Elektra, de Strauss, un siglo después
El fenómeno del tiempo a veces nos hace jugadas impensadas. Una de esas se vincula con esa Elektra que Richard Strauss dio a conocer hace cien años, y que para muchos aficionados a la ópera sigue siendo de tan difícil acceso como si hubiera nacido en el siglo XXI. Es claro, también contribuye a darle complejidad la visión del autor del texto, el poeta y dramaturgo austríaco Hugo von Hofmannsthal, un intelectual formidable cuya sociedad artística con el músico dio lugar a un puñado de obras geniales dentro del teatro musical.
En relación con el texto de Sófocles, el poeta austríaco introduce una serie de modificaciones, entre ellas la del final de la pieza. En el original del autor griego la obra concluye con un lamento del coro sobre "el acontecimiento del día", el asesinato de Clitemnestra y Egisto. Elektra vive. En cambio en Hofmannsthal, luego de los asesinatos consumados por su hermano Orestes, la protagonista comienza una danza frenética y cae muerta. Porque en el acento histérico que ahora subrayan, es imposible que Elektra continúe viviendo. Ella sólo existe por fidelidad a la memoria de su padre; sólo vive por y en su obsesión. Una obsesión que la confina a una inmovilidad total y a una total incapacidad para la acción. Ella no abandona jamás el "lugar de la escena", ese atrio del palacio, convertida casi en animal, vestida de harapos, víctima de ataques convulsivos. Sólo espera el momento de la venganza. Pero ese acto no llegará a cumplirse por su propia mano. La obsesión histérica la traba. Es que esta Elektra responde a los signos de su propia época, la de la Viena de Freud. Así se entiende que sea una demente, una histérica, que sólo vive para vengar la muerte de su padre. Una vez cumplida su misión, muere. Muere histéricamente.
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Elektra fue esbozada por Strauss en los últimos meses de 1906 y estrenada el 25 de enero de 1909 en Dresde, lo que significa que el próximo domingo cumple su primer siglo de existencia. Buenos Aires la conoció en 1923, dirigida por el propio Strauss con la Orquesta Filarmónica de Viena, en el Teatro Colón. Luego vinieron las grandes versiones conducidas por Kleiber, Böhm, Matacic, Hager, Leitner, con Roberto Oswald como régisseur y con protagonistas (de las que actuaron en el escenario del Colón) como Bland, Pauly, Goltz, Kuchta, Mastilovic, Vinzing, Behrens que contribuyeron a convertirla en una de las más fantásticas criaturas de la escena lírica.
Por medio de un lenguaje que barre con las contenciones del sistema tonal, con una agresividad extrema provocada por las disonancias, con una escritura que llega a los límites apenas admisibles en el tratamiento contrapuntístico, y con una furia sonora lograda por la provocativa fusión o enfrentamiento de timbres instrumentales, la partitura es de una tensión con escasos paralelos en la historia del género. Con intuición genial y no menos oficio, Strauss explora las oscuras cavernas del alma, mostrando la venganza en sus niveles psicopáticos. Pero por encima de todo, dejó al mundo, hace cien años, una obra de perturbadora grandeza.





