
Melingo se adueñó del más reo dos por cuatro
"Tangos bajos", espectáculo de Daniel Melingo, en voz y guitarra, Carlos Girado y Nacho Cabello en guitarras, Fernando Samalea y Gustavo Paglia en bandoneón, Hernán Paglia en contrabajo y Valentina Fernández en violín. En el Club del Vino.
Nuestra opinión: bueno.
Daniel Melingo, negro el traje, negra la corbata, negras las rastas, se agazapa y, con sus brazos, impulsa a los bandoneones y agita a las guitarras, acentuando, implacable, el dos por cuatro.
El tango se ha adueñado de Melingo. Vino a ubicarse, insólitamente, en un lugar inesperado. El asunto no escapa a cierta lógica. El tango reo, el de los primeros tiempos, aquel que admiraba Borges, encontró en este rockero de pedigree y prontuario una marginalidad familiar que lo une en léxicos, códigos y noches de copas.
La orquesta tiene un muy buen desempeño. Sin embargo, por el estilo mismo de lo que han decidido hacer, nunca son los protagonistas. Aquí no hay solos de bandoneón y, aunque se destaquen las guitarras, siempre es acompañando a la palabra. Y hasta se vuelven coro, como en "Narigón" -uno de sus hits, que los tiene, que el público le pide- cuando le dicen "vas a tener que parar".
"Empieza el llanto de la guitarra, es imposible callarla; llora por cosas lejanas". Así, con palabras de García Lorca, había sorprendido al comenzar el show cuando, de arranque nomás, habló de "las copas rotas de la madrugada" y, poco después, hizo aparecer al "dios que estaba de apoliyo", de Julián Centeya, y "los tiempos violentos de mantenida" entre "las brumas del clorhidrato", en versos de Carlos de la Púa, el poeta lunfardo por excelencia.
Esos tres, y la versión del tan conocido "Treinta y cuatro puñaladas" (Diez-Rivero) y "El escape" (Alposte-Rivero) son los únicos ajenos. El resto son composiciones del mismo Melingo. En las copas de después del show arriesgaría explicaciones sobre la mesa: que si no hay autores nuevos se muere el género y que -lo dice con sinceridad-, prefiere cantar los propios porque peor es cantar mal un clásico.
Es tango para escuchar en bares y que difícilmente pueda trasladarse a un teatro. Allí parado, con un cigarrillo en la mano y haciendo que su brazo y sus gestos completen sus palabras, algo cierra. Melingo no es un cantante de tangos -no es su objetivo y, posiblemente, no le dé el cuero-, sino más bien un decidor, que busca en la línea de Rivero o Goyeneche.
El lunfardo de todos
Cuando habla de farfalas, gominas y milongas, el lunfardo que el tango supo cobijar y alumbrar se reactualiza y se mantiene vivo. Es que el rock del que Melingo viene, cronológicamente, fue el siguiente género musical que logró crear un lenguaje propio y extenderlo más allá de sí mismo. Palabras que sonaban extrañas hace veinte años, hoy se han incorporado al habla cotidiana. Ya todos saben de qué se habla cuando se dice bajones o pálidas. Y que, como aquellas del lunfardo, surgieron en los arrabales de la cultura.
Esa apertura que le viene del rock, es lo que le permite incorporar a la formación típica que usa algunas percusiones extrañas cuando la ocasión lo aconseja. Por eso también, como bis, eligieron el viejo tema de Los Twist, "El primero te lo regalan, el segundo te lo venden", que, en tiempo de tango y recitado, no necesitó del estribillo para reconocerlo y saber de qué se estaba hablando.
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