
El final, un dúo de amor y oscuros presentimientos
La numerosa correspondencia de Puccini permite seguir con bastante detalle la creación de Turandot , cuyo estreno había quedado fijado para abril de 1925 en la Scala de Milán.
La obra había sido compuesta, en su casi totalidad, en una elegante villa de Viareggio, donde el músico se instala en diciembre de 1921 para escapar del ruido y las desagradables emanaciones provocadas por una planta de combustible industrial ubicada muy cerca de su antes apacible retiro de Torre del Lago. Como era de rigor en su proceso creador, la concepción de Turandot , que ocupó los cuatro últimos años de su vida, fue febril y estuvo afectada por constantes estados alternativos de apasionado entusiasmo y profundas crisis depresivas. En una de estas últimas llegó a imaginar una situación que habría de convertirse en patética realidad: "La obra será presentada incompleta -dijo- y alguien avanzará sobre la escena para decir: en este momento el maestro ha muerto".
Es que, desde fines de 1922, Puccini había empezado a padecer de la garganta, de manera que buena parte de la composición de Turandot estuvo signada por la proximidad de la muerte. Es sabido que en el curso de un viaje por Suiza, Alemania y Holanda el músico sufrió un accidente que bien podría haber carecido de consecuencias futuras, pues, comiendo en una hostería de Ingolstadt, en Baviera, se le clavó en la garganta un pequeño hueso de ave y fue preciso extraérselo mediante una breve operación. Lo cierto es que poco después empezó su calvario, y al tiempo, en relación con esa herida o sin ella, se le declaró un cáncer que le provocó horribles padecimientos hasta su muerte, ocurrida en Bélgica el 29 de noviembre de 1924.
En su habitación de la clínica quedaban los esbozos del dúo de amor y el final del tercer acto de Turandot. Sus oscuros presentimientos se habían cumplido.
* * *
Arturo Toscanini, tan ligado a las obras de Puccini, y a quien el músico había confiado el estreno de Turandot , encargó entonces a Franco Alfano la tarea de completarla sobre la base de las anotaciones dejadas por el autor. Lamentablemente, no era sencillo acceder hasta las altas cumbres que contemplaban ese lenguaje pucciniano de amor y de muerte, de felicidad y de melancolía. Por otra parte, es en el plano del desenlace psicológico de la historia donde los estudiosos de la obra han encontrado las mayores fallas, por cuanto la mayoría supone que Puccini no podría haber aceptado la humanización tan abrupta de la princesa, sobre el filo mismo de la barra de conclusión. Es probable que todas sus dudas respecto de este final lo hayan acosado durante sus cruentos días de agonía, si es correcta la suposición de que esta escena debía simbolizar la glorificación del amor, como fuerza invencible y catártica, cuya apoteosis residía en la transformación espiritual de la heroína.
Cuando René Leibowitz, en 1958 y en ocasión del centenario del nacimiento del compositor, se preguntaba qué habría ocurrido en la historia de la ópera de no haber existido Puccini, y cuando Gianandrea Gavazzeni, siguiendo a Leibowitz, se interrogaba sobre quién habría llenado el vacío, después de Verdi y de Wagner, de no haber nacido ese músico, querían significar, de alguna manera, la imposibilidad de que alguien asumiera el desafío de reemplazarlo. Porque en cada compás de su música late esa correspondencia total entre la idea, la experiencia vivida y su realización teatral.
El estreno se efectuó el 25 de abril de 1926. Y, como es por todos sabido, una vez transcurrida en el escenario la muerte de Liú, la última página que Puccini dejó totalmente terminada, Toscanini se dirigió al público e indicó, lacónicamente: "Aquí se acaba la labor del maestro. Estaba ahí cuando murió...".
Sólo en la siguiente función el público de Milán conoció el final realizado por Alfano. Buenos Aires la conoció exactamente dos meses después, el 25 de junio, en el Teatro Colón, con Gino Marinuzzi en el podio y la participación de Claudia Muzio, Rosetta Pampanini y Giacomo Lauri-Volpi en los principales papeles.




