
Juana Molina, del humor a las canciones
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Juana Molina fue reconocida, a comienzos de los noventa, como una renovadora del humor argentino en la televisión. Fue exactamente una payasa, como le divertía que la llamaran, a pesar de que esa palabreja se la endilgó alguien con desprecio, creyendo ofenderla.
Muchos recuerdan todavía sus parodias de la psicóloga autosuficiente, la tonta presentadora de programas, la adolescente, la pituca amanerada, la coreana caradura, toda una galería de tilingas a las que caracterizó con nuevo sentido del humor, remedando un poco el que supo ejercer Niní Marshall.
Las parodias de los diferentes personajes cotidianos de Buenos Aires (una copia de la realidad, definió ella misma alguna vez) fueron plasmadas mediante un humor fresco, sin agresiones; pulsando la cuerda de la amable ironía, no el demoledor sarcasmo.
Pero hace un par de años, apenas comenzado el 2000, hizo un mutis por el foro, al radicarse por un tiempo en Los Angeles para dedicarse a la música. Así cuenta sus comienzos con el humor:
-Yo estaba sin un mango y me di cuenta de que podía con la imitación, con la caricatura. Entonces decidí mostrar a ciertas personas que tenían programas en la televisión, una cassette que había grabado en casa. A Mesa no le interesó. Y gente de "La noticia rebelde" demoraba un montón. Resultado: me llevé de vuelta la grabación. Y un día en Shams, aquel boliche de Lacroze, Castello me vio con mi vieja (Chunchuna Villafañe) y prometió darle un vistazo. "Me encantó", me confesó después, y decidieron probarme. Allí empezó todo, en 1988, en ATC. En un momento me mandaron a hacer notas en la calle. Fracaso total. "Bueno, hacé lo que sabés", se resignaron. Allí aparecen los micros donde daba recetas absurdas como presentadora, con todos los latiguillos posibles sobre la tilinguería y las vulgaridades. Era divertido y me venía de perillas, porque grababa una vez por semana, los lunes, y me quedaba todo el tiempo para darle a la guitarra. Y me pagaban bien.
"Allí salió, a fines del 88, y hasta el 90, lo de Gasalla. Al principio fui la contrafigura de él, explorando todos los lugares comunes y la estupidez total. Fue bárbaro. Nos reímos mucho y la pasamos muy bien. En lo musical copiaba todos los estilos, desde lo tanguero hasta el rock. Y ocurrió algo gracioso, por ejemplo cuando personifiqué a una cantante lírica que se mete con los standards, desafinando, poquito, que es peor. Alguien que lo vio me dijo "cuidado que por ahí estás desafinando". Allí me di cuenta de que no acentuaba demasiado el error... Bueno también llegó el ciclo "Juana y sus hermanas", en el 93, que tuvo su éxito durante tres años."
-La música, supongo, te llega de la mano de Horacio, tu papá.
-A los 14 años -en diciembre de 1976- con mamá y su marido Pino debimos irnos a Europa. Primero a pasar el verano en España. Al año siguiente a París. Solanas había tenido problemas políticos con su película "La hora de los hornos". A Francia fui sin saber decir ni oui . Pero allá aprendí una de las canciones que más influyó en mi vida: "El niño y los sortilegios", de Ravel. El es uno de mis padres espirituales. Mamá nos había contado el cuento que musicalizó Ravel. Mi viejo es el que solía escuchar a los clásicos, aquí en Buenos Aires. Ravel, los lieder de Schubert. Uno de ellos me impactó "El rey de los alisos", que escuchábamos una y otra vez. Cuando hablo de estos temas y recuerdo esas melodías se me hace un nudo en la garganta. (A Juana se le empañan los ojos.) Lo cierto es que en París vimos ópera y el teatro con obras de los clásicos. Pero yo, con mis quince o dieciséis, viví la época de la pavada; de querer escuchar música con mis amigos.
-¿Qué habías recogido de tu estada en Francia al regresar, en el 82?
-Creo que la naturalidad. Lo más importante era no ser esa reprimidilla argentina; que si estás gorda o flaca. Y yo era gordita, pero sin complejos. Al bajar del avión mi viejo me ordenó "¡régimen ya!" Pero yo ya me había salvado de esas tonterías de aquí. Yo volvía con vivencias de mis amigos músicos de Francia. Mi novio lo era. Había ensanchado mi panorama, tanto en la música clásica como en el rock. Porque para mí fue natural escuchar el "Cuarteto de cuerdas" de Ravel y no poder apagar el equipo. Vuelvo a Ravel y te digo que su música tiene esa intelectualidad que nace de la emoción. Es como si me inyectasen algo, como subirse a un cometa. En cambio de Schubert soy más espectadora. Por eso en los años 90 asumí la música electrónica (que tiene tres o cuatro cosas increíbles en medio de porquerías) de una manera parecida a aquella en la que recibo a Ravel.
-¿Pero cuándo aparece la compositora y letrista de canciones?
-Fue mi papá el que me enseñó a tocar la guitarra y las amistades y la vida me llevaron por mundos musicales diferentes, del tango, del bolero y de la balada. Luego de mi paso por Arquitectura, en la UBA, incluso encantándome eso de los planos y de dibujar, me dije: esto no es para mí. El otro paso fue trabajar como diseñadora de ropas con una amiga. Entonces me pregunté: ¿por qué no hacer música? Y así empecé, a mediados de los 80, con la guitarra criolla, luego la española y la eléctrica. Había hecho algunos ejercicios clásicos en París, pero recurrí a Pino Marrone, que estaba en el mundo del jazz. Empecé con ejercicios, escalas, acordes. A veces me desenchufaba de los acordes y empezaba a unir unos con otros, a divagar, a buscar melodías. Eso me emocionaba: llegar a un lugar yo sola. A veces me pasé semanas practicándolo. Así me di cuenta de que podía crear una canción. A mí me gusta la repetición, los desarrollos, lo mántrico; nada de exabruptos. Cuando llegaron las letras se complicó todo. Y fui construyendo una canción con pedacitos. Canciones sin género alguno. Hace poco tiempo cantar en público era la peor tortura. Me daba un miedo pánico; no me salía la voz, me temblaban las manos. Los peores momentos los pasé cantando. Sin embargo era lo que más me gustaba. Bueno, por suerte, eso se disipó.
-¿A partir de qué momento vino el cambio, la liberación?
-Creo que fue a fines del año pasado, que toqué en un teatro con cuatro músicos. Estaba tan contenta... La musicalidad brotaba entre todos.
-¿Qué repertorio harás en el Borges?
-Canciones de mis dos discos anteriores: de "Rara" y de "Segundo". Las de "Rara" sonaron rockeras. Creo que eso no me identifica tanto como las canciones de "Segundo", porque es más libre. Incluso tiene alguna canción, como "Pastor mentiroso", con un fondo raveliano de teclados, como contracantos. Fue un disco grabado en casa. En estos recitales también incorporaré unas siete u ocho canciones inéditas. Todas con letra y música mías.
-Ni baladas, ni rock, ni tango, ni folklore...
-No sabría definirlo. Me encanta el folklore. Cuchi Leguizamón, el Dúo Salteño. Mis discos favoritos son los de Leda (Valladares) y María (Elena Walsh). Quizá debo aceptar las influencias de Ravel, Los Beatles, Eduardo Mateo... Y por allí surge el humor, al menos ésas cosas que me parecen cómicas.
-¿Cómo fuiste inventando todas estas canciones?
-Primero las tarareo. Surgen unas palabras. Después voy rellenando las frases. A veces queda la melodía original, pero nunca reelaboro nada. Son pantallazos de la vida cotidiana, las relaciones con vecinos, falsas biografías, e incluso me gusta el humor musical, ocurrencias en medio del discurso.
Juana Molina estará, desde hoy, durante cuatro viernes en el Centro Cultural Borges junto a Fernando Kabusacki en guitarra y sintetizadores y Alejandro Franov en percusión, teclados, bajo y arpa. Ella tocará guitarra, teclados y cantará. Mientras, se prepara para su gira por los Estados Unidos (Los Angeles, San Francisco, Seattle) y ciudades del Japón, donde sus discos han logrado una sorprendente acogida.
"Abandono a la actriz -confiesa Juana, sin dramatismo-. La vida es una sola y lo que más me gusta es la música. Es con lo que mejor me va, aunque sea poquito a poco."


