Los verdaderos finales felices
"Sobre todo me preocupa un tema: la tolerancia. Mi interés está puesto en la gente y en las limitaciones a su libertad. Creo que es importante hacer que cada uno se preocupe un poco por los demás. Es por eso que siempre me muestro más interesado por los fracasos de este mundo que por sus éxitos."
Las palabras pertenecen a John Schlesinger, el notable cineasta inglés fallecido días atrás, y probablemente fueron pronunciadas en respuesta a un reiterado reclamo que se les hacía a sus películas más personales: no tenían finales felices. "Yo no creo que al final todos nos tomaremos de la mano y caminaremos hacia el atardecer, como le gusta a Hollywood; no corresponde con mi visión del mundo. Pero tampoco creo que esos que suelen calificar como finales pesimistas sean necesariamente tristes: muestran más bien a seres impulsados a asumir un compromiso en su vida. O, en todo caso, dejan un signo de interrogación. Y eso está más próximo a la vida de verdad."
* * *
El dedicó buena parte de la suya a afinar la mirada y templar su sensibilidad para percibir los infinitos matices que definen las relaciones entre los seres humanos y trasladarlos a las imágenes de sus films. Aun en sus trabajos menos logrados -en realidad la etapa más rica de la carrera de Schlesinger abarca desde "Algo que parezca amor" (1962) hasta "Yankees" (1979)- pueden hallarse destellos de esa perceptividad capaz de concentrar en un solo detalle el apunte revelador de una zozobra interior: el sentimiento no dicho, la sorda frustración, la devoción amorosa, la íntima soledad. Un cruce de miradas entre Peter Finch y Glenda Jackson alcanza para comprender los sentimientos contradictorios que subyacen en "Dos amores en conflicto" (1971), su obra más rigurosa y madura. El pequeño gesto tierno y estremecido de Jon Voight en el final de "Perdidos en la noche" (1968), su obra más famosa, redime al film de sus apelaciones sentimentales y le confiere una conmovedora grandeza. Otros ejemplos podrían encontrarse, por ejemplo, en el maltratado "Como plaga de langosta" (1974), en "Maratón de la muerte" (1976) y aun en "Madame Souzatska" (1988), que era entre todos su film preferido.
* * *
Esa agudeza psicológica -así como su maestría para la dirección actoral que empezó a mostrarse singular en "Billy el mentiroso" (1963), con Tom Courtenay, y en "Darling" (1965), con una inolvidable Julie Christie- le permitió captar la frustración de la clase media inglesa de los años sesenta tanto como el espíritu de la "swinging London". Había ejercitado el ojo desde chico: a los 9, ya cargaba con su máquina fotográfica; a los 11, sus padres le regalaron la primera cámara de cine. Enseguida registró la diaria rutina escolar en un minidocumental: "A day in the life". Casi con el mismo criterio y ya fogueado en la TV, concebiría veinticuatro años después "Terminus", el mediometraje rodado durante una jornada en la Waterloo Station, de Londres, por el que ganó el premio en Venecia. Comenzó entonces su carrera como director, con lo que dejó atrás sus trabajos como actor y su vieja pasión por la magia. "Esa pasión -reflexionó alguna vez- puede haber sido el primer indicio de mi ambición de trasladar a la pantalla imágenes e ilusiones de la vida."
* * *
La mezcla de destrezas, trucos y control de la audiencia que aprendió como mago habrá contribuido con certeza a forjar su oficio de director. Pero en el cine él puso algo más: su sensibilidad y la voluntad de indagar en algunos secretos de la condición humana. Por eso y porque en ese empeño logró avivar emociones que aún perduran en nuestra memoria, merece ser recordado.





