
Madame Bovary va a la ópera
En 1857, Gustave Flaubert (1821-1881) publicó la que es considerada su obra maestra, "Madame Bovary", la historia de Emma, una pobre mujer vana y fantasiosa, demasiado imaginativa, víctima de sus inclinaciones románticas y de la mezquindad de la vida de provincia en Francia a mediados del siglo XIX. Casada con un médico oscuro y mediocre, la pareja se instala en Yonville, un pueblito cerca de Rouen, donde Emma se aburre a morir, desprecia a su marido, descuida a su única hija y termina por cometer adulterio con un seductor profesional, igualmente mediocre, Rodolfo, quien naturalmente la abandona. Monsieur Homais, el farmacéutico del pueblo, aconseja a su amigo, el doctor Bovary, que para disipar "los vapores" que inclinan el ánimo de Emma, a la melancolía, lo mejor será llevarla al teatro de la gran ciudad, para asistir a una representación de "Lucia di Lammermoor" con el célebre tenor Lagardy, ídolo de París.
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"Un golpe del corazón la asaltó (a Emma) en el vestíbulo. Involuntariamente, sonrió de vanidad al ver la multitud que se precipitaba a la derecha por el otro pasillo, mientras que ella subía la escalera hacia las mejores localidades... Ahora se encendieron las velas de la orquesta; la araña, al descender de la cúpula, esparció, con el brillo de sus caireles facetados, una súbita alegría en la sala; después entraron los músicos, uno tras otro, y hubo al comienzo un largo alboroto de contrabajos que roncaban, de violines que chirriaban, de pistones que trompeteaban, de flautas y flautines que piaban. Pero se oyeron tres golpes desde el escenario; empezó un redoblar de tambores, los instrumentos de metal ubicaron sus acordes y el telón, alzándose, reveló un paisaje."
Emma se siente transportada a sus lecturas juveniles de Walter Scott ("Lucia" transcurre en Escocia, en el siglo XVII). "Le faltaban ojos para contemplar los trajes, los decorados, los personajes, los árboles pintados que temblaban cuando los intérpretes caminaban, y las tocas de terciopelo, las capas, las espadas, todas esas imaginaciones que se agitaban en la armonía como en la atmósfera de otro mundo." De pronto, aparece el tenor Lagardy. "Una bella voz, un aplomo imperturbable, más temperamento que inteligencia y más énfasis que lirismo, terminaban de realzar esta admirable naturaleza de charlatán, que tenía algo de peluquero y de torero." Emma se siente desfallecer, se inclina sobre la baranda del palco para verlo mejor y "rasga con sus uñas el terciopelo del tapizado". Cuando Lucía apareció vestida de novia, "Emma evocó el día de su casamiento... ¿Por qué no había ella, como esta otra, resistido, suplicado? ¡Ah, si en la frescura de su belleza, antes de los ultrajes del matrimonio y la desilusión del adulterio, hubiera podido colocar su vida al amparo de algún gran corazón, sólido...!"
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Pero al son de la voz de Lagardy, ella imagina que debe ser dueño de un amor sin tasa, "para derramarlo así sobre la multitud, en vastos efluvios". "Atraída hacia el hombre por la ilusión del personaje, intentó imaginar su vida, esa vida resonante, extraordinaria, espléndida, que ella habría podido vivir si el azar lo hubiese permitido. ¡Se habrían conocido, se habrían amado! Con él habría viajado por todos los reinos de Europa, compartiendo sus fatigas y su orgullo, recogiendo las flores que le arrojaban, bordando ella misma sus trajes; después, cada noche, en el fondo de un palco, detrás de la reja con arabescos de oro, ella habría recibido, en éxtasis, las expansiones de esa alma que no habría cantado sino para ella sola." Madame Bovary está a punto de desmayarse. Con su característica sequedad, Flaubert en ese momento interrumpe el flujo de la exaltación de su protagonista y se limita a consignar: "El telón bajó".





