Neil Young
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El canadiense realiza el disco político del año en momentos de crisis, la sutileza no es una opción, y la velocidad es fundamental
Neil Young grabó las nueve canciones originales de este álbum en seis días, hace sólo un mes. Escribió cuatro de esas canciones el mismo día que las cortó. Y en las nueve, Young acusa al actual presidente y a su administración de, entre otras cosas, mentir, espiar, desatar una guerra sin razón ni sentido y mal desempeño del deber hacia los principios axiales de la nación. Luego hace un llamado al juicio en el tema más extremo disponible para el pueblo norteamericano, “Let’s Impeach the President”, con una guitarra de zumbido rasposo, el músculo correcto de un coro de cientos de voces, una trompeta tocando “Taps” y la voz autoincriminatoria del propio Bush.Living with War es la opinión de un hombre: Young informa, vos decidís. Pero es un seria denuncia sobre el lamentable estado del debate en este país –y en su rock & roll– que el desafío más directo, público e inspirador que se ha hecho a la presidencia Bush este año haya sido llevado a cabo por un cantante y compositor canadiense de 60 años, quien, incluso en su estado de apoplejía, no puede resistirse a una frase como “ruteando por la vieja autopista hippie” (“Roger and Out”). El hecho de que exponga sus ideas con tanta claridad y con momento de trío de garage sucio es una contundente demostración del modo en que Young se niega a extinguirse o a desaparecer. Para mí, las frases más cargadas de “Let’s Impeach the President” no tienen nada que ver con Irak y todo que ver con la vergonzosa delincuencia doméstica de Washington: “¿Qué pasaría si Al-Qaeda hubiera hecho estallar los diques?/¿Nueva Orleáns habría estado más segura por la protección de nuestro gobierno?”.Young ya había elevado la voz antes, no siempre en la dirección esperada (“Hasta Richard Nixon tiene alma”, señaló en “Campaigner”). Pero no ha escrito y grabado con tanta emergencia desde “Ohio”. Puede oírse la premura en el a veces extraño equilibrio de tenor estrangulado de Young y en el ejército gospel que lo apoya. Y muchas canciones se construyen sobre una repetición mántrica: Young cantando “No necesitamos más mentiras” en “The Restless Consumer”, la preocupación circular en la melodía de la canción que le da título al disco. Pero gran parte del álbum está al ritmo de un nuevo Vietnam. En “Flags of Freedom”, una nenita ve cómo su hermano marcha hacia la muerte segura sobre un coro que tiene ecos de “Chimes of Freedom”, de Bob Dylan. Y como la Casa Blanca se asegura de que no veamos en el noticiero el precio que hay que pagar por Irak –los ataúdes que vuelven a casa–, Young hace que el trompetista Tom Bray sople un solo lastimoso y elegíaco por los muertos en “Shock and Awe”, contra la tormenta de arena de la guitarra y el duro golpe de los timbales del baterista Chad Cromwell. Los arengadores de derecha van a salir a decir que Young no es un ciudadano norteamericano, aunque haya vivido en los Estados Unidos desde los años 60 y tenga tres hijos nacidos allí que van a tener que vivir las consecuencias que vendrán. Pero al final del álbum, Young deja que los Estados Unidos hablen por sí mismos, en la entrega de plegaria dominical del coro de “America the Beautiful”.
No hay ironía, ni odio ni guitarras, sólo fe y la advertencia final de que hasta que no vivamos en la perfección del verso final – “Hermandad/ desde el mar hasta el mar brillante”– nadie tiene derecho de decir: “Misión cumplida”.






