
Adorable y melancólica
Las sugestivas mornas de Cabo Verde volvieron a seducir a los porteños
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Recital de Cesaria Evora. Músicos: Fernando José Lopes Andrade (piano), Domingo Antonio Gomes Fernandes (saxo), Joao José de Pina Alves (guitarra), José Manuel Paris Neves (bajo), Paulino Soares Vieira (cavaquinho), Julio Goncalves Dos Santos y Ademiro José Paris Miranda (percusión), y Julián Corrales Subida (violín)
Nuestra opinión: muy buena
La mujer de los pies desnudos se queda en el centro del escenario inmutable. Un haz de luz baña su cuerpo. Saluda a la gente con los brazos abiertos. Será uno de los mínimos gestos corporales. Después todo será su voz. Una hora y media de concierto. Cesaria Evora mantiene la atención con esa voz que toca la nota justa. Sus melodías melancólicas, su voz hamacándose entre esas olas de morna caboverdiana, mecen al público. Alguno hasta se adormilona por el ensueño. Cesaria invita a subirse a esa barcaza pequeña y canta al oído del espectador esas antiguas canciones de amor y despedida. Todas tienen el mismo tempo , la misma tristeza y hasta ese espíritu de saudade, omnipresente en una cultura de mar, que recibió y despidió gente por igual.
Ella casi no se mueve. Tiene una mesita con un vaso de agua y una caja de cigarros. Cuando su grupo de muy buenos instrumentistas se endulzan con un solo (destacan el pianista, el violinista y el saxofonista) ella camina lentamente, bamboleando su regordete cuerpo, se para de lado a la mesa y enciende su tabaco. Luego complace a su público con sus números más exitosos: "Vaquinha mansa", "Sodade", "Angola", "Terezinha" y "Carnaval de Sao Vicente". La gente queda envuelta por ese carisma natural de tía de campo y con el encanto marino de esa voz grisacea que no se aparta de su legado tradicional.
Cesaria Evora, que pasó del anonimato al souvenir de moda europeo en los festivales de música del mundo, no alteró para nada su forma de cantar, ni su repertorio, apenas aggiornado por una banda polifuncional, que sabe pasar de las formas más rítmicas de las coladeiras -con guiños a las influencias afrocubanas y hasta del forró brasileño- a la mansedad de esas mornas caboverdianas.
En la porosidad de esa voz, que cala con cierto dejo sentimental, se perciben las noches eternas de humo y bebida, cantando frente a marineros, aristócratas y comerciantes, en cantinas y barcos que arribaban al puerto de Mindelo.
Con la vista perdida, Cesaria sólo canta. En silencio, pasa de un tema a otro. Quizá porque siempre fue su forma de vida y nunca esperaba el aplauso. Ahora con más de 60 años, la cantante que proyectó la música de Cabo Verde, como la gran Amalia Rodrigues lo hiciera con Lisboa, a lugares tan impensados como Buenos Aires, recibe una ovación. Apenas hace un gesto de reverencia y regala su versión de "Besame mucho". Todavía no se fue y, como en su tierra, la gente empieza a tener saudade de su voz.
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