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En el día de los fieles difuntos, algunos epitafios ocurrentes
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Una inscripción puesta sobre una lápida; una inscripción sepulcral –según su preciso origen griego–, eso es un epitafio. Y es lo que especifica el diccionario de la Real Academia Española.
En cantidad de ocasiones, es lo único que queda de algunos mortales: sólo una frase elegida por el propio interesado –que, justo es decirlo, poco puede hacer para corroborar si se ha cumplido su voluntad– o por un deudo que intenta asentar, quizá sin pretensión literaria, una síntesis del que ya no está. También debe tomarse en cuenta la definición que Ambrose Bierce le dio en su imperdible Diccionario del Diablo: "Epitafio, s. Inscripción que, en una tumba, demuestra que las virtudes adquiridas por la muerte tienen un efecto retroactivo".
Es más, hasta puede asegurarse que hay quienes han merecido la posteridad más por sus epitafios que por lo conocido de su obra en vida, incluso de su nombre. Este podría ser el caso, por ejemplo, de alguien llamado G. Wild, con tumba cerca de la Catedral Anglicana de Liverpool, donde espera la inscripción: "Nada valioso que recordar".
El epitafio más antiguo que se conoce fue escrito sobre un sarcófago egipcio y contiene simplemente una declaración del nombre, de la familia y de la condición del difunto, más una oración a alguna deidad. Esa apelación a una figura divina, aunque con una particular vuelta de tuerca, fue utilizada muchos siglos después por un famoso personaje de la ciencia y la política estadounidense: "El cuerpo de Benjamin Franklin, editor, parecido a la cubierta de un viejo libro sin contenido y privado de su título dorado yace aquí. Alimento para los gusanos. Pero, como él creyó, renacerá en una nueva y más elegante edición revisada y corregida por el autor", puede leerse en el cementerio Christ Church, en Filadelfia, Pensilvania.
Sin embargo, lo que muchas veces sorprende es el carácter epigramático de los epitafios, algo que comenzaron los antiguos griegos, los primeros que le dieron un carácter literario. En ese sentido, por su precisión y brevedad, viene al caso, por ejemplo, el que el dramaturgo inglés John Dryden dedicó, en el siglo XV, a su esposa, parte de sus Cinco poemas satíricos breves: "Mi esposa aquí yace./ Déjenla yacer./ Ahora descansa/ y yo también". Aunque difícilmente sea vencido en concisión el descubierto en algún cementerio español por el periodista Luis Carandell: "Fue".
De esa breve y metafísica justeza también puede jactarse el del medieval rey sueco Gustavo III, escrito en latín: "Finalmente feliz".
Muchas veces una reflexión sobre el yacente lo resume, como el de Alejandro de Macedonia, el Grande: "Una tumba ahora es suficiente para él/ que el mundo no era bastante", o el de la impar actriz Bette Davis en el Forest Lawn Hollywood Hills, en Los Angeles: "Ella lo hizo de la manera difícil".
Ya en el final, no puede dejar de citarse el pensado por Groucho Marx a cuenta de su propia posteridad. Aunque todavía en el Eden Memorial Park de San Fernando, Los Angeles, el cambio de un lugar a otro sufrió la pérdida de su epitafio: "Perdonen que no me levante".






