
Accidentado show de La Portuaria
La banda continuó con su presentación, a pesar de los desperfectos técnicos
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SAN MARTIN DE LOS ANDES, Neuquén.- Con bombos y platillos se inauguraba la XXIV Fiesta Nacional del Montañés en el gimnasio del club Lácar, de esta ciudad patagónica andina, el sábado último. Había pasado ya el grupo soporte local y el plato fuerte era degustado por el público sin que siquiera fuera servido: muy entusiasmada, la concurrencia recibió a La Portuaria, protagonista de la noche de apertura. Con "Ruta", la banda de Buenos Aires inició su número y se puso a tono con la temperatura de la gente, que ya se había puesto de pie y a los aplausos.
Todo bien, entonces. Hasta que en "Huracán", el segundo tema, varios instrumentos desaparecieron de los parlantes, y en seguida lo hicieron los otros y también la voz. Hasta las luces se esfumaron. Había saltado la monofase -aparentemente, por una sobrecarga- y los músicos se quedaron sin música y el público, sin ser público, y con miedo de que el quinteto se enojara y se fuera. La función entraba en un mar de bronca, incertidumbre e impotencia, pero luego de palmas y el clásico "oh, oh, oh, oh, oh", volvieron los fanales y a poco, La Portuaria. Con los brazos abiertos, como dando a entender lo ajena que resultaba la banda a las fallas, el cantante Diego Frenkel se excusó con humor: "No tenemos nada que ver con la cuenta de la luz", sonrió, inocente.
Y como si nada hubiera pasado, relanzaron el show con un nuevo intento de "Huracán". Pero hubo figurita repetida, porque ocurrió exactamente lo mismo. El nuevo corte de alimentación hizo pensar que entonces sí el grupo se cansaría y se marcharía, que el recital naufragaría. Nada de eso; no sólo regresó antes que la reconexión eléctrica, sino que pasó con varios instrumentos (guitarras rítmicas, bongó, acordeón y redoblante) por entre los espectadores y se puso a tocar delante del escenario, a voz y sonidos desnudos de amplificación alguna. La gente, que se arremolinó alrededor del grupo, estaba entre incrédula y agradecida. Y tras esa extraña ejecución en vivo de "El bar de la calle Rodney", más emparentada con un fogón de folklore que con una presentación de una de las bandas más importantes del rock nacional, hubo un buen rato de normalidad.
Se sucedieron "10.000 kilómetros", "Huracán" -entonces sí completo y sin interrupciones-, "Nada es igual", "Donde hubo", "Los mejores", "Besos y rezos", "Perfidia", "Sexo" y "Llévame", y un "buenas noches, muchas gracias" que antecedió a un largo paréntesis. Los reclamos de la asistencia fueron insistentes y, tras hacerse rogar bastante, los músicos se reinstalaron en escena. Y cuando el acordeón sugirió que venía "Selva", una de sus canciones más conocidas, el público entró en éxtasis. Todo muy lindo, pero los problemas no querían ser olvidados tan pronto y resurgieron para interrumpir al grupo y poner una vez más a prueba su paciencia. Lejos de enfadarse, Frenkel y sus compañeros siguieron adelante apenas con la batería y los teclados que salían por los parlantes. El resto lo pusieron los espectadores: saltos, coros en grupo, devoción. En síntesis, toda una muestra de identificación entre la gente y una banda, acicateada en un tema por el baile espontáneo de una espectadora que subió al escenario y parecía posesa, bien correspondido por el cantante y bajista. Las últimas dos canciones, "Nube" y "Devorador de corazones", encontraron ya superados los desperfectos técnicos y cerraron el espectáculo de un modo convencional; por supuesto, gran ovación incluida.
"Luchamos contra los avatares y tenemos una conexión muy grande con la gente. Esto me había pasado una sola vez, haciendo un solo de guitarra, también en el Sur. ¿Por qué seguimos? No íbamos a dejar colgada a la gente, que estuvo alucinante, increíble", explicó Frenkel, cabeza del quinteto cuya próxima actuación será el 27 del actual en La Trastienda. Mientras los esperaba a la salida del vestuario, una fanática comentaba a otra: "Estuvieron rebién. En el lugar de ellos, con lo que pasó, yo me habría ido". Pero la banda se comportó mejor que su aficionada y gracias a eso, cuando el comienzo de la semana del montañés navegaba en aguas turbias, La Portuaria lo llevó a buen puerto.
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