Nuevos documentos reservados,obtenidos en exclusiva por Rolling Stone, prueban los excesos en que incurrieron las Fuerzas Armadas de George Bush en Irak . A dos mses de las elecciones, otro retrato del horror.
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Han pasado varios meses desde que las ahora infames fotografias de Abu Ghraib revelaron que soldados norteamericanos torturaron a prisioneros iraquies, y la administracion Bush no ha logrado siquiera ir a la raiz del problema. “Quedan todavia varias preguntas por responder”, dice la senadora republicana Susan Collins, miembro de la Comision de Fuerzas Armadas. El Pentagono ha obstaculizado las investigaciones y la requisitoria del Congreso esta parada. La ineficiencia es notoria dado que el Congreso tiene acceso a documentos clasificados en los que se detallan los abusos mencionados por el general Antonio Taguba en su informe acerca de Abu Ghraib. Rolling Stone logro acceder a esos documentos y ofrece aqui un informe acerca de su contenido.
Los nuevos documentos militares clasificados a los que accedió Rolling Stone ofrecen un testimonio aterrorizador de lo que ocurrió en la cárcel de Abu Ghraib durante la guerra de Irak. En ellos se encuentran informes detallados acerca de la violación y sodomización de prisioneros iraquíes por parte de soldados norteamericanos y traductores. Los documentos secretos conforman 106 “anexos” que el Departamento de Defensa norteamericano excluyó del Informe Taguba, publicado durante la primavera boreal, e incluyen cerca de seis mil páginas de emails y memos internos del Ejército, informes acerca de disturbios en la cárcel y fugas, y declaraciones juradas de soldados, oficiales, contratistas privados y prisioneros. Los documentos describen a la prisión como un caos absoluto. A los reos se les daba comida infectada y se los forzaba a padecer hambre. Muchos prisioneros y soldados fueron heridos o asesinados durante feroces ataques nocturnos. Hombres leales al ex dictador Saddam Hussein trabajaban allí como guardias, y aparentemente les entregaban armas a los prisioneros.
Los documentos dejan en claro que la responsabilidad por los abusos, a los que el general Taguba calificó de “sádicos, vulgares y gratuitamente crueles”, alcanza a numerosos oficiales de alto rango que aún ocupan posiciones de mando.
El general Geoffrey Miller, hoy a cargo del sistema de prisiones militares en Irak, fue enviado a Abu Ghraib por el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, en agosto de 2003. En un informe reservado, Miller recomendaba que la policía militar de esa prisión estuviera “activamente involucrada en el establecimiento de las condiciones necesarias para una explotación exitosa de los prisioneros”. Luego de que este plan fuera puesto en marcha, los guardias comenzaron a privar a los detenidos de sueño y comida, obligándolos a adoptar posiciones dolorosas y aterrorizándolos con perros.
Un antiguo oficial de inteligencia le confió a Rolling Stone que el propósito del informe Miller estaba muy claro para los involucrados: “Lo que quiere decir es que hay que tratar a los prisioneros como una mierda, hasta que sean capaces de vender a su madre por una sábana, un plato de comida sin insectos o unos minutos de sueño”.
En los documentos a los que Rolling Stone tuvo acceso, decenas de prisioneros de Abu Ghraib describen detalladamente los actos de tortura. Taguba los halló creíbles por “la claridad de sus tes- timonios y la evidencia provista por otros testigos”. Los abusos tuvieron lugar en la Zona Dura, un edificio de dos pisos que albergaba a insurgentes y criminales iraquíes no pertenecientes a Al-Qaeda ni a otras organizaciones terroristas.
Kasim Mehaddi Hilas, detenido número 151108, aseguró en una declaración jurada haber visto cómo un traductor, conocido como Abu Hamid, violaba a un adolescente. “Tenía uniforme militar y lo vi introduciendo su pene en el culo del chico”, reveló Hilas. Una soldado norteamericana sacaba fotografías de la escena.
Durante el período sagrado de Ramadán, Hilas vio cómo Charles Graner Jr., agente de las Fuerzas Especiales, y otro hombre ataban a un detenido a la cama durante la noche. “Le metieron la linterna fosforescente en el culo, y el hombre aullaba pidiendo ayuda divina.” La misma soldado fotografió la escena.
Otro prisionero, Abd Alwhab Youss, fue sancionado luego de que los guardias lo acusaran de intentar atacar a un policía militar con un cepillo de dientes roto. Los guardias arrastraron a Youss a una habitación cerrada, derramaron agua helada sobre su cuerpo, lo forzaron a sumergir su cabeza en pis y le pegaron con una escoba.
Mohanded Juma, prisionero número 152307, declaró que en su primer día en el Piso 1A, el ala occidental de la Zona Dura donde los detenidos eran llevados para ser interrogados, fue encerrado desnudo en una celda durante seis días. Graner Jr., el guardia a cargo del sector, entró en la celda de Juma a las 2 de la mañana, lo ató de pies y manos y lo llevó al sector de duchas, donde lo interrogó una mujer. Cuando ella se fue, Graner y otro hombre le tiraron pimienta en la cara, lo golpearon con una silla y lo estrangularon. Juma pensó que se moría. El ataque duró cerca de una hora. “Se cansaron de pegarme”, les dijo Juma a los investigadores. “Se tomaron un descanso y luego empezaron a patearme hasta que me desmayé.”
La declaración jurada de Amjed Isail Waleed, detenido número 151365, es especialmente elocuente. En su primer día en la Zona Dura, los guardias lo llevaron a una habitación oscura, empezaron a golpearle la cabeza, el estómago y las piernas. Un día de noviembre, cinco soldados lo condujeron a una habitación, le taparon la cabeza con una bolsa y empezaron a golpearlo. “Me hicieron sentarme como un perro, ataron un hilo a la bolsa y me hicieron ladrar, riéndose de mí.” Un soldado golpeó la cabeza de Waleed contra una pared, y la bolsa se cayó. “Uno de los policías me ordenó en árabe que me arrastrara. Yo lo hice, y empezaron a escupirme y a golpearme en la espalda, en la cabeza y en los pies. Siguieron así hasta las cuatro de la mañana, cuando se terminó el turno. Y en los días posteriores pasó lo mismo.”
Finalmente, luego de una tunda de golpes, fue obligado a acostarse. “Uno de los policías me meó encima, riendo a las carcajadas”, recordó. Lo llevaron a un cuarto oscuro y lo golpearon con una escoba. “Metió unos dos centímetros de su cachiporra en mi culo. Empecé a gritar. Lo extrajo y lo lavó. Dos chicas norteamericanas que estaban ahí, me golpeaban en el pene con una pelotita de esponja. Y cuando estaba atado en el cuarto, una de ellas jugaba con mi pene. Vi muchos castigos como ése, y algunos peores. Y en todos esos momentos sacaban fotografías.”
en los archivos secretos, algunos soldados fotografiados proporcionan relatos de primera mano acerca de los abusos. La sargento Lynndie England declaró que el 8 de noviembre (la noche de su cumpleaños número 21) fue a la Zona Dura a visitar a Graner Jr., su novio. Poco después de la medianoche, siete prisioneros iraquíes, acusados de provocar disturbios en una de los tiendas de campaña utilizadas para albergar a detenidos, fueron llevados al Piso 1A. Para England, esa noche fue un paréntesis en su tedioso trabajo de fichar prisioneros. Nori Al-Yasseri, prisionero número 7787, la recuerda como “una noche que duró como mil noches”.
Al-Yasseri y un grupo de prisioneros llegaron a la Zona Dura con sus cabezas cubiertas y las manos atadas detrás de la espalda con esposas de plástico. Los guardias empujaron a los hombres contra las paredes hasta hacerlos caer al piso. “Parecían un montón de perros”, señaló England. Los policías militares atravesaban la habitación corriendo y saltaban sobre ellos. Mientras los iraquíes estaban en el piso, England y el sargento Javal Davis les pisoteaban las manos y los pies. El sargento Jeremy Sivits los oyó gritar.
También los oyó el sargento Shannon Snider, que estaba trabajando en una oficina en el piso superior. Alertado por los gritos de dolor, Snider le ordenó furiosamente a Davis que dejara de abusar de los prisioneros. Davis se alejó de ellos, y Snider volvió a su trabajo.
“Cuando le ordenó a Davis que parara, éste así lo hizo”, dijo Sivits. “Creo que el sargento Snider pensó que se trataba de un incidente aislado.”
Pero era apenas el comienzo.
Cuando Snider se fue, los policías militares forzaron a los prisioneros a pararse y les quitaron las esposas. Graner, que había aprendido algunas frases en árabe, les ordenó que se desvistieran. Mientras uno de ellos se quitaba la ropa, le tomó la cabeza con un brazo y comenzó a pegarle puñetazos en la sien. “¡Eso me dolió!”, exclamó Graner, agitando la mano. El prisionero estaba inmóvil, y alguien le quitó la capucha. “Me acerqué para ver si aún estaba vivo”, declaró Sivits. “Estaba inconsciente, tenía los ojos cerrados y no se movía. Pero todavía respiraba.”
De acuerdo con el relato de England, el sargento Ivan Frederick trazó una “x” imaginaria sobre el pecho de otro prisionero y dijo: “Miren esto”. Lo golpeó en el pecho. El prisionero trastabilló hacia atrás y cayó sobre sus rodillas, sofocado. “Frederick dijo que había puesto al detenido bajo arresto cardíaco”, aseguró Sivits en su declaración. A la sargento England se le pregunto por qué pensaba que Frederick había atacado a ese hombre. “Supongo que sólo quería pegarle.”
Finalmente, cuando los siete iraquíes estaban parados en fila, desnudos y encapuchados, los militares extrajeron sus cámaras. Habían tomado algunas imágenes más temprano, pero en ese momento la tortura cobró la forma de una sesión fotográfica. Los siete iraquíes, a quienes se les había enseñado a sentir vergüenza ante la presencia de otros hombres desnudos, fueron forzados a colocarse en poses humillantes. Graner los hizo trepar uno encima del otro hasta formar una pirámide humana, y los policías militares posaron por turnos frente a ellos. En una de las fotos, England y Graner aparecen sonriendo y levantando el pulgar detrás de los hombres, completamente desnudos excepto por las bolsas que tapan sus cabezas.
Más tarde los obligaron a arrastrarse por el piso en cuatro patas, con los guardias montados sobre sus espaldas. Dos de ellos debieron posar como si estuvieran teniendo sexo oral, y otros fueron alineados contra la pared y forzados a masturbarse mientras England señalaba sus genitales y los provocaba. Los soldados se reían, bromeaban y sacaban fotos.
Durante la investigación, le preguntaron a una de las víctimas iraquíes cómo se había sentido esa noche. “Pensé en suicidarme”, le dijo Hussein Al-Zayiadi, detenido número 19446. “Pero no encontré manera de hacerlo.”
los archivos secretos dejan en claro que las condiciones de vida en Abu Ghraib eran “deplorables”, tanto para los soldados como para los prisioneros. El lugar era blanco de ataques constantes. Los documentos no hacen referencia al número de bombardeos, pero una lista parcial a la que accedió Rolling Stone indica que entre julio y septiembre de 2003 hubo más de veinte explosiones. En ellas murieron seis prisioneros y dos soldados, y hubo 71 heridos. Pero algunos oficiales de Abu Ghraib le dijeron a Taguba que las constantes demandas de tropas y vehículos armados para proteger el lugar fueron ignoradas por los mandos superiores.
“Mis soldados y yo sentimos que estábamos ahí sentados esperando la muerte”, dijo el capitán James Jones, de la División 299 de la Policía Militar. “Como oficial a cargo, soy responsable de que mis hombres vuelvan a casa. ¿Pero cómo puedo hacerlo? Es frustrante. Atemorizante.”
La cárcel estaba desbordada por la cantidad de prisioneros: había siete mil detenidos, cuando había sido pensada para albergar a no más de cuatro mil. Muchos reclusos debieron permanecer hacinados en tiendas de tela, convertidas en hornos durante el verano y permeables a las lluvias en el invierno, en medio del barro y, muchas veces, anegadas por el agua. “El lugar está repleto de basura y tiene pozos de agua cerca de las letrinas”, señala un informe reservado de los días de la guerra. “Los prisioneros llevan botellas de agua sucia para beber. Las tiendas no tienen pisos ni ofrecen suficiente protección contra las inclemencias del tiempo.” Los prisioneros usaban ropa sucia, porque los lugares precarios para lavarla eran insuficientes. Los prisioneros con deficiencias mentales, advierte el documento, no recibían ninguna atención médica.
En una serie de emails dirigidos a sus superiores, el mayor David DiNenna, de la División 320 de la Policía Militar, advertía con desesperación creciente que la comida era a menudo incomible. “Por lo menos tres o cuatro veces por semana, la comida no puede ser servida porque hay gusanos en ella.” Cuatro días después de ese informe, DiNenna envió otro email urgente en el que indicaba que “durante los últimos dos días los prisioneros vomitaron después de comer”.
Los pedidos desesperados de comida y provisiones adecuadas jamás fueron escuchados, ni siquiera cuando los soldados comenzaron a ser atacados por los prisioneros. El peor ataque ocurrió el 24 de noviembre de 2003: los prisioneros de un sector “comenzaron a marchar gritando consignas como «Abajo Bush», «Bush es el mal» y otros eslóganes similares”. Los detenidos arrojaron piedras a las torres de guardia y a los soldados que custodiaban el lugar del otro lado del alambrado. Un guardia recordó luego que “el cielo estaba negro, tapado por las piedras”. El levantamiento se expandió a otros sectores de la prisión. Los guardias comenzaron a disparar municiones de fogueo para intentar dispersar a la multitud, pero, temerosos de estar frente a una fuga masiva, recibieron la orden de disparar con balas de plomo. Hubo nueve prisioneros muertos y otros tantos heridos.
Esa misma noche, un detenido del Piso 1A le indicó a un guardia que un prisionero tenía un arma y varios cuchillos. El informante conocía el lugar exacto donde éste se encontraba: la celda 35. Antes de emprender la requisa, como medida de precaución, los guardias ordenaron a todos los prisioneros del piso que pusieran sus manos en los barrotes de las celdas para ser esposados. Pero cuando la policía militar llegó a la celda 35, el detenido se negó a poner las manos en la reja y se limitó a decir que no tenía ningún “arma”.
Nadie había pronunciado esa palabra cerca de él. El sargento William Cathcart, uno de los militares que estaban de guardia esa noche, quiso tomarlo de las muñecas. El prisionero se resistió, cayó de rodillas y empezó a rezar. “Entonces supe que habría un tiroteo”, recordó Cathcart frente a los investigadores.
Estaba en lo cierto. El prisionero giró de golpe, tomó una pistola de 9mm de debajo de la almohada y le disparó. Una de las balas dio en el pecho del militar, quien no resultó herido gracias a su chaleco antibalas. Otro guardia le disparó al prisionero con dos balas de fogueo, y logró derribarlo. Sin embargo, el hombre pegó un salto hacia atrás y siguió disparando. Otro guardia puso fin al incidente descargando una ráfaga en las piernas del iraquí.
¿Cómo fue posible que un hombre detenido en la prisión más dura de Irak consiguiera esconder un arma en su celda?
Según una investigación del Ejército, la Autoridad Provisional de la Coalición, de carácter civil, había contratado para trabajar en la prisión a por lo menos cinco miembros de Fedayeen Saddam, una organización paramilitar de fanáticos leales a Hussein. Un guardia iraquí, quizá uno de los “Mártires de Saddam”, consiguió ingresar en la prisión un arma y dos cuchillos dentro de un tubo, que hizo llegar a la celda 35, en el segundo piso de Abu Ghraib, disimulado en una sábana.
En mayo, cuando el general Taguba declaró ante la Comisión de las Fuerzas Armadas en el Senado, el legislador Wayne Allard le hizo una pregunta muy directa: “¿Había terroristas en la prisión?”. “No, que yo sepa”, respondió. Los archivos clasificados de su informe revelan que la respuesta debió haber sido otra.
Taguba sólo fue autorizado a investigar el desempeño de la policía militar durante los incidentes de Abu Ghraib. Pero, cuando los hechos ocurrieron, la Zona Dura estaba a cargo de la inteligencia militar. De todas maneras, los anexos clasificados indican que entre los responsables de las torturas hay varios oficiales del más alto rango, que aún no han sido castigados ni relevados de sus puestos de mando.
La general Barbara Fest, quien aún es directora de inteligencia militar en Irak, estaba al tanto de la situación en Abu Ghraib y habitualmente recibía informes de los oficiales a cargo de la prisión. El teniente coronel Steven Jordan, responsable de la inteligencia dentro de la cárcel, le admitió a Taguba que en verdad no reportaba al coronel británico que teóricamente era su supervisor. “En los papeles, trabajo para él. Pero, entre usted y yo, debo decirle que trabajo para la general Fast.”
Fast está siendo sometida a una investigación, pero, a diferencia de otros oficiales de menor rango y de los soldados, no ha sido acusada por los abusos.
Miller, quien fue enviado por el secretario de Defensa norteamericano, Donald Rumsfeld, para poner en marcha los interrogatorios en Abu Ghraib, se pasó diez días reuniéndose con oficiales de inteligencia. Miller se había desempeñado como comandante de la prisión de Guantánamo, donde algunos “combatientes enemigos” ya estaban siendo sujetos a duras técnicas de interrogatorio, incluyendo el uso de perros adiestrados para asustar a prisioneros. Según el coronel Thomas Pappas, que estuvo al mando de la brigada de inteligencia militar en Abu Ghraib, Miller habló con él acerca de la utilización de perros durante los interrogatorios: “Dijo que usaban perros militarmente adiestrados, y que éstos eran muy efectivos para crear una atmósfera en medio de la cual era posible obtener información”.
La brigadier general Janis Karpinski, que estaba a cargo de todas las prisiones militares en Irak, le dijo a Rolling Stone que Miller hablaba de “guantanamizar los interrogatorios” [en referencia a la prisión de Guantánamo, que albergó a prisioneros talibanes y miembros de la organización terrorista Al-Qaeda, construida por el presidente Bush en la base naval norteamericana durante la guerra de Afganistán]. Según ese testimonio, Miller se jactaba de que en la cárcel por él dirigida se trataba a los prisioneros “como perros, porque no hay que dejar que ellos estén al mando de la situación”.
Miller lo negó. Pero su plan para “explotar rápidamente a los detenidos en función de las necesidades de la inteligencia” fue rápidamente adoptado en Abu Ghraib. Entre los documentos clasificados se encuentra una presentación en diapositivas de las nuevas “Reglas para Interrogatorios”, en las que se especifica que los soldados, con la correspondiente aprobación, pueden someter a los prisioneros a manipulaciones de su dieta, a privaciones del sueño, a posiciones humillantes y a la presencia de perros entrenados. Hay por lo menos un caso documentado de un prisionero mordido por un perro.
La mayoría de los policías militares acusados de incurrir en estos excesos declaran que los oficiales de inteligencia los instaron a “ablandar a los prisioneros” antes de los interrogatorios. “La inteligencia militar quería que hablaran”, dice Sabrina Harman, integrante de las fuerzas especiales. Y agrega que le indicaron que mantuviera despiertos a los detenidos.
Los documentos reservados también demuestran que los oficiales de inteligencia de Abu Ghraib se sentían presionados a obtener resultados. El teniente coronel Jordan le dijo a Taguba: “Un par de veces me dijeron que algunos informes eran leídos por Rumsfeld y por tipos de muy alto nivel en Langley [la sede de la cia]”.
En mayo, luego de que algunas fotos de escenas de tortura llegaran a las primeras planas de los diarios de todo el mundo, Rumsfeld declaró que tomaría “todas las medidas necesarias” para asegurarse de que esos abusos “no vuelvan a ocurrir”. Pero el secretario de Defensa ya les ha enviado una clara señal a los comandantes en Irak acerca de su posición sobre los interrogatorios a prisioneros. En abril, Rumsfeld envió al general Miller de Guantánamo a Bagdad, poniéndolo a cargo de todas las prisiones militares de Irak. En lugar de someter a juicio al hombre que había pergeñado el plan para someter a los prisioneros de Abu Ghraib a abusos y torturas, lo puso a cargo de esa prisión.
“Señores y señoras, esto ha cambiado”, le dijo Miller a la prensa tras asumir el mando. “Confíen en nosotros. Estamos haciendo lo correcto.”
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