
Diana Ross, la suprema
El milenio viene transcurriendo desastrosamente para Diana Ross, la primera cantante que, en los años setenta del siglo pasado, logró permanecer por encima de todas a pesar de ser negra. En 2000 nadie quiso comprar entradas para el reencuentro de The Supremes -en realidad, una falsificación del legendario trío vocal en que se hizo conocida- y la prensa dedicó al fiasco más espacio que a cualquiera de sus esporádicos álbumes, también perdidos en la indiferencia.
Dos años más tarde volvió a las portadas infames al ser detenida conduciendo borracha por una carretera de Arizona, y desde enero último se lee sobre ella frecuentemente. Primero por la caída a un precipicio de su ex marido, el magnate naviero Arne Naess, y enseguida por ingresar en prisión para cumplir la condena de dos días que le tocó por la infracción de tránsito, desdichas personales mejor informadas que el comienzo de "Live Love", su primera gira como solista en mucho tiempo, que comenzó el jueves en Holanda.
El mito de Diana Ross como Supreme suprema creció a partir de su belleza dibujada con mucho maquillaje y pestañas falsas, imitada en peluquerías por adolescentes negras, pero mejor lograda por transformistas profesionales, a lo que se sumaron desplantes de mujer-niña maliciosa e intolerable que venía bien de abajo dispuesta a todo y cantaba segura de que era irresistible, con una sensualidad como no se intentaba desde Eartha Kitt y un entusiasmo sin precedentes entre las intérpretes de su raza, mucho menos la blanca.
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Fue en los años gloriosos de Motown, un milagro de modesto proyecto independiente convertido en la organización más poderosa de la música negra gracias a un hombre llamado Berry Gordy Jr., que combinaba la astucia de un empresario implacable con la sensibilidad del productor capaz de detectar talentos a muy temprana edad y volverse un padre sustituto: Marvin Gaye tenía diecinueve años cuando le hizo grabar su primer disco, Stevie Wonder doce, Michael Jackson nueve y Diana Ross y las otras dos Supremes llegaron al sello cuando todavía estaban en la escuela secundaria.
Hubo diversas definiciones del sonido Motown, desde lo técnico ("chasquido de dedos, panderetas y bajos muy pesados") hasta lo político ("el reflejo de la América negra: ratas, cucarachas, amor y coraje"), pero lo cierto es que se trataba de un modo único de presentar canciones en el que eran características la entrega física de los intérpretes, sus coreografías acrobáticas y una indumentaria brillante y vulgar.
En esa comunidad de voces singulares y fieras del escenario no hubo mejor cantante ni espectáculo comparable con la Ross durante los nueve años que encabezó The Supremes. Menos todavía cuando se independizó para convertirse en la primera superestrella negra, ahora elegante y contenida, con discos aclamados, la nominación al Oscar por su encarnación de Billie Holiday y el triunfo de 1981 con "Endless Love", el tema que grabó junto a Lionel Ritchie y lanzó la moda de los dúos románticos para ser escuchados al final de una película.
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Pero a partir de ahí perdió el rumbo, no porque se la viera menos atractiva o cantara peor, sino por falta de canciones acertadas. Su declinación coincidió con el fin de la ingenuidad en la música popular negra, el desplazamiento de casi todos los ídolos de su generación por las primeras manifestaciones del rap, que trajeron mucha violencia verbal, pero ninguna propuesta tan lúcida como las de "Todo debe cambiar" o " ¿Qué está pasando?", las dos obras maestras de Marvin Gaye para Motown.
A punto de cumplir sesenta años, celebrados apenas con un nuevo simple, esta minigira por ciudades secundarias y otro libro con las memorias conocidas, Diana Ross se asemeja a la protagonista de un "Sunset Boulevard" del soul sofisticado, una reina depuesta convencida de que ella sigue siendo grande y lo que se ha empequeñecido es el género. Lo triste es que puede estar en lo cierto.







