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Quien busque epifanías en un disco de Lovorne será un iluso o un ignorante: Sexo, fierros y rock and roll (2007) se llamaba el disco anterior, y la receta es y seguirá siendo ésa de acá hasta el día de la Segunda Venida de Pappo. Lo cual no tiene nada de malo: el rock de riffs furibundos y dientes apretados es un arte mayor, más aun cuando sabe moverse con suficiencia en un rango que va desde la power ballad acústica hasta el cuasi metal de corte megadethiano, pasando por el rock sureño con steel guitar. Pero así como la ortodoxia rutera, el gruñido y las letras toscas por mandato paterno de Luciano Napolitano pueden correrse –subjetividad mediante– para el lado del haber, el sonido opaco y la producción casi inexistente se convierten en insoslayables despropósitos en un disco de puro rock que, con un poquito más de rosca, podría haber causado un efecto mucho más grato.
Por Diego Mancusi




