La melancolía tiene su abanderada femenina en el indie americano

Alejandro Lingenti
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14 de noviembre de 2019  

Nuestra opinión: muy bueno

"No soy indie, no soy punk, no soy grunge, no soy emo. La única etiqueta que arrastro es mi nombre, que resulta que es Angel, a pesar de que no tiene ningún sentido cuando lo comparás con mi carácter". Eso dijo Angel Olsen en una entrevista cuando tenía apenas 16 años y todavía se fogueaba en el circuito de clubes de San Luis (Missouri), su ciudad natal. Hoy tiene 32, seis discos editados (contando el EP con el que debutó, Strange Cacti, y el notable compilado de rarities titulado Phases) y el favor de la prensa especializada, que la ha erigido en una de las voces más prominentes de la escena alternativa y ha celebrado casi unánimemente al flamante All Mirrors como el álbum más inspirado de su carrera.

En todos estos años la música de Olsen ha evolucionado desde el folk austero y de tinte noir (resabio de una educación artística forjada codo a codo con Bonnie Prince Billy) hasta este presente caracterizado por un pop orquestal denso y recargado en el que los sintetizadores y los imponentes arreglos de cuerdas juegan un rol decisivo. Hay en estas once nuevas canciones huellas indelebles de la sabiduría de John Congleton, productor que ya mostró buenas ideas y eficacia en sus colaboraciones con St. Vincent y Sharon Van Etten.

Si bien Olsen ha confesado más de una vez su catálogo de favoritos (una lista que, en sintonía con su espíritu nostálgico, siempre encabeza Dolly Parton, pero en la que también tienen lugar Tina Turner, Stevie Nicks y ¡Mariah Carey!), All Mirrors puede remitir tanto al Scott Walker de los años 60 como a las aventuras synth pop infladas de melancolía de la sueca Molly Nilsson.

Siempre con el desengaño amoroso como tópico favorito (la primera frase que se escucha en el disco es "Olvidarte es demasiado difícil"), Angel suele escribir con agudeza sobre la fragilidad, la sumisión y la rabia, contenida o en plena ebullición.

También sobre la distancia mínima entre la sensación de bienestar y el nihilismo que caracteriza a la neurosis. Alguien la definió hace poco -con inventiva y justeza, hay que admitirlo- como una virtual heroína lastimada de una película de John Cassavetes.

En ese sentido, y también en cierta inclinación por el pastiche sonoro, Olsen tiene hoy por hoy evidentes puntos de contacto con otro corazón en llamas del pop americano, la inefable Lana Del Rey, reina indiscutida de la epifanía y la teatralidad.

La aventaja, está claro, en su capacidad como productora e instrumentista, complemento ideal para su estatura interpretativa, y reflejo de su enorme versatilidad, una virtud de este disco ambicioso en el que perfectamente podría haberse ido por las ramas pero una vez más dio en el blanco.

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