
Joaquín Sabina: "Que me deje la virgencita como estoy"
A los 60 años, demuestra su oficio implacable para hacer buenas canciones en Vinagre y rosas, que presenta hoy en Boca
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"Con sesenta años nunca se está en un buen momento. Estoy bien, vivo, respiro, tengo amigos, tengo una novia, estoy en la Argentina, voy a tocar en la Bombonera, que me deje la virgencita como estoy." Joaquín Sabina dixit apenas pisó suelo argentino.
El plan parecía tan simple como complicado. Viajar a Praga con su amigo poeta Benjamín Prado para traerse un puñado de canciones que terminen en un nuevo disco. "Estábamos tan seguros de que aquel viaje era un error que el día antes de salir los dos tuvimos el teléfono en la mano para llamar al otro y decirle: «Mira, mejor lo dejamos", escribe en la bitácora del making off del disco Romper una canción el poeta Benjamín Prado. Siete meses y trece canciones después, Vinagre y rosas vio finalmente la luz. El nuevo álbum de Sabina enseguida trepó a los rankings y se transformó en uno de los discos más vendidos de España. Eso lo obligó a salir de gira nuevamente y regresar esta noche a la Bombonera: "Será un concierto más sobrio, donde el único protagonista será la canción. No habrá 20 elefantes ni chicas de Tinelli en tanga. Sólo nosotros, que somos muy poquita cosa pero ponemos el corazón", dijo en su encuentro con la prensa.
La popularidad sigue siendo su novia. A su llegada a Buenos Aires, el cantautor recibió un disco de platino por las ventas del nuevo álbum. Como buen contrapeso, Sabina reivindicó a Vinagre y r osas como el triunfo de las canciones por sobre la rutina de una carrera exitosa y una vida amorosamente sedentaria y plácida: "En esta nueva etapa de mi vida disfruto del placer de desayunar, de dormir la siesta y de ver tele basura. En fin, una mierda. Antes la vida era más al límite, más peligrosa, pero mucho más divertida. Digamos que además de la noche estoy descubriendo el día y no está mal, no está nada mal", confesó, con honestidad brutal y una ironía a prueba del cliché.
<b> "Tiramisú de limón" </b>
Enamorado y feliz, Sabina decidió aprovecharse del mal de amores de su colega, socio y amigo Benjamín Prado, con el que ya habían compuesto "Esta noche contigo" y "Números rojos", para descubrir las mejores canciones que eran posibles en este momento de sus vidas. En el libro Romper una canción , Benjamín Prado cuenta: "Una noche en la que, como tantas veces, habíamos acabado en Los Diablos Azules, el bar que tienen Jimena Coronado y su amiga Lena de Marini en la calle Apodaca, en Madrid, Joaquín se tomó un par de copas para envalentonarse, me llevó a un rincón y me dijo: «Mira, Benja, te voy a proponer algo. Yo vivo en una felicidad doméstica de la que es imposible sacar un verso; pero tú estás hecho polvo, y eso es una mina. Te propongo aprovecharme de tus desgracias y que nos vayamos por ahí a escribir canciones contra tu ex novia".
Sabina y Prado se conocen desde hace treinta años. Cuando Sabina pasaba por su nube negra el poeta le lanzó una frase salvadora: "Tú sabes que la vida es igual que el arte, si no está en ti, no está en ninguna parte, lo que importa es la isla, no el tesoro". La vida dio vuelta y fue el cantautor madrileño quien rescató a su amigo de una ex novia que le hizo la vida imposible y que todos llamaban La Virgen de la Amargura. Para vengarse de la fulana, Joaquín le propuso encerrarse a escribir versos despechados y sufridos, sin frases hechas ni latiguillos de oficio.
El resultado es uno de los mejores discos del madrileño, después del memorable 19 días y 500 noches , con trece piezas con tufillo a himno, como "Cristales de bohemia", y piezas juguetonas, como "Embustera". Dicen que si la compañía discográfica no les hubiera puesto un límite de tiempo los muchachos habrían acabado haciendo un disco quíntuple, como El s almón de Calamaro. "Los dos lo hemos pasado muy bien y lo mejor de todo el proceso ha sido volver a ver a Joaquín tan feliz como no lo veía desde 19 días y 500 noches ", decía Benjamín de su amigo de Ubeda.
<b> "Contigo" (Con Fito Páez) </b>
Juntos y revueltos a la manera de un Dylan y Sam Shepard se lanzaron a las calles y los bares de Praga para desguazar palabras y cadáveres exquisitos hasta dar con la canción perfecta. Con esta experiencia escribiendo a cuatro manos (intento que quedó frustrado con Fito Páez en Enemigos íntimos ) queda sepultada la superstición de que el gen autoral, el estilo y el oficio implacable de Sabina dependen de una vida de excesos. En todo caso, la vida de Sabina sigue dependiendo de la búsqueda del estribillo y unos cuantos versos verdaderos. "Y allí seguíamos, poniendo ideas encima de la mesa, cortándolas por la mitad para ver qué tenían adentro; descartándolas, tachando y tachando para que la canción emergiese. Cuando nos salía un buen verso, con frecuencia sospechábamos que estaba ocultándonos otro aún mejor y no dejábamos de hacernos preguntas. No hay en todo Vinagre y rosas una sola palabra que no haya sido conquistada después de sufrir dentro de ella una batalla, y quizá por eso el disco esté lleno de banderas", cuenta a manera autobiográfica Prado.
Tras la batalla de la dupla autoral, la amistad salió fortalecida. Vinagre y rosas es sobre un poeta abandonado y otro enamorado pero con la ironía invicta. Por esa atmósfera de dulce amargura transita este tiempo otoñal de Sabina: "Estoy de gira hasta octubre y ojalá siga vivo después de eso. No me veo ni más blando ni más sabio. Yo era un trueno y ahora me veo simplemente más viejo".



