
Adriana Varela: las anécdotas con el Polaco Goyeneche, la mala costumbre que conserva y el gran logro en su vida
La cantante repasa este sábado su trayectoria en el concierto en el cine teatro El Plata, en el marco del Festival y Mundial Tango BA
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Existen varias maneras de entender la predestinación, desde las concepciones teológicas hasta la idea de lo unívoco. En el medio, encontramos aquello de que “uno propone y Dios dispone” o la posición de quienes buscan torcerlo, con todos los recursos para conseguir las metas que se proponen. A la cantante Adriana Varela, el destino la fue llevando; es posible ensayar la idea de que siempre hubo algo que le marcó el camino.
Estudió fonoaudiología. Se recibió. Trabajó en esa actividad y también fue la “esposa de” (un tenista profesional). Tuvo dos hijos. Más tarde encontró su camino sobre los escenarios. Quizá le hubiera gustado triunfar en el rock, pero su voz parece haber estado “destinada” al tango (o, predestinada). Matrimonio, separación, varios amores. Una vida que transcurrió más puertas adentro de su casa y en los escenarios que en las vidrieras artísticas de la Argentina. Construyó su propia carrera, aunque tampoco le gusta hablar de carrera: simplemente la llama profesión.

Pero más allá de cualquier conjetura sobre caminos y destinos, veamos este dato. Días atrás se inauguró el Festival y Mundial Tango BA, con un concierto de la Orquesta de Tango de la Ciudad de Buenos Aires. Y cuando el conductor mencionó a muchos de los artistas que participan en esta edición, su nombre fue uno de los más aplaudidos. Dicho sea de paso, este sábado, Adriana cantará en el Cine Teatro El Plata (Avenida Juan B. Alberdi 5765), en el marco del festival.
Cuando se busca un punto de partida en su trayectoria o los primeros mojones, se puede encontrar alguna grabación de 1988, del programa Badía y Compañía. Pero fue el padrinazgo de Roberto “Polaco” Goyeneche lo que le dio el verdadero impulso y aval para subirse a los escenarios. De hecho, su estilo tanguero siempre fue goyenecheano. Recién después vinieron los cruces musicales (hasta Cacho Castaña le dedicó una canción y de ahí le quedó el mote de “La Gata Varela”) y los discos que tuvieron líneas temáticas.
Porque la mayoría de ellos tuvo sus motivos. Discos con repertorio clásico y algún tema del rock argentino (Maquillaje); producciones con grandes invitados del género, como Osvaldo Berlingieri, Néstor Marconi, Rodolfo Mederos, Juanjo Domínguez y Leopoldo Federico (Más tango); grabaciones de dos orillas, con producción de Jaime Roos (Cuando el río suena); homenajes al rock argentino (Avellaneda) pero sin caer en los lugares comunes del cancionero.
“Para la época del programa de Badía tenía un repertorio urbano. En mi casa no se escuchaba tango, se escuchaba blues, jazz, bolero, música clásica, Edith Piaf o Jacques Brel. No tuve cuna de tango. Sigo siendo rockera. Pero lo que me cambió la cabeza fue el día que me alquilé la película Sur y vi al Polaco. Quedé completamente shockeada. Para ese momento un amigo me dijo: ‘¿Por qué no vas al Café Homero a escuchar un poquito de tango?’. Y me picó el bichito. Fui, escuché a grandes maestros como Néstor Marconi. Un día me preguntaron si podía ir [a cantar] los jueves, y me sentí como una estudiante de medicina haciendo la residencia. Y a los veinte días me agarró el dueño y me dijo: ‘Este sábado, que cierra [los shows] el Polaco, me va a faltar un cantor’. Y yo pensé: ‘Esto es rocanrol’. Y también pensaba que, en esos momentos, el rock para mí era algo más comercial y menos off, que el que yo escuchaba en los setenta", recuerda.
“Entonces fui, canté un tango con las Guitarras Argentinas, que eran extraordinarias. Recuerdo que el Polaco me escuchó. Estaba sentado de espaldas. Después, cuando terminé, se dio vuelta. Lo recuerdo como en cámara lenta. Y me dice: ‘Vení’, pero con la manito. Ahí le conté que era fonoaudióloga, que cantar era un hobby. Y entonces me dijo: ‘Yo te propongo que adonde vaya vengas conmigo’. Me quedé muy impresionada. Y después le dijo algo a su mujer, Luisa, como si me fuera a pasar la posta. Y así fue como llegué a cantar en los lugares más brutales, como el teatro Liceu de Barcelona”, suma.
-Sobre tu actuación del sábado en el Festival de Tango, el programa habla de un repaso de tu carrera... ¿Qué ves ahí y qué cosas quedan pendientes?
-Pendiente, nada. Hasta hice un disco de rock donde participaron Ricardo Mollo, Fito Páez y Pedro Aznar.
-Hablás de Avellaneda (2017), que produjo tu hijo con temas que no son los obvios. En muchos casos son poco conocidos...
-Es verdad que no hice algo más efectista con ese disco. Y mirá que pude haber cantado el “Tema de Pototo (Para saber cómo es la soledad)”, que es un hermano, un amigo del alma, Mario D’Alessandro.
“El tema de Popoto” fue originado por una “Fake News”, cuando todavía no se había acuñado el término hoy tan corriente. Spinetta recibió un telegrama equivocado que decía que su amigo había muerto en un viaje de egresados a Bariloche, lo que lo inspiró a escribir aquella canción, cuando tenía 17 años. La noticia fue desmentida, pero el tema quedó como una de esas bellas canciones del repertorio de Almendra.

-¿Cómo elegís los repertorios?
-Con mi profesión, porque no me gusta la palabra carrera, soy una inconsciente. Ni siquiera ensayo.
-¿Seguís con esa mala costumbre?
-[se ríe]. Tengo tres músicos que hace 26 años que están conmigo: Marcelo Macri, Horacio Avilano y Walter Castro. Somos familia y giramos por todo el mundo como familia.
-¿Y la familia de sangre, tus hijos?
-Julia canta y, además, es profesora de canto. Y Rafa produce muchos discos y también toca. Es muy respetado en el ambiente de la música. Mirá, cuando grabamos con Rafa Avellaneda, fue muy importante que estuvieran Mollo, Fito y Pedro porque, finalmente, los pares eran ellos. Y lo que encuentro en el tango es a los sabios. No digo que en el rock no los haya. Pero yo me curtí con la sabiduría de gente como el Polaco, Atilio [Stampone], Chupita [Héctor Stamponi], Horacio Salgán y Ubaldo De Lío. Todos me arroparon, me quisieron; jamás hubo una marca machista, todo lo contrario. Me sentaba con ellos en Homero y lo único que quería era escucharlos. El relato de aquel Buenos Aires que nosotros no vivimos. Y fíjate que coincide con el surrealismo, porque ellos eran tipos de la edad del surrealismo. Entonces, tenían un humor y unas características secretas que, por supuesto, no manifestaban en público. Y yo me moría de amor con esos sabios.
-¿Cuáles son los tangos que más te gustó cantar?
- El Polaco me decía: “No saques los tangos de los libros porque están equivocados, llamame a mí.” Y tenía razón. Ahora lo llamo a Guillermo Fernández, que sabe todo. Es un sol. Imaginate que a los 8 años ya cantaba en Grandes Valores del Tango.
¿Y los tangos preferidos?
-Me gustan muchos los de Manzi, Cadícamo, Expósito. Y hay algunos que no se cantan mucho. “Quien hubiera dicho”, por ejemplo.
-Julio Sosa.
-Lo cantaba Sosa. Sí, señor. Otro que me encanta es “Como abrazado a un rencor”, aunque no tiene nada que ver conmigo. No soy rencorosa, pero es un tango fortísimo y muy anarquista: “Yo quiero morir conmigo, sin confesión y sin Dios, crucificao en mis penas, como abrazao a un rencor”.
-¿Cuál podría ser un tango para estos tiempos?
-“Muchacho”, aunque no me estoy acordando del presidente de hoy, sino de Mauricio [Macri]. Los tiempos de hoy son vacuos. Hay un vacío cultural, decadencia. Eso duele, duele mucho. Sobre todo para un músico. No solo pasa acá, al viajar también lo veo afuera. Antes era muy optimista. No creo que vuelva a ver cosas que me estimulen. Soy una piba de los 70. Siento una energía muy oscura en Buenos Aires. No siento muchas ganas de salir. Igualmente siempre tuve un metejón con Buenos Aires. Jamás quise vivir afuera, aunque me lo han propuesto. Desde que me separé no quise volver a firmar contratos con nadie.
-Mirando atrás, ¿qué tomás como mayores logros?
-En el colegio fui muy mala alumna. Repetí tercer año. Me tuve que pasar de colegio. Pero cuando terminé comencé a cursar fonoaudiología y me recibí. Fue un gol para mí.



