
Sus padres son leyendas que quebraron todas las reglas. ¿Cómo es la infancia cuando tus viejos son los locos de la casa?
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Ser criado por una estrella de rock podria ser el sueño de todo adolescente… a menos que eso te pase de verdad. Entonces, las cosas no son tan fáciles. Trixie Garcia tuvo su primera experiencia psicodélica al año y medio de vida. Una bolsita con hongos quedó al alcance de su mano. Los padres de Trixie –el cantante de The Grateful Dead, Jerry Garcia, y una prototípica chica hippie de la época, llamada Mountain Girl– no se alarmaron demasiado.
“Mi mamá decía: «¡Ah, te hizo más comunicativa!»”, cuenta Trixie, quien ahora tiene 30 años, es pintora y vive en la zona de la bahía de San Francisco. “Es sólo cuestión de preguntar: la mayoría de los chicos de la escena tuvieron algún accidente con las drogas. Mi hermana se tomó un jugo de naranjas que tenía ácido lisérgico.”
El reverso de la infancia de Trixie Garcia podría ser la de Anna Gabriel, quien creció en un modesto barrio de la ciudad de Bath, en la campiña inglesa. Su padre, Peter Gabriel, siempre afirmó no haber consumido drogas y le hizo prometer a su hija –a cambio de un auto– que no fumaría (ni tabaco ni nada) hasta cumplir los 18 años. De hecho, papá Peter todavía no sabe que Anna se hizo un tatuaje (una flor, en el tobillo) clandestinamente, mientras él realizaba su gira de 1993, el Secret World Tour. Para Anna –quien ahora es una cineasta de 30 años– la experiencia más horrible relacionada con la fama de su padre fue la vez en la que, sin darse cuenta, mientras se trenzaba a besos con un chico… sonaba de fondo un tema de Gabriel. “Fue con «In Your Eyes», claro. Yo estaba con uno de mis primeros novios del secundario y en la radio empezó un especial de tres canciones. Tuve que parar. ¡Era como si mi viejo estuviera ahí!”
Los primeros padres del rock que a uno le vienen a la mente suelen ser los más inapropiados. Está Courtney Love declarando para People que trató de que su sobredosis de OxyContin en 2003 fuera “divertida” para su hija de 11 años, Frances Bean, quien le hizo a Love un té verde mientras esperaban la ambulancia. O 50 Cent, que vistió a su hijo de 6 años, Marquise, con un pequeño chaleco antibalas. Y, por supuesto, está la familia más famosa del rock, los Osbourne. Si Los Osbourne fuera el único ejemplo de este asunto, sería comprensible que creyéramos que los hijos de estrellas de rock son todos unos nenes ricos malcriados, cuyos padres –cariñosos pero demasiado permisivos– les han legado bocas sucias, agentes personales de relaciones públicas y temporadas en rehabilitación antes de cumplir los 18. Pero consideremos, como contrapunto, al compañero de Ozzy Osbourne, Terry “Geezer” Butler, el bajista que escribió muchas de las letras más diabólicas de Black Sabbath y quien una vez, alcoholizado, amenazó al guitarrista de ac/dc, Malcolm Young, con un cuchillo, mientras giraban por Inglaterra. Como padre, resulta que Butler es tan conservador como se pueda serlo. “Si hicieran un programa llamado Los Butler, sería lo más aburrido del mundo”, dice él mismo. “Verían a mi hijo haciendo los deberes, a mí leyendo un libro (en este momento estoy leyendo el nuevo de Philip Roth) y a mi esposa mirando televisión.”
La tranquila imagen es confirmada por el hijo de Butler, James, de 20 años, estudiante de Historia en la Universidad de Oxford y que en la actualidad se especializa en la Rusia estalinista. “En casa, mi papá escucha mucho a Norah Jones”, confiesa. “Mi padre, que venía de un origen bastante humilde, quiso brindarnos lo que no había tenido, entonces se aseguró de mandarnos a escuelas privadas. A mí siempre me alentaron para que leyera, desde muy chico. Me acuerdo de estar en la casa de los Osbourne, hace muchos años, escuchando cómo Ozzy contaba todas esas historias alocadas de las giras. Mi papá nunca hizo eso. Todo lo que sé acerca de esa época lo leí en las revistas o me lo contaron mis amigos en la escuela.”
E incluso, nos enteramos ahora, esas historias suelen ser más ficticias que reales. “Mucho de lo que James escuchó estaba exagerado”, cuenta Terry. “Pero con cuántas mujeres estuviste, cuántas sobredosis tuviste, ésas no son cosas que deban hablarse con los hijos, ¿no?”
Hay una misteriosa fuerza gravitatoria que parece unir a los hijos de los músicos legendarios. Encontrás algunos y empezás a sentir que se trata de una sociedad secreta. Todos ellos crecieron con padres que rechazaban las reglas de la sociedad, pero que a la vez aceptaban sus recompensas, y todos reconocen ciertos rasgos comunes entre sí.
El padre de Rufus Wainwright es el cantante folk Loudon Wainwright III; su madre es la cantante folk Kate McGarrigle. Cuando Rufus se mudó de Montreal a Los Angeles para iniciar su propia carrera musical, comenzó tocando en clubes como Largo, donde conoció a otros aspirantes a músicos, muchos de los cuales, según resultó, eran también vástagos de músicos. Pronto se formó un extraño círculo. Estaba Chris Stills, el hijo del cantante y guitarrista de Crosby, Stills & Nash, Steven Stills. Y Adam Cohen, el hijo del cantante y compositor Leonard Cohen (Adam ahora es el frontman de Low Millions, que recientemente alcanzó el éxito con su tema “Eleanor”). Harper Simon, el hijo mayor de Paul, también andaba por ahí, así como Sean Lennon.
“Nos hicimos todos amigos”, dice Rufus. “Supongo que porque, en definitiva, nos sentíamos identificados entre nosotros.”
La conexión suele ser intensa. “No es que sea un pase automático para integrar el club”, se defiende Chris Stills. “Más bien es que estamos en la misma onda, ¿cómo decirlo? Es como que todos crecimos detrás del escenario, entonces tuvimos acceso a las fumatas, los espejos y los hilos que mueven a las marionetas. La mayoría de la gente sólo ve las marionetas. Y ese saber nos une.”
Cuando Nona Gaye conoció a Sean Lennon, cuenta: “Sentí como si estuviera hablando conmigo misma”. Nona tenía 9 años cuando su padre, Marvin Gaye, fue asesinado de un tiro por su propio padre; Sean tenía 5 cuando el suyo, John Lennon, fue asesinado de un tiro por un fan demente. “Mi padre tenía una influencia tan intensa en la vida de tanta gente, y el de Sean desde ya también”, dice Nona, quien ahora tiene 30 años y es actriz (apareció en Ali [Michael Mann, 2001] y en las secuelas de Matrix [Andy y Larry Wachowski, 1999]). “Y ahora los dos compartimos la sensación de tener que cargar solos con todo este legado. Nos vimos, simplemente le di un gran abrazo y me fui. ¡Alguien sabe cómo me siento!”
Alexa Joel –hija del cantante Billy Joel y de la supermodelo Christie Brinkley– no había conocido a ningún hijo de estrellas de rock antes de la sesión de fotos para esta nota. Ella también sintió una conexión inmediata: “Creo que una de las razones por las que nos llevamos bien es porque nadie está diciendo: «¡Oh, ésa es la hija de Steve Wonder! ¡Ese es el hijo de Paul Simon!». En este sentido: no puedo decirte la cantidad de veces que conocí a alguien que luego dijera: «Es la hija de Billy Joel». Solía enojarme y decir: «¡Mi nombre es Alexa!». Harper [Simon] y yo charlábamos recién de qué lindo era, por una vez, poder conversar acerca de lo que nosotros hacemos y de lo que queremos hacer con nuestras vidas”.
De hecho, Alexa pasó gran parte de su infancia tratando de evadir la trampa de la celebridad. “Mis padres me preguntaban si quería ir al estreno de una película o asistir a una entrega de premios, pero a mí me resultaba incómodo”, dice. “Cuando tenés 11 o 12 años, no querés que la gente arme revuelo alrededor de tus padres. Simplemente querés que tus padres sean normales.”
Ahora, con 19 años y mientras estudia en la Universidad de Nueva York, Alexa piensa en cambiar sus estudios de teatro musical por la carrera de Letras. “Siempre traté de que tuviera espacio para poder encontrar su propio camino”, dice Billy Joel. “Es una excelente compositora. Pero cuando me dice que yo soy una influencia para ella, me doy cuenta de que no necesariamente quisiera serlo, porque con su nombre puede llegar a tener ciertas dificultades para hacer una carrera musical, así que me da un poco de timidez estar tan involucrado.”
Muchos hijos de estrellas de rock deciden, bastante naturalmente, entrar en el negocio familiar. Tal vez haya en los genes un don para la música; tal vez crecer en un ambiente creativo simplemente inspira y hace que esa carrera suene como una realidad posible. Pero la idea de ser rockero por derecho de cuna siempre fue difícil de vender. Justa o injustamente, crecer en un mundo de fama y lujo no necesariamente conduce a la calle de la credibilidad.
“No quiero que la gente piense que hago música porque fue lo que hizo mi papá”, dice Otis Redding III, hijo de la leyenda del soul. “Cuando uno nace en la música y amás la música, es algo de todos los días, tanto si te va bien como si no.”
Redding se cansó de escuchar a los tipos de A&R diciéndole: “Pensá en lo que hacía tu papá. Asegurate de que tus letras sean realmente fuertes”. Su meta, dice, era “mejorar como compositor, pero la gente todo el tiempo me decía: «¡Necesitás escuchar más a tu padre!». Aprendí que, aunque sea el hijo de Otis Redding, nadie va a hacerme ningún favor. O tal vez sí. Pero hay que hacer las cosas bien”.
Una fria noche del diciembre pasado, el público del pequeño club Tonic –un lugar de música experimental en el Lower East Side de Nueva York– incluía a Yoko Ono (sentada al frente en una silla plegable), a miembros de los Strokes, a Ben Taylor (hijo de James), a Ethan Browne (hijo de Jackson) y a Sebastian Robertson (hijo de Robbie). La ocasión era un show no anunciado de Sean Lennon, Harper Simon y Yuka Honda, de la banda pop japonesa-neoyorquina Cibo Matto. Los tres suelen tocar juntos cada tanto (Sean en guitarra acústica y voz, Harper en guitarra eléctrica y Honda en teclado). La música es un rock folk amable con algunos bordes filosos, y por momentos se acerca a la psicodelia.
A Harper, aunque es talentoso, se lo ve algo indeciso en el escenario. Comenzó a tocar la guitarra a los 10. Ahora tiene 32, pero recién ganó seguridad en los últimos años. “Me costó la idea de hacer música”, admite el hijo de Simon. “Es difícil mostrarse, porque mi papá es tan bueno... Pero lo cierto es que la música siempre fue mi pasión. Y cuando tenés 10 años, sólo tratás de aprender los acordes básicos. No pensás si te estás metiendo en un campo en el que tus padres han tenido un éxito tremendo ni en que por eso tal vez no sea una buena idea.”
Tanto Harper como Sean hablan poco acerca del hecho de ser identificados como hijos de estrellas de rock, y Harper sólo toca el tema de ser el hijo de Paul Simon tras unos cuantos whiskies. Se parece bastante a su padre –circa One Trick Pony– pero con la cara más fresca y menos peluquería. Harper pasó gran parte de los 90 viviendo en el Lower East Side, tratando de superar su pánico escénico y aceptando empleos extraños, como interpretar a un chico punk drogadicto en Vidas al límite [Bringing Out the Dead, Martin Scorsese, 1999]. “Era una especie de parodia de mi vida en ese momento”, dice Harper. Hace cuatro años, se mudó a Londres, en parte para escapar de la escena de Nueva York, en parte buscando el anonimato. Cuando supo, a través de su amiga Stella McCartney, diseñadora e hija de Sir Paul, que una ecléctica banda llamada Menlo Park necesitaba guitarrista, se presentó ante el grupo y obtuvo el puesto. Desde entonces, disfruta de todas las críticas positivas que no mencionan su ascendencia.
Cuando Menlo Park tocó en Tonic el año pasado, Sean sorprendió a Harper apareciendo entre el público. Los dos se conocían desde que eran chicos: crecieron juntos en el Dakota, un edificio sobre el Central Park. Sean tiene 29 y se lo ve mucho más relajado en el escenario, aunque sus bromas defensivas con el público connotan un nivel bastante alto de desprecio por sí mismo. Durante el show en Tonic, contó abiertamente cómo su compañía discográfica, Capitol, retrasó el lanzamiento de su segundo álbum, Spectacle, porque decía que carecía de un single vendible.
Sean empezó a tocar pocos años después de la muerte de su padre, cuando pidió tomar clases de piano. “Esto puede sonar muy cursi”, dice. “Y no quiero salir con una historia sentimental, pero en algún nivel, en mis primeros recuerdos, tocar el piano encauzaba el deseo de estar cerca de mi padre, a quien ya había perdido. Yo lo asociaba con la música, y pienso mucho en los días y días que me pasaba solo en el piano como una experiencia para estar cerca de él. Así es como lo veo. Cuanto más me acerco a la música, más me acerco a entenderlo.”
Sean ofrece estos fragmentos de autoanálisis de manera reticente y enseguida cambia de tema. Como Harper, no quiere ser sólo conocido por ser el hijo de su padre. “No me avergüenzo ni trato de evitarlo ni nada por el estilo”, dice Sean. “Pero mi vida no sólo se define en términos de la celebridad de mis padres y mi falta de celebridad.” De cualquier manera, como muchos otros hijos de estrellas de rock, Sean se dio cuenta de que escaparse de la fama de sus padres era una idea tramposa. Por un lado, él está en el centro de la escena desde que nació. Por otro lado, bueno, mírenlo. Con sus anteojos redondos y una barbita como la que cruzaba Abbey Road, se parece increíblemente a su padre. Sus padres eran plenamente conscientes de la carga que Sean tendría que soportar. “John y yo fuimos muy cuidadosos en tratar de no influenciar a Sean musicalmente ni decirle quién era él”, dice ahora Ono. “Un día, Sean volvió de la escuela y dijo: «Papá, ¿vos eras un beatle?». John nunca se lo había contado. Cuando era chico, no éramos de poner música para decirle: «¡Escuchá! ¡Esos somos nosotros!».”, agrega Ono. “Pero ahora él conoce cada acorde, cada intro, cada ritmo de las músicas de los Beatles, de John y mía. Intimamente, eso me hace muy feliz. No sé cómo lo hizo, pero obviamente sabe escuchar.”
Unos meses despues del show en Tonic, Sean está en la galería de arte de su madre, en el subsuelo de su loft del Soho. John y Yoko vivieron aquí un tiempo a comienzos de los 70, antes de mudarse al Dakota. Sean enciende un Marlboro y se acomoda en una silla de plush blanco. Detrás de él, hay una vasta pared blanca cubierta con setenta y dos pequeñas obras abstractas de Ono, que cuelgan, de a nueve, en prolijas hileras. El está frente a un cuadro mayor, también de su madre, en el que se ve una enorme herida de cuchillo que sangra pintura roja. Sean tiene puesto un traje a rayas sobre un suéter con escote en v. Hay cierta calma en su actitud, cierta calma que bordea la fragilidad (con su voz alta y aguda que disminuye templadamente) y –por supuesto– la inevitable asociación que uno hace entre el hijo de John Lennon y su repentina e inexplicable pérdida.
“No creo que ser músico sea algo que yo haya decidido conscientemente”, dice. “Creo que es algo que ya estaba haciendo.” Hace una pausa. “Me siento un poco incómodo con lo que vengo diciendo”, continúa. “Suena un poco tonto, pero es así. En mi deseo de explorar el mundo de la música, que está conectado en abstracto con mi padre, en un punto me convertí en músico. Ahora veo que toqué música toda mi vida, eso es lo que hago.”
–¿Recordás el momento en el que te diste cuenta de que tus padres eran extremadamente famosos?
–Eh, sí. Sin duda fue cuando mi papá murió. Claramente fue en ese momento. Las multitudes en la puerta de casa, durante meses y meses… años, de hecho. Era abrumador. Yo tenía 5 años, y antes de eso mi experiencia era bastante insular. Así que pasé de una infancia bastante aislada a mirar por la ventana y ver miles de personas cantando con velas en las manos. Fue una experiencia bastante profunda.
–¿Los seguidores de tu padre esperan determinadas cosas de vos?
–La gente se me acerca todo el tiempo y me dice: “Vos no entendés lo importante que fue la música de tu padre para mí”. Lo cual supongo que es algo amable, pero yo digo para mis adentros: “De hecho, vos no entendés que yo estoy más cerca de él de lo que jamás te podrás imaginar, y que digas eso es ridículo. ¿Cómo podría no entender? Sos vos el que no entiende que mi relación con él va mucho más allá de la música”. Pero no culpo a nadie por pensar así. Tuviste esa experiencia que es real, y vital, y estimulante e intensa, y creés que nadie puede entender lo que sentís.
El debut de Sean, Into the Sun (1998), tenía una imagen en el título que pudo o no haber sido intencional, pero ese disco de rock indie tuvo una acogida bastante buena, con un estilo que Sean define como “suave y fresca música de los 70”. Sean abrió shows de Beck, de Sonic Youth y, extrañamente, de la banda alemana de heavy metal teatral Rammstein. (“Había ropa de cuero por todos lados”, recuerda. “Sus fans tuvieron un intento de asesinato conmigo.”) Luego comenzó a participar más en la escena, y más conspicuamente con su reciente interés romántico, Lizzie Jagger. Sean se niega a hablar del tema, pero las extraordinarias posibilidades de esa unión capturaron la imaginación de los editores de prensa amarilla del mundo entero. Salieron fotos de la pareja en clubes, de Sean con una remera de los Stones e informes sobre los gustos de la madre de Lizzie, Jerry Hall, quien declaró: “Los chicos están muy enamorados” y reveló que Sean le tocó una serenata a Lizzie con una versión de “Imagine”.
En cuanto a su propia música, Sean entiende que el peso que carga y los prejuicios de los fans de los Beatles pueden afectar su trabajo. “Fui a ver tocar al hijo de Charles Mingus –de quien no sabía nada– y como un estúpido consideré que iba a escuchar jazz”, dice Sean. “Y no lo era. Es gracioso, porque soy el menos indicado para caer en esos estereotipos, esas nociones preconcebidas del «hijo o la hija de» y eso. Pero pensaba: «¿No toca jazz? ¿Por qué?».”
Una de las ventajas de tener un padre músico es que, si se es un chico especialmente lindo o inspirador, puede que te escriban tu propia canción. A Sean Lennon le escribieron “Beautiful Boy”. A Nona Gaye, “I Want to Be Where You Are”. A Aisha Morris, hija de Steve Wonder, le tocó “Isn’t She Lovely”. A Harper Simon, “St. Judy’s Comet”, de la que él hoy dice: “Me opongo a las canciones de rock sobre los hijos, en general. Pero ésa es muy dulce”.
A Rufus Wainwright le escribieron dos canciones: una, “Rufus Is a Tit Man”, su padre, y otra, “First Born Son”, su madre. “«Rufus Is a Tit Man» [Rufus es un hombre de pecho] me encantaba”, dice Rufus, que es gay. “Es acerca de cuando yo tomaba la teta. Tenía unos 5 o 6 años y gritaba desde el público «¡Canten ‘Rufus Is a Tit Man’!». Y «First Born Son» es genial. Es una canción descarada acerca de que el primer hijo es el que rompe el corazón de todos. Es casi una bendición. Es como decir «ah, bueno, está bien que me apodere del show».”
Rufus creció en Canadá, pero se rebeló contra la escena de folk purista de sus padres y se convirtió, según él mismo, “en una reina de la ópera de 14 años”. “Eso los espantó por un tiempo”, dice. “Por una parte, era muy poco fiel a la era moderna. Y además, yo era descaradamente gay. A ellos les gustaba lo simple, y yo me incliné hacia lo barroco. Mi seguridad era avasallante. Mi padre sólo quería que cortara el césped: «¿Por qué no te relajás y dejás de escribir réquiems?».”
Los padres de Rufus se separaron cuando él tenía 3 años, y Loudon Wainwright III estuvo de gira durante buena parte de la infancia de su hijo, así que su relación siempre fue tormentosa. Los potenciales conflictos de ego se hicieron más difíciles de evadir cuando la estrella de Rufus comenzó a asomar, mientras la música folk estaba cada vez más marginada de la cultura en general.
“Mi propia fama era algo extremadamente difícil para mi padre”, dice Rufus, quien, a los 31, ya lanzó cuatro reconocidos álbumes. “Cuando salió mi primer disco, durante seis meses tuvimos una relación horrible. Yo no sabía cómo manejarme con la prensa y respetar sus sentimientos y, a la vez, él fue muy duro conmigo sobre ciertas cosas que yo dije por ignorancia. Nos queríamos matar el uno al otro. Yo dije que él me había abandonado cuando era chico, y que yo iba a ser más famoso que él, y que yo tenía más onda y estaba más en contacto con los chicos.”
El momento de quiebre llegó durante una sesión de fotos de padres e hijos para Rolling Stone, hace cinco años. Hacia el final de la sesión, el fotógrafo se vio forzado a sugerir: “¿Por qué ustedes dos no se tocan un poco?”. “Mi papá se sentía muy incómodo y yo me sentía muy ofendido”, cuenta Rufus. “Eso se ve en la foto.” Después de la toma, los Wainwright se fueron a comer juntos. Rufus tomó algunos tragos y le dijo a su padre que gracias a él finalmente había llegado a la portada de Rolling Stone. “Nunca me perdonó por ese comentario”, dice Rufus. “Hubo mucho que reparar después de eso.”
La sucursal occidental de la Sociedad por la Conciencia Krishna se encuentra en una tranquila calle residencial cerca de Venice Boulevard en Los Angeles. Además de un templo de columnas blancas, una librería y un restorán vegetariano llamado Govinda’s, la sociedad posee varias de las casas de la calle, por la que hombres con túnicas anaranjadas se pasean con alimentos y libros de rezos.
Una tarde nublada de enero, Elijah Blue Allman está sentado bajo la sombrilla de una mesa en el patio de ladrillos de Govinda’s. Es exactamente tal como lo describió su jefe de prensa la noche anterior: “Tiene el pelo rubio y sucio. Suele usar una gorrita negra de Kangol, puesta al revés. Y probablemente tenga puesto un chaleco como el que usaba Michael J. Fox en Volver al futuro”. El botón del medio del chaleco de Elijah está abrochado, y del bolsillo de su pantalón verde militar cuelga un llavero en forma de gancho.
Los padres de Elijah son Gregg Allman, cantante y tecladista de los Allman Brothers, y Cher. La pareja se casó el 30 de junio de 1975, cuatro días después del divorcio entre Cher y Sonny Bono. De todos modos, tal vez haya sido algo apresurado: el 9 de julio de ese mismo año ya estaban separados. Elijah, de 29 años –un prodigio adolescente en la guitarra, que se probó para Nine Inch Nails a los 17 y estuvo cerca de conseguir el puesto– está principalmente concentrado en su banda de metal industrial, Deadsy. El segundo álbum del grupo, Commencement, fue lanzado por Dream Works en 2002, junto con un video dirigido por Fred Durst. Elijah también es un personaje importante de la escena de Los Angeles, ya que está románticamente ligado a la actriz Heather Graham y es amigo de otros hijos del rock como Nicole Richie (en un episodio de The Simple Life, ella usa una remera de Deadsy) y Bijou Phillips. El número de su teléfono celular fue subido recientemente a internet cuando hackearon el Sidekick de Paris Hilton.
De todos modos, desde el lanzamiento de Commencement las cosas no han sido fáciles. El álbum no vendió bien, Dream Works cayó víctima de una fusión entre compañías y la banda aún no fue reasignada. Mientras estaba de gira, Elijah se volvió adicto a los calmantes, y desde entonces entra y sale de rehabilitación. Ahora, con la cara un poco más redonda, un bigote finito y rubio y una lastimadura en la nariz, se parece más a su padre que con el look gótico de delineador negro, como se lo ve en varios sitios de los fans de Deadsy. Aunque habla rápido, con cierta brusquedad, Elijah parece bastante precavido, y al comienzo casi no hace contacto visual.
“Me encanta venir aquí. Me interesa mucho la ciencia védica”, dice Elijah, mientras come un bocado de porotos verdes y trigo burgol. A lo que se refiere es a los Vedas, los textos sagrados que sirven como base de la secta Krishna. Se apresura a agregar que no es un devoto total de los Krishna: “Estoy demasiado abajo, hermano”. Durante los años de formación de Elijah, su padre estuvo completamente ausente: siempre de gira, adicto a la heroína, y saliendo con chicas de 16 años, como Savannah, la futura estrella porno. Mientras tanto, su madre estaba ocupada haciendo películas, persiguiendo una carrera como solista y llevando a cabo una extravagante vida social. “Yo siempre estaba entre las bailarinas de los shows de mi mamá, no por sexo, sino porque me daban algo maternal que no recibía de ella”, dice Elijah. “Por más que intentara darme una vida normal, eso nunca sucedió.”
Es discutible si “salir con Gene Simmons” constituye por parte de Cher un intento voluntarioso de acercarse a la normalidad. Elijah dijo en Behind the Music, de vh1, que –en su infancia– Val Kilmer fue el favorito de entre los novios de su madre: “Me regaló una calavera humana para mi cumpleaños, y desde entonces lo adoré”. También dice que su media hermana mayor, Chastity, y sus amigos de la escuela de pupilos fueron mayores influencias musicales para él que sus propios padres, porque le mostraron artistas más jugados como Gary Numan, Bauhaus y Brian Eno. El tiempo en casa era a menudo surreal. Robert Downey Jr. y Paul “Pee-wee Herman” Reubens iban a comer asados. Elijah incluso es nombrado en los Diarios de Andy Warhol: “No me acuerdo qué día, pero fue en 1985” cuando, con Warhol de visita, corrió “por la casa destruyendo algo”.
Uno podría convenir en que ver a tu madre desfilando en traje de azafata y mostrando su culo tatuado en televisión podría desatar alguna clase de incomodidad edípica, pero Elijah no parece conmovido por el recuerdo. “Estaba tan acostumbrado a ver esa clase de cosas desde muy chico, que habría sido raro para mí que ella no estuviera vestida de esa manera”, dice. “Pero estuve de gira con ella poco tiempo. Una vez que crecí, pensé que no estaba tan bueno. La gente piensa que uno se sienta y escucha la música de sus padres. Pero ¿a qué adolescente le interesa lo que tiene que ver con sus padres? A ninguno, que yo sepa.”
De hecho, Elijah no arrastra el legado de la música de sus padres de ningún modo. “Definitivamente, yo necesitaba expresarme”, dice Elijah, quien tuvo que pedir dinero prestado para grabar su primer demo. “Mi primera banda sonaba como música suicida. Era música para escuchar y matarse. Más lenta que nada. Pesada y maligna. Eramos sólo un baterista y yo. Quería impactar en la gente con algo que fuera perverso y enfermo.”
“Lo más gracioso es que cuando firmamos el contrato, mi mamá se puso un poco… no sé, ¿resentida? Se sintió un poco amenazada. Supongo que porque yo era el único en la familia, además de ella, que se metía en el mundo de la música. Para mi mamá era una cuestión de ego. Yo estaba bastante distanciado de ella en esa época. Como todo chico, lo único que quería era su puto dinero. Y quería tener mi puta banda. Y el puto contrato discográfico. Y decía «puto» todo el tiempo.”
Elijah hace una pausa. Del parlante en la entrada del centro Krishna sale un suave raga indio. Hoy, se concentra en mantenerse sobrio y en sacar un nuevo álbum con Deadsy. La relación con sus padres parece haber mejorado. La ayuda de Cher fue fundamental antes de que él entrara en rehabilitación. “Tuve varias charlas con mi madre”, cuenta. “Cuando llegás tan bajo como yo, no te das cuenta de que no deberías estar arruinándote la vida con las drogas. Hay que poder mirar a través del mundo de otras personas para verlo.” Confesión, sincera, de un hijo del rock.





