
La fantasía de muchos es tener 20 años y ser goleador. La de él también, pero además poder disfrutar y al menos escaparse por un rato con su auto para ir a alguna fiesta electrónica. Eso, si mamá Mari lo deja...
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Fugaz, inicial, cuanto menos repentino, el estrellato no le genera ni un miligramo de culpa a Maxi López. Así como da la sensación de que, digamos en Inglaterra, cualquier niño famoso parece haber sido preparado para serlo, Maxi se mueve con la comodidad y la soltura de haberlo visto todo de antemano. Tiene 20 años y le atajaron un penal clave. Pero sigue. ¿Quién no quiere ser famoso a esa edad y, además, rubio, alto, grandote y (¡por fin!) titular indiscutido en River?
"Pff, me dieron como un trompazo para arriba. Estaba preparado para este momento, sabía que en algún momento iba a llegar. Pero, igual, tranquilo, porque sé que si me agrando demasiado el golpe de la caída después es más fuerte." Si lo sabe es porque en realidad ya vivía a mil antes de tener el carril derecho de las canchas liberado. Y, como para los anecdotarios, cuenta con la leyenda del que estuvo cerca de perderlo todo. A principios de año, llegó una hora tarde a un entrenamiento y lo tuvieron que poner en vereda. Primero fue el DT Leo Astrada, que le cerró la puerta en la cara y lo dejó sin Copa Libertadores. Pero dicen, y el chico lo confirma con la cara, que el verdadero coscorrón lo recibió en su casa. "Tuvimos una pequeña charlita de madre a hijo, je", cuenta arqueando las cejas su mamá Mary. Futbolista lo toleraba. Pero futbolista en serio. "Dicen que con esas cosas se aprende, ¿no?", suelta él, como quien se siente a gusto quemando etapas.Ya que estamos en tema, Maxi es el típico jugador que se habría comprado la Cupé Fuego de haber jugado en los 80. "Doy un poco retro, ¿no?", chequea, de nuevo, y jura que a este look Jet o Kings of Leon no lo cuida tanto como parece. El lo define, puertas adentro, como la mezcla entre Chacho Coudet y Franco Costanzo. Bueh. La cuestión es que no hay que hacer mucho esfuerzo para imaginarlo en traje y botines en las producciones de las revistas de fútbol europeo que él hojeaba de chico, hace un par de años. ¿Retro? Perfectamente se lo puede imaginar en la época en la que el fútbol se jugaba en remera ajustada y shorts talle S. No por nada al presidente de River le hace acordar a Mario Kempes y el hijo de Juan Gilberto Funes lo ve como una blonda encarnación de su padre. Dos camionetas Hummer con tapones de aluminio.
Tanto coche, tanto coche… Es el propio Maxi el que impone el tema. Hace dos semanas estrenó el cuarto en tres años, un Audi S3. A los 18, pasó de viajar parado en el 15 a un Peugeot 206 diesel, que al poco tiempo hizo pistero. "Le cambié el caño de escape, le bajé las ruedas… Calentura de pendejo. Coudet me acusa de ser el único tipo en el mundo que pasó de un gasolero a un naftero". El año pasado, regalo de IMG, la empresa que lo representa, le llegó el New Beetle. "Un chiche". Después volvió a Peugeot, pero a un 307. Y larga una definición con mucho de futbolista estrella pero new generation: "Es así, a todos nos gusta la buena casa, el buen coche y el buen celular".
Santa trinidad del futbolista, a Maxi también le tira el lado pecador. "Este momento, estar en River… en tu interior volás. Se te vienen mil cosas a la cabeza. Fantasías. Te dan ganas de escaparte de la concentración y disfrutar todo esto desde otro lado, hacer cosas fuera del protocolo. No te voy a decir que cada tanto no me aprovecho. Estar un poco más distendido, salir con los chicos… Pero esto es corto y todo no se puede". Palabras más, palabras menos, la utopía común: poder salir, que nadie lo note y que no repercuta después en la cancha. Pocos elegidos lo consiguen. Su manager dice que meterse en su coche es estar en Creamfields. "Sí, por ahí va la cosa. Yo me compro discos de Café del Mar y mis amigos me consiguen los de punchi punchi. Ellos fueron a esas fiestas grandes y un día quiero ir. ¡Pero tranquilo, eh!". Por lo pronto, en los últimos meses tuvo que empezar a curtir gorrito cuando tiene día de boliche permitido. Ya de por sí su 1,88 m llama la atención y no es cuestión de que se diga que "está en la joda", la verdadera cruz en el ambiente.
A juzgar por el hecho de que seguramente debe ser el único jugador que compra jeans en Rapsodia, Maxi debe elegir con cuidado las gorritas. Hay una búsqueda, se le nota. Y no habrá que sorprenderse de cruzárselo en los negocios de Palermo, de donde se siente dueño incluso desde antes del boom del diseño. Allí nació y vivió hasta que se mudó a un departamento en Belgrano junto con su mamá y sus hermanos menores, Jonathan y Ezequiel. Por afuera está la otra hermana, Marcela, en quien sobrevive el espíritu bostero inculcado por el papá Ricardo. "Ella es veneno veneno. Si no es que juego yo contra Boca, me carga mal." Para todos ellos, él es Gastón.
De su papá, Maxi heredó el aspecto tan ario que, prejuicios al margen, contrasta con el López. "Ligamos lindo", dice. Aunque por eso mismo le tocó ligar lindo en el campo. Para el fútbol "rubio" es sinónimo de "rubia" y eso se traduce en cargadas, tocadas y pellizcones. "Hay cargadas, no lo voy a negar. Pero ya no les doy bola. Como debe pasar con Beckham, a quien seguramente lo deben buscar a propósito. Yo estoy mil escalas abajo, claro, pero encima de que soy grandote, las patadas llegan a domicilio. Pero, bueno, el juego de fricción es lo mío y siempre voy al frente."
Chocaba y rebotaba y ahora choca y atraviesa. Su carrer, en serio, recién empieza y él tiene un modelo a seguir. "Siempre me fijé en Crespo. Llegó a ser el mejor delantero de Europa y a una solidez que me encanta. A eso aspiro." Al final, para él no es todo aquí y ahora. Ya está pensando en atravesar otra pared.





