
"En un tango contás una vida entera"
A los 82 años, la cantora es una leyenda
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Años 50. Barrio Sur de Montevideo. Una chica negra de clase trabajadora canta con una emoción que hace que su fama trascienda la calle Durazno y llegue a oídos del popular músico Alberto Mastra, que buscaba integrantes para su nuevo trío. "Un día llega Mastra, toca la puerta de la casa y dice: «Me dijeron que acá hay una piba que canta muy bien». Mi mamá lo invita a pasar, le convida unos mates y me escucha. Entonces, me dijo: «No te podés llamar Lida Río, elegí entre el nombre Armonía o Lágrima». Yo me quedé con Lágrima. Sentí que era para mí, porque las lágrimas no son sólo de tristeza sino también pueden ser de felicidad." La cantora recuerda aquel momento de su nacimiento artístico, y una fugaz emoción le hace brillar los ojos.
Microcentro de Buenos Aires. Afuera del hotel llueve. Es una postal porteña tan gris como la de cualquier lugar común del tango, pero parece perfecta para envolver la figura de la uruguaya Lágrima Ríos.
La cantora de 82 años, una leyenda del otro lado del Río de la Plata, es una figura del candombe (infaltable en los carnavales desde 1946) que vivió la época de oro del tango cuando conoció a Troilo y Pugliese; llegó a cantar en el Royal Albert Hall de Londres y es referente social de la cultura negra en su país, pero siente que está viviendo su momento de reivindicación artística ahora.
"Me llama la atención que a esta edad estoy haciendo un camino que tendría que haberlo empezado hace 50 años. Pero Dios sabe por qué hace las cosas. Yo estuve muy grave. Si Dios me dejó en el mundo es porque todavía hay algo que puedo hacer, y lo estoy demostrando", dice con la seguridad de los años transitados.
En esta ciudad -que visitó por primera vez en 1973 para actuar en la Casa de Carlos Gardel y a la que vuelve para cantar con Alberto Podestá, hoy y mañana, en el Tasso- se transformó en una artista de culto a partir del momento en que el productor Gustavo Santaolalla la incluyó en el álbum doble "Café de los maestros" (2005), donde participaron varias glorias tangueras, como Horacio Salgán, Leopoldo Federico, Virginia Luque y Gabriel "Chula" Clausi. "Yo no lo podía creer cuando vine a La Ideal y estaban todos los maestros juntos. A mí me parecía mentira estar entre toda esa gente tan importante", cuenta Lágrima, con el cholulismo de una fan. Su participación con "Vieja viola" significó un espaldarazo para su regreso definitivo que, superado un problema de salud, le sirvió para editar "Canción para mi pueblo", donde interpreta con notable belleza y fatalidad tangos como "Tormento", "El milagro", "El abrojito", "Horizontes" y "Viejas alegrías".
Hace poco la cancionista volvió a conquistar a un público joven y fervoroso que fue a bailar música electrónica con el Bajo Fondo Tango Club en la Costanera Sur. "Los chiquilines me gritaban: «¡ Reina!». Fue muy lindo. Me gusta que los jóvenes, aunque estén con otras músicas, no se olviden del tango. Por eso, yo trato de reeditar temas que la gente conoce pero que nadie canta en este momento. Eso creo que es lo que gusta. Acá hay mucha música, pero no de la manera que yo canto, solita y con una guitarra.
-¿Esos tangos olvidados tienen que ver con su propia historia?
-Claro que sí, aunque sean tangos duros. Si no, fijate la letra de "Tormento": Será verdad lo que dice la gente/que andas por ahí tirando mi cariño/será verdad que así cobardemente/te entretenés burlándote de mi querer. Es muy real eso, cómo no lo voy a cantar.
-¿Qué tiene que tener un tango para que lo incluya en su repertorio?
-Primero, me tiene que emocionar la letra. ¿Quién no sufrió por un hombre o una mujer? En un tango de tres minutos estás contando la historia de toda una vida.
-¿De quién aprendió a cantar?
-De mi época siempre me gustó Mercedes Simone, pero no aprendí de nadie. Canté siempre como lo sentía. Por eso los temas siempre varían según mi estado de ánimo y los canto con otro sentimiento. Tengo días muy tristes y otros en lo que estoy muy bien. Soy fluctuante como el tiempo.
La vida cotidiana de Lida Melba Benavídez Río (descendiente afro por parte de madre y con sangre indígena por parte de padre) tiene más que ver con la de una abuela coqueta pendiente de sus nietos, que se preocupa por no tomar frío para cuidar la garganta, a quien le gusta hacer los mandados, escuchar los discos de Adriana Varela y clavarse delante de la televisión para ver su programa favorito. "Soy una mujer tremendamente tranquila, pero que nadie me moleste a la hora que dan «Los simuladores». ¡No atiendo a nadie! Soy fanática."
Lo que la saca de su rutina habitual es cuando llega el momento de un concierto. Lágrima Ríos se sube al escenario rodeada de un misterio que parece ajeno y cuando canta, el mundo se detiene, como pasa con Chavela Vargas. Y es que hay cierto paralelo en la forma en que se reencauzaron sus carreras artísticas, a una edad otoñal. Ella confiesa que uno de los culpables fue el actor Fernando Peña. "En 2001, Fernando me invitó a participar de un espectáculo que hacía acá. Yo tenía mucho miedo, pero era increíble lo que pasaba con la gente. ¡Todo el cariño que me daban, y cómo me gusta! Se puede decir que soy mimosa", dice y larga un suspiro largo y nostálgico.
-¿Cómo la tratan en Montevideo?
-Algunos piensan que estaba muerta o retirada, pero yo me siento muy bien. Estoy esperando que se den cuenta. Yo sigo calladita hasta que un día me vengan a tocar el timbre de casa, y, si no, seguimos como estamos: no me puedo quejar.



