El eterno príncipe del samba
El músico, que pasó brevemente por Buenos Aires para dar un show en el Coliseo, recuerda sus comienzos en la música y los trabajos con sus compañeros de ruta
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"El samba nunca va a morir porque vive en la gente, y mientras haya cantores o músicos que lo interpreten, va a haber compositores." A quien lo dice le sobra autoridad para hablar del tema. Paulinho da Viola pasó brevemente por Buenos Aires para celebrar su 70º aniversario con una única presentación en el teatro Coliseo, organizada por la embajada de Brasil. Como lo había hecho días atrás en el Carnegie Hall neoyorquino y previamente, apenas cuatro días después de su cumpleaños el 12 de noviembre con un show gratuito en el parque Madureira de su Rio natal. Hubo que esperar esta fecha significativa casi coincidente con sus 50 años de carrera para que el príncipe del samba volviera a aparecer en un escenario argentino: sólo una vez, en 1977, había actuado ante nuestro público en el desaparecido complejo teatral Estrellas, "una sala pequeña, pero siempre llena" según recuerda. Una larga ausencia difícil de explicar si se tiene en cuenta que Paulinho es, además de la más acabada representación de la elegancia en el terreno del samba y el choro, uno de los grandes compositores que ha dado la música brasileña en las últimas décadas y pertenece a la prestigiosa clase 42, la misma de Caetano, Milton Nascimento, Gil, Jorge Bem Jor, todos ellos flamantes setentones, y de los fallecidos Nara Leão y Tim Maia.
La explicación de tanta superposición de talentos no la busca Paulinho en el año de nacimiento 1942 sino en una suma de circunstancias que se dieron en la época de su adolescencia y juventud: de la bossa nova y el rock and roll hasta el traslado de la capital a Brasilia, un movimiento estudiantil en pleno crecimiento y después el golpe militar. "La década del 60 fue para nosotros una época de mudanzas: muchas cosas cambiaron en poco tiempo. Y con relación a nosotros y la música, la aparición de los festivales fue un fenómeno decisivo; no ha habido desde entonces alguna forma equivalente para favorecer el surgimiento de nuevos artistas. Hay bienales de arte, concursos literarios, pero en la música?"
En la música, podría decirse que por algún tiempo tal promoción no fue necesaria. Los autores, compositores y cantantes surgidos en la época de los festivales que, inspirados en el de San Remo, organizaban las emisoras de TV, fueron tantos y de tan alto nivel artístico (la clase 42 ya es por sí misma ilustrativa, pero a esos nombres pueden sumarse otros tan decisivos como Chico Buarque, Elis Regina o Edú Lobo, entre otros) que no parecía quedar demasiado margen para otras novedades.
"Para mí, que no participé del primer festival, el de Excelsior en 1965, pero sí del de la TV Record del año siguiente, donde ganaron «La banda» de Chico, y «Disparada», de Geraldo Vandré admite Paulinho fueron fundamentales". Pero no lo dice tanto porque en ese certamen ya se destacó (obtuvo el tercer lugar con la "Canción para María" con letra de Capinam) sino por el impulso que esas competencias dieron a los jóvenes renovadores y al clima de encuentro, debate y reflexión sobre la cultura y la música popular que ayudaron a promover. Y hablando de ese ambiente que se vivía en Rio y en el que se cruzaba gente venida de distintas regiones y distintas corrientes "fue un tiempo de intenso aprendizaje para todos nosotros", no puede sino detenerse en algunos momentos cruciales. Él venía de la tradición del samba, incluso el de las escolas, y del choro por cuestiones de familia. Hijo del guitarrista Cesar Faria, en su propia casa conoció a algunas de las glorias mayores como los legendarios Pixinguinha y Jacob do Bandolim. Tuvo, pues, la mejor escuela. Era natural que en 1965 participara de Rosa de Ouro, un musical legendario porque reveló a la prácticamente debutante Clementina de Jesus, entonces con 63 años y una voz portentosa familiarizada con los cantos populares y folklóricos de origen afro y también al samba.
En ese mismo teatro, el Jovem, y en otros como Opinião, entre las reuniones de grupos de resistencia y de discusión también había quien subía al escenario a mostrar sus creaciones. "Un día se me acercó un poeta bahiano, José Carlos Capinam (el mismo de «Ponteio» y «Soy loco por ti América», y me propuso que hiciéramos juntos una canción. Así nació una parcería y una amistad que continua hasta hoy. Por entonces conocí mucha gente de mi generación, Había, por ejemplo, un caserón inmenso y era como una suerte de apart hotel donde se hospedaban artistas plásticos, músicos, bailarines, cantantes, actores. Estuve entre el 66 y el 68 y allí conviví con Caetano, Gil y otros tropicalistas. La idea era crear y hablar sobre la creación".
Y el recuerdo de esos días, que es al mismo tiempo el relato de una época importante de la MPB lo lleva a otros hitos. Por ejemplo, al disco que grabó con Elton Medeiros compañero de Portela, su escuela de samba de siempre, y de Rosa de Ouro que fue reeditado hace poco y se titula Na madrugada . O al primer disco que grabó como solista, y no sólo con guitarra o cavaquinho sino también con orquesta, y cantando ("porque al director de la Odeón de entonces le gustaba mi voz"). Feliz ocurrencia que permitió descubrir el canto suave y elegante y el refinado gusto de Paulinho, que lo ha caracterizado desde entonces y sigue deleitando ahora, como pudieron atestiguarlo los fans, locales e importados, que colmaron el teatro Coliseo unas noches atrás. Allí, el programa que se propuso el mismo de los tres festejos era una suerte de autorretrato, donde había muestras de todos los Paulinhos: el compositor que recrea la tradición sin desvirtuarla ("No vivo en el pasado; el pasado vive en mí; y en ello no hay nostalgia sino la voluntad de mantener vivos los elementos que hicieron de nosotros quienes somos", dice); el cantor que expone su sensibilidad y su exquisitez también cuando aborda páginas ajenas (¿cómo no destacar "Nervos de aço", de Lupicinio Rodrigues o "As rosas não falam" de Cartola?); el maestro del choro, ese primo instrumental del samba en el que importan el virtuosismo y la inspiración, que alguna vez él rescató del olvido (al punto que hay hoy conjuntos de choro en medio mundo) y que ocupó un sector, quizás el más brillante del show, con maravillosas lecturas de piezas propias o del inolvidable Pixinguinha, y el de los éxitos más masivos, de "Sinal fechado", triunfador en un festival de 1969; "Tudo se transformou" y "Sei lá Mangueira" a "Foi um rio que passou en minha vida", su canto de amor a Portela, que se convirtió en fenómeno nacional y consolidó su prestigio como cantor y compositor. Y fue el que lo decidió a armar un conjunto y dedicarse desde entonces íntegramente a la música.
Felizmente. A los 70 -no caben dudas después del testimonio brindado en el Coliseo Paulinho sigue siendo el eterno príncipe del samba.


