
José Araujo: de tener una revelación a los 9 años cuando escuchó por primera vez a Bach a tocar el ciclo completo de las Suites para cello
Este viernes y el 31 de este mes, el solista principal de la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires se presentará en el Teatro Colón
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Una obra profunda de introspección y complejidad. “Un discurso, una fe, un componente religioso, una fuerza espiritual”. Hablamos de las Suites para cello de Johann Sebastian Bach en la visión de José Araujo, solista principal de la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires, que ofrecerá el ciclo completo en el Salón Dorado del Teatro Colón. Lo hará en dos conciertos: este viernes 17 con las tres primeras suites y el viernes 31 con las tres restantes. En diálogo con LA NACION, Araujo habla de la relevancia, el contenido de la composición y su enfoque historicista.
–¿Qué lugar ocupa en la historia de la música esta obra monumental?
–Un punto fundacional porque el instrumento y su identidad acababan de nacer hacía treinta años cuando Bach compuso las Suites. Antes de eso, solo existía un conjunto de instrumentos que cumplían la función del bajo dentro de la orquesta barroca. En 1689 se entorcharon las cuerdas graves, que eran de tripa, con metal, brindando nuevas posibilidades técnicas. A partir de ese momento comienza la escritura, las sonatas, los ricercare. Y aparece esta obra con su lenguaje que es un monumento en la historia de la música.
–Más allá de la envergadura y la influencia que representa Bach, ¿qué es lo novedoso de su lenguaje?
–La polifonía lineal. No una polifonía simultánea sino lineal que juega con la memoria. Una voz que aparece y otra que responde, un bajo que después no está, voces que cambian de registro o armonía. Y más adelante el bajo que reaparece con la sensación de que siempre estuvo. Durante el Romanticismo se escribieron acompañamientos. Schumann compuso para las suites un acompañamiento que queda bien, pero le quita la fantasía, la imaginación y todo lo que rodea a esas notas que no se escuchan, pero se presienten.

–¿Existen obras equiparables en cuanto a la demanda técnica y artística?
–Lo más difícil de esta música, además de que técnicamente hay una exigencia enorme, es la introspección, la intensidad, la cantidad de información compleja y el desarrollo tremendo que eso implica. Es difícil hallar obras equivalentes. Hay que llegar hasta Kodály y su Sonata op. 8 para encontrar una obra de semejante nivel y profundidad.
–Como ha pasado con algunas colecciones para el teclado y para los servicios religiosos, transcurrieron siglos hasta ser rescatadas como obras de arte. ¿Cuándo se produjo ese cambio de apreciación, del ejercicio mecánico a la obra de concierto?
–En las Suites ese papel lo desempeñó Pau Casals. Desde su descubrimiento, en una edición del siglo XIX, hasta que las tocó, se pasó trece años estudiando. Fue su misión de vida. A mí me tomó tiempo el poder adentrarme en la estructura con una idea propia. Yo sabía que quería algo porque es lo más especial que toco y porque decidí que quería ser músico a los 9 años después de escuchar los Preludios y Fugas. Escuché la música de Bach y decidí que a eso quería dedicar mi vida. Pero no lograba descubrir qué. Hoy sí tengo una visión, un concepto propio.
–¿Dónde encontraste esa revelación?
–En el estudio de la retórica y el trabajo historicista que hice en el Conservatorio de París. Es una música que tiene algo de retórica griega. Porque cantar a la manera del Romanticismo no cuadra con Bach (en el fraseo, los tempos, las pausas y las respiraciones, esos largos tenutos románticos que en Bach tienen que ser una declamación, en el significado de las tonalidades y los intervalos). Porque aquí hay un discurso, una fe, un componente religioso, una fuerza espiritual. En esa esencia encontré la punta del ovillo para un trabajo que me hace feliz.

–¿Cómo aplica en las Suites el carácter de las tonalidades?
–Las toco en su orden porque para mí el recorrido tiene sentido. Las tres primeras, estables y reservadas. Sol Mayor presenta el ciclo con un color agradable. Re menor en la 2ª, es la fe y la conexión con Dios. Do Mayor en la 3ª, la libertad, la tonalidad insolente, la rienda suelta a la alegría. La 4ª en Mi bemol Mayor, seria y dramática. Do menor de la 5ª, el luto, el drama del sufrimiento pasado, la pena que se carga en el tiempo. La 6ª, en Re Mayor es la culminación increíble, la más compleja y elaborada, resuelta en una tonalidad guerrera y victoriosa. Como en las cantatas, cuando aparece Jesús con su pasión, el despliegue de las grandes arias. No está explícito ese recorrido, pero yo lo interpreto así.
–Hablando del historicismo, un factor decisivo son las cuerdas de tripa. ¿Qué pérdida y qué ganancia se logra respecto de las de metal?
–Voy a tocar el concierto con cuerdas de tripa. Es verdad que disminuye el volumen porque el material no tiene la tensión ni la proyección del metal. Hay que afinar todo el tiempo porque la tripa se mueve y cede en la ejecución. El metal es más estable y regular. La tripa, en cambio, con la modificación más fina del entorno, altera su sensibilidad. Y es allí donde surgen las variantes que, dentro de cierto margen, son impredecibles. El intérprete trabaja con esa respuesta viva, con esa voz y esa ganancia enorme en materia de armónicos. Una vida increíble que le da al sonido. Una riqueza de colores que más allá de la inestabilidad y el control, es lo que busca el arte.
–¿Qué le dirías al público que aún no ha tenido contacto con esta obra?
–Que aquí no valen las expectativas de lo trillado, lo conocido o lo estridente. Que es lo opuesto a lo que busca nuestro tiempo. Que se trata de una contemplación del sonido puro, de lo que pasa adentro de la música. Un cello solo y un mundo interior inmenso para ser descubierto como una revelación.
Para agendar
Recital de cello de José Araujo. Repertorio: ciclo completo de las Suites para cello de J.S. Bach. Viernes 17 (primera parte) y viernes 31 (segunda parte), a las 17.30 en el Salón Dorado del Teatro Colón.
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