Cage the Elephant saborea el bajón de la fama en un disco potente

Leé la reseña del quinto disco de la banda, Social Cues
Leé la reseña del quinto disco de la banda, Social Cues Crédito: Nick Krull
David Fricke
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17 de abril de 2019  • 23:42

Cage the Elephant - 'Social Cues'

RCA - 4 estrellas

Existe una larga tradición del rock & roll a la hora de escribir canciones sobre el precio que se paga por el éxito, cuantificado, por ejemplo, en agotamiento, pérdida de cordura y relaciones inestables. Como las estrellas del rock moderno que son, los Cage the Elephant le dan una vuelta al tema en Social Cues, su quinto disco. "Me prometieron las llaves de un imperio", afirma el cantante Matt Shultz en "Broken Boy", el sprint de garage-rock que abre el disco. Pero, al tema siguiente, ya está frito: "No tengo la fuerza para tocar bien", admite sobre unos teclados de glam-rock sucio y un pedal steel de cowboy espacial. "La gente siempre dice/ Man, al menos estás en la radio", canta en el estribillo. Pero de ninguna manera eso es consuelo suficiente.

Si bien la historia del rockstar agotado es conocida, Social Cues es un relato dinámico y poco común de esta banda nacida en Kentucky, que ha sido difícil de definir desde "Ain't No Rest for the Wicked", su hit de 2009 (el single vendió más de tres millones de copias gracias a una guitarra acústica tocada con el cuello de una botella, un beat de hip-hop, y la voz mordaz y engañosamente alegre de Shultz, algo así como un Iggy Pop más rebelde y más sureño).

Social Cues está lleno de esa onda gótico-americana. El disco fue producido por John Hill, una elección sorprendente dado su trabajo con artistas como Eminem y Rihanna. Pero el enfoque pop de Hill y el vigor excéntrico de Cage generan una tensión entre sombras y estribillos dorados, que suena como si Tom Petty y los Heartbreakers se hubieran criado escuchando a The Cure y al Bowie de la trilogía de Berlín. La referencia a Bowie es casi literal en "Social Cues", que tiene un lick de sintetizador prácticamente igual al de "Ashes to Ashes". Y, en "Night Running", Shultz y Beck se unen para cantar una serenata bastante creepy de reggae-dub como si fueran los Clash en la época de Sandinista!.

En "House of Glass", el guitarrista Brad Shultz intensifica la turbulencia de las rimas de su hermano con estallidos de fuzz y power chords, que también acentúan el golpe marcial del bajista Daniel Tichenor y el baterista Jared Champion. Y si "Tokyo Smoke" amaga con caer en la angustia temprana de The Cure, la banda lo corona con una grandeza herida que suena por lo menos tan conflictuada como su particular cantante.

Cage the Elephant no es el primer grupo en hacer un disco sobre las encrucijadas que se presentan en la vida del rock & roll. Tampoco serán los últimos. La lección es obvia: tené cuidado con lo que deseás. Pero, cuando llegue el bajón, contalo lo mejor que puedas. En ese sentido, la banda puede quedarse tranquila.

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