El mensaje de Dallapiccola
No le fue fácil a Luigi Dallapiccola, que nació en 1904 y murió en 1975, vivir y crear en una época a la que difícilmente podía adaptarse su inquietante personalidad de humanista absoluto. Quizás en su propio combate interior haya que buscar la explicación de por qué a un cuarto de siglo de su muerte y cien años de su nacimiento, que se cumple el próximo martes, su obra está lejos de haber logrado una repercusión mundial equivalente. Ya su llegada al mundo, en una localidad de compleja historia, marcó en parte su destino, al haber nacido no lejos de Trieste, en Pisino d´Istria, que por entonces pertenecía al Imperio Austro-Húngaro, en 1918 pasó a poder de Italia y luego debió adoptar el nombre croata de Pazin. Para Dallapiccola el destino histórico de su lugar de origen significaba llevar consigo los gérmenes de la cultura triestina, signada por la presencia de James Joyce (que escribió en aquella ciudad su "Ulysses") y abierta a la triple confluencia del mundo latino, germano y eslavo. Pero también la herencia de esa noción de libertad que marcó a fuego su manera de pensar y sentir.
En apariencia, la evolución estilística de Dallapiccola, en tanto compositor, puede parecer caótica, por la diversidad de influencias recibidas, desde Wagner y Debussy, y desde los madrigalistas del Renacimiento, Gesualdo y Monteverdi, hasta Busoni, Schšnberg, Berg y Anton Webern. Pero esta amplitud y variedad de estímulos, que se refleja en los manifiestos contrastes (aunque nunca contradicciones) de sus obras, le permitieron construir y dominar su propio lenguaje, a partir del cual pudo expresarse, pero sobre todo rebelarse contra los grandes males de la humanidad.
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Convencido de que su misión como creador italiano del siglo XX consistía en lograr un sincretismo entre el melodismo verdiano y la concepción germana de la dodecafonía, como lo dijo en la década del sesenta en Buenos Aires desde sus clases del Di Tella, Dallapiccola se dejó llevar por la atracción de la voz humana, por el poder expresivo del canto, por la ópera, porque ese lenguaje de música y palabras le permitía rechazar con la máxima potencia la ciega y brutal irracionalidad de los acontecimientos contemporáneos. Es lo que reflejan los "Canti di prigionia", que fue su forma de indignada protesta contra el fascismo, o las óperas "Volo di notte", "Il prigioniero", donde expone el conflicto entre la libertad y la opresión, o "Ulisse", la "summa" de su arte musical.
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Así se entiende que sería incompleto considerar a Dallapiccola únicamente como a un músico que buscó, a la manera de Joyce en la literatura, ampliar audazmente el precepto de la unidad del lenguaje musical. Es cierto, Dallapiccola estuvo siempre motivado por la maestría lingüística del "Ulysses" del escritor irlandés, y aun por esa audacia experimental que lleva a este último a los límites de "La velada de Finnegan". Sin embargo, primó en el músico italiano un humanismo profundamente religioso, al punto de que para él, más allá de sus experiencias con el lenguaje sonoro, la obra sólo es válida cuando denuncia la presencia del mal, y el combate entre el ideal de la libertad y la brutal tiranía de la materia, con su inexorable determinismo.
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