
Adiós a una gran diva
La soprano-mezzosoprano estadounidense tenía 99 años
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La soprano Rose Bampton, quien fue reconocida como la diva de la ópera en Estados Unidos, murió a los 99 años , según informaron voceros del Metropolitan Opera House de Nueva York, escenario donde la cantante transitó el momento de mayor esplendor de su carrera -entre 1932 y 1950- luego de su debut, en 1929, en el Fausto , de Gounod. (Había nacido en Cleveland el 28 de noviembre de 1908.)
El compositor Arnold Schoenberg, en cuya obra Gurrelieder la artista había protagonizado el papel de Wooddove -con dirección de Leopoldo Stokovsky-, había calificado de "milagro" la tesitura de tres octavas de Bampton. Sin embargo, su fallecimiento, ocurrido el martes en una localidad muy cercana a Filadelfia, mueve a recordar que además de su extraordinaria extensión de registro -ella comenzó como mezzosoprano y pasó al poco tiempo a soprano- fue una artista de cualidades superlativas. Entre ellas, su ductilidad para abordar diversos estilos. Un ejemplo fue su interpretación en una misma semana del papel de Laura en La Gioconda , un recital de canciones de cámara que se realizó en el alcaldía de la ciudad de Nueva York, a la par que asumía el papel de mezzosoprano en la Misa en Si menor , de Bach.
Por estas tierras
En 1937, Bampton se casó con el director y pianista canadiense Wilfrid Pelletier, quien murió en 1982, pero lo que no se recuerda en datos provenientes de los países del hemisferio norte es que al poco tiempo de contraer matrimonio viajó a Buenos Aires para constituirse en estrella refulgente de los elencos del Colón.
Una síntesis señala que en la Argentina actuó a partir de 1943, año en el que intervino en Armida, de Gluck (protagonista), Las bodas de Fígaro, de Mozart (Condesa), El ocaso de los dioses , de Wagner (Gutruna), Fidelio, de Beethoven (Leonora), junto al tenor Lauritz Melchior,y Electra, de Strauss (Chrisostemis), formando un gran trío femenino de calidad junto a Rose Pauly y Lydia Kindermann. Posteriormente, intervino durante varias temporadas, en las que el público volvió y reconoció sus condiciones de artista superior.
Sus intervenciones en 1946 (reaparición que fue recibida con júbilo), fue con dos dramas de Wagner: Los maestros cantores y Parsifal . Y los elogios apuntaron a señalar la calidez y belleza de su timbre y color, la perfección de su escuela, el encanto de su fraseo y, sobre todo, su capacidad para cantar mimetizada con su personaje. En 1947, su canto quedó en el recuerdo de un modo imborrable por su Siglinda, de La Valkiria , acaso una de las más notables del siglo pasado, en aquella versión inolvidable que de la Tetralogía completa dirigió Erich Kleiber; así como por su estampa de Mariscala en El caballero de la Rosa de Strauss.
La última actuación de Rose Bampton en el Colón se llevó a cabo en 1948, como Gutruna y como la tercera Norna, en El ocaso de los dioses , junto a Flagstad, y también se la valoró por su entrega al abordar la compleja parte de Dafne, de Strauss, y por El cazador furtivo , de Weber. Asimismo, reiteró su Condesa en Las bodas de Fígaro , actuación que se trasformó en la despedida de Buenos Aires, rasgo elocuente de una inteligente actitud que culminó dos años más tarde, en 1950, en el Met de Nueva York cuando dejó la escena para siempre -acaso un dolor grande en todo artista-, pero a tiempo para preservar el recuerdo del apogeo y no dejar escuchar una declinación de sus facultades sonoras.
En definitiva, con la felicidad por su larga vida va la gratitud a la gran artista, la de musicalidad cautivante, la dueña indudable de un estilo y personalidad de encantadora delicadeza.
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