Fito Páez, fiel a su obra
Fito Páez, 30 años de Giros / Con: Diego Olivero (guitarras y coros), Mariano Otero (bajo y coros), Juan Absatz (teclado, guitarra y coros), Gastón Baremberg (batería), Vandera (guitarras y coros) y Fabiana Cantilo (voz y coros) / Invitados: Fabián Gallardo, Tweety González, Paul Dordge / Teatro: Gran Rex / Funciones: el viernes último, mañana y el domingo / Nuestra opinión: excelente
Y será un fuego, un pantallazo, un rayo luz, conmovedor, una tormenta, una música infinita. Por líneas brillantes de canciones como éstas, Luis Alberto Spinetta declaraba que Giros era una de las mejores músicas nuevas que se estaban haciendo en 1985. Pasaron treinta años de la edición de aquel emblemático álbum de Fito Páez, que el rosarino está celebrando con una serie de conciertos en el Gran Rex, y esas líneas y esas canciones de los 80 suenan con la misma fuerza poética de la primera vez que se escucharon. Es más, suenan como si hubieran sido escritas el día anterior, todavía con la temperatura de las cenizas que dejó la última elección presidencial.
Por el contrario, Fito Páez convierte esta performance aniversario en el reflejo emocional y colectivo de su propia historia y la de toda una generación. Con esa ineludible marca de época, el rosarino construye el concepto de esta presentación que recobra un nuevo significado en ese repaso integral de Giros, un disco que encendió su trilogía memorable de los 80 con Ciudad de pobres corazones y Ey!
Ahí está, el irreverente de la tribu, él que fue capaz de gritarle a media sociedad porteña que era un asco, el mismo que había puesto sus canciones en sus walkman, organizando una excursión a su propia identidad musical para ver qué cosas cambiaron y qué cosas se mantienen igual. En el concierto todo ese pensamiento, todas esas ideas y todas esas emociones de una sociedad partida al medio se vuelcan directamente a la sensación que pueden provocar las letras de sus canciones: Giros, Giros... existe el cielo y un estado de coma, cambiar en torno de persona en persona. Giros... dar media vuelta y ver qué pasa allá afuera no todo el mundo tiene primaveras; Y si tu corazón ya no va más. Si ya no existe conexión con los demás, si estás igual que un barco en alta mar, tirate un cable a tierra; Me dirijo hacia ese punto donde hay algo y a la vez no existe nada.
El concierto no escapa del poder magnético y epidérmico que generan esas líricas escritas en 1985 -"Alguna vez voy a ser libre", "11 y 6", "Cable a tierra", "Decisiones apresuradas" y "D.L.G."- o el efecto déjà vu que generan en pleno 2015 himnos como "Yo vengo a ofrecer mi corazón": Quién dijo que todo está perdido. Yo vengo a ofrecer mi corazón (...), una de las canciones más hermosas que se escribieron en la música popular argentina suena ahora en un coro colectivo. En el medio de ese coro, Fito Páez y Fabiana Cantilo cantan, se miran a los ojos enamorados, como en los 80.
La banda respeta el mismo canon estético. Es un trabajo de arquitectura sonora -recuperando los mismos solos y efectos de los pedales de las guitarras y del Yamaha DYX7- que configura el cuadro sonoro de época en canciones de diferentes discos de los 80 como "Tres agujas" y "Dame un talismán". Puesto en perspectiva, el concierto sirve para mostrar todo el desarrollo musical de Fito Páez disco a disco -folklore, new wave, rock oscuro y pop brillante- y la influencia de sus padres musicales Charly García en "Tres agujas" y "Hay otra canción", compuesta con Spinetta.
En esencia, Fito Páez demuestra que a pesar de las tormentas sigue siendo fiel a sí mismo. El autor capaz de silenciar a todo un teatro con una baguala como "D.L.G."; el cronista nihilista de "Polaroid de locura ordinaria", o la antena sensible de las masas en "Y dale alegría a mi corazón". Ahí está Fito treinta años después, sentado al piano, agradecido que sigue vivo, cantando esas canciones que puso en los walkman de generaciones y que sólo quiere dejar una suerte de señal de su época, un pantallazo, un rayo de luz, una música infinita. Nada más y nada menos.



