
Kayne West
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En su segundo disco, el prodigio del hip hop expande los límites de la música pop contemporánea
Kanye West es demasiado modesto. Está bien, tiene un ego un poco grande –es capaz de compararse con Michael Jordan, Mohammed Ali, Bill Gates y Prince, a veces en una sola oración–, pero todo ese ego lo trueca por ambición musical. “No hago nada a menos que pueda hablar sobre eso después”, dice él. En Late Registration, no se dedica sólo a hacer música pop: quiere ser la música pop. Además de sus juegos de palabras, demuestra sus épicas habilidades de producción y declara que la música se reduce al hip hop. Apunta contra lo que él llama “ese estilo Coldplay, Portishead, Fiona Apple” en su búsqueda demente por explotar cada uno de los clisés de la identidad hip hop. ¿Lo consigue? Sí, lo consigue. Y, como solía decir Reggie Jackson, no es alarde si podés hacerlo.
West estalló el año pasado con The College Dropout, el fabuloso debut escolar del que la gente todavía no puede parar de hablar. Para algunos, Dropout demuestra que el hip hop está estancado, porque es un ejemplo de lo que todos los demás no están haciendo. Para otros, demuestra que el hip hop continúa evolucionando, como un desarrollo que nadie fuera del hip hop podría alcanzar. Pero Late Registration es un triunfo innegable, envuelto para regalo, tan expansivo que hace que el debut suene como un burdo borrador. West se convirtió en un verdadero mc. En todo el disco, deja fluir su costado sentimental y de poeta del r&b (“Roses”), sus ritmos setentistas de jam lento (“Celebration”), su ingenio (“Gold Digger”), su política dura (“Crack Music”) y su amor por Maroon 5 (“Heard ‘Em Say”, en la que participa Adam Levine). Convocó a los pesos pesados: Jay-Z, Common, The Game. Pero su arma más filosa es el productor de Fiona Apple, Jon Brion, cuyas experiencias previas en el hip hop son nulas. Una jugada fuerte y ganadora: Brion aporta orquestación en vivo e instrumentos extraños como material en crudo para la imaginación de West. Denle un clavicordio y vean cómo lo vuelve funky.
Si este álbum tiene un tema emocional despampanante à la “Jesus Walks”, es “Hey Mama”, en el que West honra a su madre, quien tuvo que trabajar hasta de noche para poder pagar las cuentas. Cuando West rapea “Can I cry, please?/ Gimme a verse of «You Are So Beautiful to Me»” [¿por favor, puedo llorar? / cantame una línea de «You Are So Beautiful to Me»], uno siente que es el mejor tema familiar y que más hace llorar desde “All That I Got Is You” de Ghostface. “Gone” construye un loop totalmente funk con un gemido de Otis Redding. Y más raro todavía es “Diamonds from Sierra Leone”, en el que convierte un tema de James Bond en un ominoso lamento por el trabajo esclavo en Africa.
“We Major” es el punto más alto, pero está muy cerca del resto, en un álbum en el que nada es malo salvo los intervalos. Y todo está regado de un ritmo bailable y fresco, como de El crucero del amor.
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