
Chamamé para escuchar con los ojos cerrados
El ciclo del Teatro Vera permitió escuchar y ver a los grandes maestros y a las nuevas figuras de la música del Litoral, en un ámbito ideal
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CORRIENTES.- Es domingo, cerca del mediodía, y los pequeños destellos de sol sacan a los correntinos de sus casas, guardados por el frío invernal. Los lapachos rosados están floreciendo sobre la avenida costanera, que ofrece una visión privilegiada del río Paraná. "Eso es señal que viene el mejor momento del año", dice la artista plástica correntina María Itatí Obregón ("Mati"), que revaloriza la cultura devocional de su región a través de tejidos de virgencitas de Itatí, garzas y camalotes sobre jeans y otras texturas que tiene a mano, cuya pulsión recuerda a cualquier artista del Parakultural de los ochenta.
La panorámica recorrida llega hasta Santa Ana de los Guacaras, un pueblo distante 7 kilómetros de la capital, que tiene el atractivo de la quietud, de calles de tierra y arena que terminan en lagunas; de casas coloniales con galerías detenidas en el tiempo; de siestas al sol de los baquianos al costado del camino, y un paraje que guarda cierta atmósfera desolada, provocada por el cierre del primer ingenio correntino, que ahora busca restituirse a partir del turismo rural.
Sobre la ruta hay pescados del día para llevarse a la casa; señales del Gauchito Gil; monte salvaje y palmares. En un reproductor, suena el dúo Méndez-López, con Catalino Gill y su conjunto, haciendo una polca en guaraní. En un medio rural parecido, el chamamé cobró su forma, adquirió su carácter, tomó prestados los colores y sonidos de la naturaleza, y las formas de hablar de su gente. En Corrientes, el chamamé cobra absoluto sentido y la abundante riqueza musical del género tiene mucho para ofrecer a otros oídos.
El Festival del Chamamé de Invierno, que se realizó durante tres días en esta ciudad, ofreció otra forma de revalorizar la propia identidad popular, como lo hace "Mati" Obregón con las artes plásticas, ubicando este género en un ámbito distinto, como el Teatro Vera, una sala de prestigio con condiciones acústicas para la lírica. Pero no se trató de esnobismo ni de hacer un "chamamé para chetos", como le reprochó un amigo al propio Gabriel Romero, subsecretario de Cultura, sino todo lo contrario. El ciclo buscó en el receso invernal una mirada más en profundidad del género y revalorizando a figuras como Juan Manuel Silveyra, bandoneonista del legendario Ernesto Montiel.
El ciclo, organizado por la subsecretaría de Cultura de Corrientes, despertó adhesiones en un nuevo público que se acercó a escuchar el género en otro espacio. "Entre los chamameceros nos conocemos todos, y estos días pasaron un montón de caras nuevas que nunca se habían arrimado a escuchar chamamé", cuenta Aldy Balestra, quien junto al músico Nini Flores desarrolló la selección artística.
"Fue muy difícil elegir a los doce músicos que integraron esta primera edición, pero sabíamos que queríamos que estuvieran presentes las distintas escuelas del chamamé en el acordeón, la guitarra, el bandoneón y la poesía, a través del canto, además de incluir otros instrumentos no tan vistos en el género como es el piano. Queríamos generar un espacio para escuchar al chamamé en toda su dimensión", agrega Nini Flores. Por eso, el encuentro con su compadre entrerriano Carlos Aguirre, en un dúo de piano y bandoneón memorable, entre solos, improvisaciones y climas exquisitos con la música del Litoral como excusa, sirvió para despejar cualquier duda entre la gente, que lo disfrutó desde el comienzo hasta el final. En un medio musical que los propios correntinos reconocen como cerrado, el festival generó un interesante debate interno entre los seguidores, agregó otro aire a la escena y brindó la posibilidad de escuchar a los creadores de las escuelas fundacionales, todos con tremendo currículum en su historia, pero opacados como acompañantes, arregladores y compositores, detrás de las leyendas. Había que ver tocar al bandoneonista Bruno Mendoza con su conjunto tradicional para entender la sobriedad y el melodismo del instrumento en el chamamé, con la misma sutileza para emocionar con "Tiempo de antes", o despertar el sapucay en la popular con una de Montiel.
El ciclo permitió ver de cerca a un grande como Faustino Domínguez, con su colorida y "tuneada" botonera por la que se desplazaba pisando las notas de una manera que marcó a toda una generación de "gurises" y que sobrevive al maestro Roque González, acordeonista de Cocomarola, o se mantiene también en Tilo Escobar, otro grande que fue de la partida.
Cada estilo dejó al descubierto un chamamé en su completa esencia musical: la forma de las frases en los dúos entre la mano izquierda y derecha en el acordeón; el contrapunto con el bandoneón; la forma instrumental solista de la guitarra que fundaron Mateo Villalba y Pocholo Airé (que despertaron la admiración y ovación en sus presentaciones) y el sentimiento del canto en la voz de Ofelia Leyva (con una de esas actuaciones que provocaron nudo en la garganta). "Todos estos artistas son creadores de tendencias musicales de las que solemos disfrutar sólo los músicos. Lo sacamos de la bailanta y los festivales, y, sin embargo, nos emocionan desde otro lugar", dice Aldy Balestra.
Sus palabras se comprueban en el escenario cuando aparecen Dos para la Música, un dúo de guitarra y acordeón, que deja con la boca abierta al público con su propuesta, en la que funden creaciones propias, arreglos de clásicos en contrapuntos increíbles y hasta pequeños guiños a la música brasileña. El dúo formado por Alegre-Giménez, acompañantes de un cantor de la escena correntina, dejan en claro que, como anuncian los lapachos en flor, un nuevo tiempo para el chamamé está llegando.
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