Chango Spasiuk: momentos para andar descalzo
El acordeonista misionero presentará hoy en el teatro Coliseo su nuevo disco: Pynandí
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El Chango Spasiuk habla en detalle de los adornos que tiene el nacarado de algunos acordeones Anconetani. Pero no es más que un comentario. Su obsesión no es la imagen, sino el sonido. Por eso, al rato cuenta que, cuando presente en Buenos Aires su nuevo disco, Pynandí, tendrá una escenografía modesta porque pretende hacer la mayor inversión en el sistema de audio.
Eso será esta noche, en el teatro Coliseo, lugar especial para el músico. Es que este acordeonista misionero solía presentarse en salas más pequeñas hasta que su trabajo -que ya tiene una considerable cantidad de CD publicados y más de dos décadas de carrera– se empezó a apreciar fuera del país, en teatros de España, Inglaterra, Estados Unidos o Polonia. "Vamos a ver qué pasa –dice–. Tengo cierta curiosidad por tocar en un lugar más grande, aunque esto no tenga que ver con una mayor popularidad."
Sentado a la mesa de un bar de Palermo, el inquieto (por sus inquietudes musicales) chamamecero se toma su tiempo para algunas respuestas. Y esa reflexión es también la que transmite su música, aunque en más de una hora de charla ponga lo visceral de sus composiciones por encima de lo cerebral. Allí, en lo visceral, no falta el celeste del cielo, el verde de la vegetación tupida y el rojo de la tierra misionera. Eso está, eso es: no tiene tiempo ni época. La música, en cambio, varía según el paso de los años.
Hay un compás de espera hasta que llega la devolución. "Uno se mueve en el mundo de la forma –explica el Chango, con su decir sereno–. Y la forma con la que me he movido gran parte de mi vida estuvo dentro de ese contexto [el camino rojo, la selva, el cielo]. Ahí me conecté con un lenguaje sonoro. Ese contexto era de niñez, de jugar descalzo porque hacía calor; era de mates, siestas, acordeones, polcas y chamamés. Eso está conmigo. Uno se expresa a través de las formas de la música. Para usar palabras de hombres despiertos, es como una manera de ir a través de la forma hacia algo que no la tiene; de ir en busca de alguna verdad que es intransferible a través del lenguaje de las palabras. Claro que luego uno adquiere otras cosas. No tanto paisajes, sino conocimientos. Escucha otras músicas. Así se desarrolla un oficio que te da nuevas herramientas."
El camino recorrido hizo que este músico tomara algunos elementos y descartara otros. "La acción y la paciencia son la manera de llegar a la comprensión. Pero no llego a mi sonido desde la cabeza, sino desde la necesidad emocional; por eso, en mi disco hay cosas complejas como el cuarto movimiento de la Suite Nordeste o «Tío Marcos», algo totalmente despojado. Creo que no son opuestos."
-Hace un rato, hablaste de una niñez de calor y de andar descalzo. ¿Pynandí tiene que ver con eso y no con la idea de pobreza?
-La mayoría de la gente lo asoció con la pobreza y la marginalidad. Una segunda o tercera lectura es una infancia rural, en un lugar donde hace calor y uno anda descalzo. La imagen por la que elijo el título es ésta. Además, hay muchos guiños a la infancia. El tema "Tío Marcos" es por quien me enseñó a tocar el acordeón. "Dona Fidencia", la vecina que tenía un árbol de frutas. "Viejo caballo alazán" (de Héctor y Félix Chávez) habla de un hombre que dice extrañar un caballo cuando, en realidad, lo que extraña es ver el mundo con ojos de niño. Todas, imágenes de infancia. En todas esas situaciones he estado descalzo. Alguien me mandó un e-mail que decía algo así: "Chango, quien ha jugado descalzo jamás olvida esa sensación". Y el tema de los paisajes que aparecen es algo asociado con las ediciones que fuera del país se hacen de mis discos. El disco viene de un país que tiene al tango pero también tiene a esta música. Algunas características se pueden mostrar en una foto. Otras, no: hay que estar ahí y vivirlas.
-Es curioso que seas alguien que tiene en cuenta las posibilidades de desarrollo del chamamé y, al mismo tiempo, varios de tus discos expresan una mirada al pasado, a la infancia, a la herencia, como es el caso del último disco o del documental Polcas de mi tierra.
-(Se ríe.) Es que somos una sociedad criada con estereotipos. Yo digo que soy un chamamecero atípico en cuanto a la forma, no a lo esencial. Además, para mí, el desarrollo no es ir a la complejidad de las cosas, sino a la intensidad. A veces, hay algo que necesita mucho o nada.
-¿Y qué opina Bob Telson de todo esto, que fue quien produjo tu último disco?
-La mayor preocupación de Telson era saber qué quería yo: el sonido camarístico, la pureza. Y cuenta lo que al productor le parece más interesante de tu música: lo contrapuntístico, la dinámica. Yo tengo mucho respeto por Bob, y ese respeto es mayor cuando lo veo trabajar en el estudio.


