
Felicity Lott brilló junto a una orquesta infalible
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Concierto de la Orquesta Filarmónica de Nueva York. Director: Kurt Masur. Solista: Dame Felicity Lott (soprano). Programa: Cuatro últimas canciones (1946-1948), para soprano y orquesta, de Richard Strauss y Sinfonía N° 4, en Mi bemol, "Romántica", de Anton Bruckner. Organizado por el Mozarteum Argentino con el auspicio de Citibank y Salomón Smith Barney. Teatro Colón.
Nuestra opinión: excelente.
Una nueva visita de la Orquesta Filarmónica de Nueva York permite reiterar el placer de escuchar a uno de los más perfectos organismos sinfónicos del mundo en la exclusiva condición acústica de la sala del Teatro Colón, asimismo evaluada recientemente por especialistas internacionales de alto rango y de un modo científico, como la mejor en ese aspecto.
Entonces la conjunción de ambas realidades garantiza indefectiblemente que la música, cualquiera que sea la selección elegida, provocará en el oyente un enorme placer auditivo, y las obras, materializadas en el efímero espacio de la duración de los sonidos, llega a él sin nada que pueda perturbar su apreciación global en sus más imperceptibles detalles y, obviamente, en su concepción interpretativa. Pero en esta presentación se agrega la presencia, por cierto muy esperada y ansiada desde hacía tiempo, de la exquisita soprano Dame Felicity Lott, tal vez una de las figuras más carismáticas que ha dado Gran Bretaña en los últimos años, reconocida por una brillante trayectoria tanto en el mundo del arte lírico como en el terreno del concierto.
Y tal como ocurre con las figuras de alto rango, aparece con aplomo, naturalidad y elegancia. No se advierte en ella atisbo de nerviosismo. Como un virtuoso instrumental, prepara su voz de manera imperceptible y cuando el gesto apenas sugerido de Kurt Masur marca su entrada, se produce con un sonido purísimo de cautivante transparencia. El canto parece sencillo y fácil.
Las cuatro últimas canciones de Richard Strauss, verdadero testamento estético del creador alemán, cumbre del lied, en este caso fortalecido por la amalgama perfecta con los textos poéticos de Hermann Hesse y Joseph von Eichendorff, se escuchan en medio de concentrada atención.
Toda la belleza y la inspiración que plasmó el compositor surge en una versión magistral, cuya lectura embriaga por la placidez de su desarrollo. La atmósfera primaveral, las rosas, la noche estrellada, el perfume de las plantas, el paisaje crepuscular, la alegría y la tristeza por el presagio de muerte son los climas creados. La voz no voluminosa de Felicity Lott luce méritos de mayor importancia, como el esmalte de su timbre, la línea ondulante del fraseo y una delicadeza semejante a la porcelana más transparente y delgada.
Al mismo tiempo, el director alemán y la orquesta logran un equilibrio sonoro conmovedor y el canto de la solista no requiere un esfuerzo mayor en ningún pasaje. Todo es regulación apenas sugerida de las tensiones y distensión musical. Todo el conjunto es una caricia encantadora, difícilmente olvidable.
Una clase de dirección
Llega la segunda parte, con la sinfonía que Bruckner denomina "Romántica" y no sabe por qué. El título descriptivo no la distingue de sus otras obras similares, porque sus armonías y melodías no son más románticas. Quizá quiere referirse al carácter casi pastoral de la música. Tal vez por el movimiento lento, que puede parecer una sugerida marcha fúnebre a través de un sueño.
Lo cierto es que Kurt Masur la ofrece de un modo impecable, como si fuera una clase de dirección académica. Rigurosa desde el punto de vista técnico como para escuchar con impresionante seguridad las apariciones de un solista de trompa memorable (es que la obra resulta, misteriosamente, casi un concierto con trompa por su constante protagonismo), la calidad llamativa de la fila de violas, la maestría de un timbalero excepcional en su delicadeza y afinación, el color plata de un flautista brillante, los quilates de virtuoso del violín concertino.
Pero esa misma claridad y jerarquía son una radiografía de la debilidad de la composición y del estilo de Bruckner, tan aferrado a la reiteración temática sin mayor fundamento, de su fragmentado e inconexo discurso a partir de ideas originales que se encarga sólo de exponer sin desarrollar y con esa incongruencia evidente de injertar una prolongación artificial, francamente innecesaria.
Claro que impresionan el brillo, la robustez e infalibilidad de los metales, el rango dinámico de las cuerdas y la homogeneidad del sonido. La solidez del conjunto y los quilates artísticos de Masur quedan indemnes ante la opinión sobre la obra y el autor y como corolario del final imponente e interminable está la ovación propia de veladas de jerarquía.
Se ofrecen dos agregados. El preludio al acto primero de "Los maestros cantores de Nüremberg", de Richard Wagner, acertada elección para unirlo a la admiración wagneriana del mismo Bruckner, y se escucha una contenida inspiración romántica y la impactante grandeza orquestal que le sirven a Masur para estampar su firma.
El segundo agregado, esta vez sin la presencia del director en el podio, queda a cargo del sector bronces (como se reconoce a quienes dominan también el reino del jazz) y con la misma sinceridad e infalibilidad dan testimonio de su idiosincrasia por medio del legendario Leonard Berstein y su superficial pero agradable motivo de "West Side Story".
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