Cómo se forma como artista?
-Soy un autodidacta, ¡un autodidacta apasionado! Es que el arte no es una profesión, es una vocación, y cuando a uno se le despierta no tiene regreso. Comencé a dibujar en la Escuela de Artes y Oficios de La Plata y luego en Buenos Aires. Después regresé a Uruguay y asistí como oyente a la Escuela de Bellas Artes de Montevideo. Teníamos un guía, el escritor Enrique Amorín, que todos los domingos nos recibía en su casa y nos prestaba libros. Era un lujo, venía gente de la Argentina como Norah Borges, Juan Carlos Castagnino, Jorge Luis Borges y el chileno Pablo Neruda. Hice mi primera muestra en la galería Andreoletti, en la avenida 18 de Julio, cerca de la plaza de los Bomberos. Después trabajé como realizador de escenografías y pinté decorados para obras importantes dirigidas por Margarita Xirgu, Alberto Candeau, Orestes Caviglia.
-¿Cuál fue la segunda gran aventura?
-Ir a París, en 1963, con un pasaje, 100 dólares, sin conocer a nadie y sin hablar una palabra de francés. Lo aprendí escuchando, leyendo los diarios y tratando de no frecuentar ambientes donde sólo se hablaba castellano. Finalmente encontré trabajo en una fábrica de collares y aros, pero el drama era que no tenía dónde pintar y sentía que no crecía. Por último conseguí un espacio en un antiguo taller de carpintero.
-¿La primera muestra en París?
-Fue en 1967. Mis amigos franceses me llevaron a conocer la Galerie Du Haut-Pavé, que dirigía un dominico, Gilles Vallée. Allí se podía exponer gratis, père Vallée se encargaba de todo. Los artistas como compensación dejaban una obra que el sacerdote sorteaba entre la gente que aportaba dinero para sostener la galería. Esa fue mi primera muestra. Después conocí a madame Katia Granoff, rusa y dueña de otra galería. Era septiembre, la temporada no había empezado y Katia nos cedió la galería, pero teníamos que encargarnos de invitar al público y los medios. ¡Una sorpresa! Hubo artículos en Le Monde y Le Figaro , pero entre tanto sobrevino el Mayo Francés de 1968.
-¿Cómo fue eso?
-Lo viví en la Sorbona, que estaba tomada por los estudiantes. Había interminables reuniones donde nadie pedía la palabra, se levantaba y hablaba. Costaba seguir el diálogo porque se superponían el discurso grandilocuente de los intelectuales con el de oradores de barricada. Pero era divertido, todos colaboraban, uno paraba un auto en la calle y pedía que lo llevaran, y el conductor lo llevaba. El problema era conseguir alimentos porque estaba todo cerrado y había que hacer largos viajes para comprar algo de pan.
-¿Una frase final?
-Algo que con sus 96 años me sigue recordando Arden Quin, que "el creador no debe preocuparse por simbolizar nada, sólo hacer una obra de arte como la naturaleza hace una hoja".
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