
Cómo el delirio de Peter Capusotto terminó contagiando a todo el rockargentino. Opinan Calamaro y los Soda Stereo. Por Pablo Plotkin
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Y un año, el rock nacional se tomó en joda. ¿Era previsible este síntoma humorístico en el pico de popularidad de eso que alguna vez, románticamente, llamamos “movimiento”? A todo fenómeno de masas le toca su reflejo paródico, y el rock argentino, salvo excepciones, nunca fue del todo generoso en términos de autoironía. El programa Peter Capusotto y sus videos (de donde surge Pomelo, nuestro personaje de tapa y protagonista del relato de ficción de las páginas precedentes) comenzó el año pasado como un ciclo marginal en Rock & Pop TV y este año estalló en la televisión pública y su principalrepetidora: YouTube (donde proliferan hasta los imitadores de Pomelo, chicos que rompen cosas al grito de “¡rocanrolnnn!”). Peter Capusotto vino a sobreexponer los tics de la industria musical y, no menos importante, a emitir una selección de videos y grabaciones incunables de la época pre mtv. El alcance del ciclo superó cualquier cálculo. El rock nacional entró en su fase de “pomelización” (Migue García dixit), o más bien todo lo que ya venía pasando de gracioso y deprimente en el rock comenzó a verse a través del filtro ácido de Peter Capusotto (del mismo modo en que, desde hace un tiempo, es inevitable leer los diarios con el prisma distorsivo de Barcelona).
“Pomelo no es más que un dibujito animado”, dice Diego Capusotto. “Una exageración que encuentra puntos de contacto con los modismos del rock. Es un marmota, y a la vez tiene algo querible porque, a fuerza de interpretar un personaje, termina creyéndoselo. No tiene elegancia, se la pasa vociferando y la realidad se le vuelve en contra. Y en un punto puede terminar siendo más rockero que unos cuantos, porque por lo menos él no se da cuenta de que es un pelotudo. Y afuera hay varios que se dan cuenta y siguen comportándose como si nada.”
Hoy, los mejores personajes y sketches de Peter (Luis Almirante Brown, la influencia de Perón en el rock nacional, Juan Carlos Pelotudo) representan algo que está mucho más allá de sí mismos. E incluso más allá del rock. A modo de concepto semiótico omnipresente, Capusotto apareció citado en una entrevista entre Jorge Fontevecchia y Horacio Verbitsky publicada en Perfil y firmó una columna sobre rock en el suplemento adncultura de La Nación. Mientras tanto, Charly García propuso un espectacular juego sincrónico: las peleas con su hijo, las piñas en La Trastienda, el whiskazo a Björk en el Faena, el disco que nunca sale... Juanse, por su lado, se hizo cargo de la matriz pomelística y despreció el programa en Clarín.
Calamaro, en cambio, lo piropea en las páginas que siguen: “Es el Spinal Tap argentino. Para mí, la autoironía, reírse de uno mismo, es importante, es sano y fundamental… Reírse de los músicos no es difícil, porque nos morimos ahogados en nuestro propio vómito, nos deprimimos incluso siendo ricos y famosos, nos creemos más importantes de lo que somos...”.
Todo vino a engordar el sentido de oportunidad del ciclo craneado por Capusotto y Pedro Saborido, dos cuarentones con adolescencias rockeras y militancia juvenil filoperonista. Saborido, además, es un guionista con mucha experiencia: trabajó con Tato Bores, fue parte fundadora de Delicatessen y cerebro de Todo x 2$. Su oficio creativo y la inigualable comicidad de Capusotto confabularon este fenómeno metarrockero que, significativamente, viene a coronar la tapa de nuestro Anuario (Saborido colaboró, a modo de informante, en la realización de nuestra crónica apócrifa). Como dice Calamaro, el rock nacional no había tenido su Spinal Tap, pero es bueno recordar algunos antecedentes de humor rockero autoconsciente en los medios masivos (más allá del inefable Paolo). Los móviles de Pipo Cipolatti en La TV ataca madrugaron, a comienzos de los 90, la psicodelia televisiva de materiales baratos y guiños rockero-justicialistas, una línea estética que mejoraría Cha cha cha (fundacional y aún vigente gracias al cable y la web), el primer trabajo en tele de Capusotto y el germen de toda una generación de humor corrido. La sección “Sending Fruit” de la desaparecida revista La García (laboratorio de lo que luego fue Barcelona) también se reía del rock y sus mitos desde adentro (noticias como la del busto de Luca que lloró ginebra), una posta que el periodista Javier Aguirre sostuvo con su columna “La banda que nunca vas a escuchar” del suplemento No de Página/12 y que hoy aparece en blogs como seestabuscandounapaliza.blogspot.com, del escriba enmascarado Ringo Starr.
Pero la prehistoria de Peter está en Todo x 2$ y en ese final de fiesta memorable con Cerati cantando “De música ligera” en clave Los Tres Drogados: “Llamen a Moe, que Larry está en cualquiera…”. Ese episodio, además, puede identificarse como el minuto cero de la noticia que define a 2007 como el año de la gran farsa rockera autoasumida: Peter Capusotto soporte de Soda Stereo. El momento en que el fenómeno de culto terminó de copar la parada del mainstream… con la venia del mainstream. Los Soda, según cuenta Zeta, comentaban el programa en los ensayos: “Es como Los tres chiflados, podés verlo mil veces y reírte cada vez”, dice el bajista. Cerati, ideólogo de la maniobra, agrega: “Me pareció una buena idea reírnos de nosotros mismos y que la gente pase un buen rato antes del show”. Para las cabezas del programa, el desembarco en River fue una parada más en una aventura llena de cómplices, esa especie sustancial para la conformación de un éxito televisivo (y aquí el éxito no se mide en rating). “Yo soy también espectador de este programa”, dice Capusotto. “Puedo ver videos con los que crecí, reírme y emocionarme con cosas que me formaron. Terminé siendo como el cantante de una banda. Es como que pasé de la batería al frente del escenario.” Y lo que ve el frontman Peter cuando se asoma al borde del escenario, en vez de un pogo, es un montón de gente doblándose de la risa.






