Destellos de calidad en "Fidelio"
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Singspiel en dos actos "Fidelio" , Op 72 (versión de 1814), de Ludwig van Beethoven, sobre libreto de Josef Sonnieithner, Stefan von Breuning y George Friedrich Treitschke, basado en "Leonore, ou l´amour conjugal, de Jean Nicolas Bouilly. Elenco: Nadine Secunde (Leonora), Mónica Philibert (Marcelina), Paul Frey (Florestán), Hernán Iturralde (Don Fernando, Marcelo Lombardero (Don Pizarro), Ariel Cazes (Rocco), Rubén Martínez (Jaquino) y Ricardo González Dorrego y Sebastiano De Filippi (Prisioneros). Coro Estable del Teatro Colón, preparado por Alberto Balzanelli. Régie, escenografía e iluminación: Roberto Oswald. Vestuario: Aníbal Lápiz. Orquesta Estable del Teatro Colón. Concertación musical: Franz-Paul Decker. Teatro Colón.
Nuestra opinión: muy bueno
La primera representación de "Fidelio", de Beethoven, en la temporada oficial del Teatro Colón, provocó el reencuentro con la calidad de una versión musical de primer orden, hecha posible por el retorno del director de orquesta Franz-Paul Decker, que, antes de llevar a cabo una lectura brillante y efectista de la partitura, ofreció música en estilo y con profundo respeto al autor.
Si bien es cierto que la obertura y el primer acto de la acción dramática provocaron cierto desconcierto por su liviandad, sonoridad apagada de la orquesta y ausencia de prestancia vocal en los cantantes, paulatinamente y a partir de la primera escena coral, se comprendió que el director era fiel a un concepto interpretativo que ubicaba a Beethoven en su tiempo, todavía impregnado del estilo clásico, tan marcado por la creación de Haydn y de Mozart.
Fue evidente que la natural incertidumbre y desvelos del autor en 1805, época de la primera versión y de las dos posteriores con variantes diversas, apuntaron a respetar una dinámica de singspiel que, de todos modos, lentamente y por la fuerza de la propia línea argumental va dando paso a un teatro cantado de conmovedora fuerza expresiva que se entronca con el mejor romanticismo y ese detalle trascendente fue una de los motivos básicos que trasformaron al director en el gran protagonista de la versión ofrecida.
Pero además, y para coronar con toda contundencia sus méritos y la necesidad de que su presencia permanezca vinculada con la vida musical de Buenos Aires, Franz-Paul Decker reiteró sus dotes de músico respetado por sus subordinados. La Orquesta y el Coro del Colón, (fue estupenda la labor de Alberto Balzanelli para preparar los grandes pasajes corales y obtener empaste, transparencias y aceptable justeza) con el aliciente y el estímulo de su sabiduría lograron un desempeño a la altura del prestigio y la historia que han sabido plasmar esos cuerpos artísticos a lo largo de su existencia.
El cuadro de los cantantes se caracterizó por la homogeneidad del conjunto, a partir de intervenciones que valoraron como primordial el logro de hacer música antes que impresionar con voces rutilantes. Así, por ejemplo, se lucieron la soprano Mónica Philibert, como Marcelina, en una reaparición oportuna y esperada porque se reconoce en ella a una cantante de segura musicalidad y grato timbre sonoro.
Del mismo modo fue muy positiva la intervención del tenor Rubén Martínez, sobrio en el fraseo, musicalmente correcto y luciendo una condición vocal lozana y bien emitida, de grato color, así como desenvuelto pero natural en la escena.
Acaso la voz del barítono Marcelo Lombardero no sea la más adecuada para caracterizar a Pizarro, ya que éste reclama un timbre acerado y un volumen poderoso. Sin embargo, sus excelentes dotes de actor, ya elogiadas en reiteradas oportunidades, le permitieron crear un personaje tan malvado como sinuoso, sumando a ello una cuidada preparación idiomática.
Por su parte, el bajo uruguayo Ariel Cazes, como Rocco, fue una de las grandes revelaciones de la actual temporada a partir de la nobleza de su canto y la sobriedad de su trabajo en la escena. Se trata, entonces, de un elemento que ya ha ganado un lugar relevante no precisamente en personajes de flanco sino en los protagónicos. Como se trata además de un cantante serio, estudioso y disciplinado con capacidad para dominar varios idiomas, no sería de extrañar su crecimiento también en el terreno de la música de cámara. La belleza de su timbre y su elegancia en el fraseo es una garantía en este terreno.
Fue muy bueno el desempeño del barítono Hernán Iturralde como Don Fernando, porque a su estampa paternal y bondadosa en la gran escena de conjunto final, sumó con tino un canto bien emitido y seguro en la faz estrictamente musical. Aquí también cabe señalar la feliz circunstancia de que el Colón ha sumado a sus elencos a un argentino que desde hacía tiempo se desempeñaba en teatros europeos, detalle que siempre es beneficioso, en tanto no se abandone la tierra natal.
La pareja central
El rol protagónico estuvo a cargo de la soprano Nadine Secunde, figura ampliamente conocida en el mundo del arte wagneriano (se recuerda su estupenda Brunhilda en el Colón), que ahora en la culminación de su carrera puso de manifiesto toda su experiencia y su profundo conocimiento del personaje al que le otorgó una enorme cuota de emotividad, en especial en el segundo acto, cuando Leonora es la suma de coraje y dolor, valentía y amor, vehemencia y ansiedad.
Si bien es cierto que la artista norteamericana resolvió con mucha habilidad las dificultades de la gran aria del primer acto, su actuación adquirió mayor enjundia en la gran escena del reconocimiento y liberación de Florestán, con un trabajo de primer orden como actriz.
El tenor Paul Frey resultó el cantante de mayor prestancia vocal del elenco, al punto que su Florestán ha de quedar entre los mejores que se han ofrecido en el Colón en más de cincuenta años, no sólo por su dolorosa imagen de hombre destruido física y anímicamente, traducido en su dolora manera de decir, sino por el volumen y color de su voz, realmente poderosa en la zona central del registro.
La pareja central del drama logró, con la ayuda de la excelente marcación de actores del régisseur Roberto Oswald, dar realismo a uno de los momentos más emotivos de la obra, cuando Pizarro es reducido en su asesina actitud y en el conmovedor dúo de los esposos en su milagroso reencuentro y camino a la libertad.
A renglón seguido se escuchó la obertura Leonora N° 3, según el criterio fijado por Gustav Mahler cuando fue director de la Opera de Viena, plasmada en un plano interpretativo superior por parte de Franz-Paul Decker y la Estable que hizo derroche de empeño, buena voluntad y amor propio, contribuyendo así a coronar una versión vibrante.
El arte de Oswald
Por último cabe señalar el acierto de la puesta escénica de Roberto Oswald, artista relevante del arte lírico nacional, que sin sobresalto ni arbitrariedades plasmó, en el diseño del boceto y en su hábil manejo de la iluminación, una prisión lúgubre y descarnada.
En el final, que en realidad es una escena estática, casi una cantata, y apelando a recursos sencillos (banderas blancas y pueblo que se acerca a la prisión) logró el efecto de liberación y canto a la humanidad que emana del pensamiento del autor. Fue atinado el vestuario diseñado por Aníbal Lápiz con la idea de universalizar en un tiempo indefinido de pasado, presente y futuro, el episodio argumental.
El público del Gran Abono ofreció su beneplácito con un prolongado y equitativo aplauso, incluyendo un justo reconocimiento al maestro Franz-Paul Decker.


