La Bandina: sonido moderno y atractivo con cacerolas propias

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23 de diciembre de 2001  

La Bandina , dirigida por Marcelo Delgado, en La Fábrica. Viernes 21 de diciembre, en Tobago, Alvarez Thomas 1368.

Nuestra opinión: muy bueno.

En muchos sentidos, La Fábrica parece ser el mejor lugar para albergar los sonidos de La Bandina. Ambos se escapan a cualquier taxonomía más o menos plausible y las extrañezas geográficas de una parecen ser el ámbito ideal para que resuenen las propuestas musicales de la otra.

Imsa - La Fábrica, Ciudad Cultural, tal el nombre completo, es un espacio que ha sido habilitado dentro de una planta metalúrgica en actividad en el barrio de Almagro. Para acceder al sitio del encuentro hay que caminar entre máquinas, planchas de aluminio y los olores propios de un taller.

Por detrás de lo que será el escenario cuelga un telón de varios paneles, con un diseño de un oscurísimo paisaje urbano, a los costados, paredes negras, talladas por fratachos de ocasión y brochas gruesas, con revoques descascarados y adornos circunstanciales y ventanales incompletos.

Un taller devenido en un universo estimulante para el desarrollo de conjuras culturales, en este caso, las musicales que propone La Bandina.

Entre flautas, clarinetes, saxos, trompetas y un trombón, y una base de guitarra, bajo y batería, este conjunto, integrado por más de veinte miembros rigurosamente ubicados, cada uno, detrás de su atril. Frente a ellos, Marcelo Delgado dirige sus propios arreglos de canciones, tangos y standards del jazz y creaciones propias.

Sin embargo, reducir la oferta musical a una especie de hibridación de elementos de las músicas urbanas rioplatense y afronorteamericana sería de un reduccionismo desacertado. Delgado es uno de los compositores más destacados de su generación, un tanto atípico en el sentido de no adherir dogmáticamente a corrientes de verdades indiscutidas y vinculado intensamente, además, con la docencia. Por eso es que, más allá de notas blues, cadencias tangueras o milongueras y melodías conocidas, La Bandina tiene un sonido propio, moderno y atractivo.

Con improvisación

Por otra parte, el riesgo siempre latente de un armado demasiado disciplinado que atenúe las infinitas aristas y sabores de la música popular es evitado por la presencia de algunos músicos con capacidades de improvisación destacadas y por un balance acertado entre los rigores del arreglo y la aleatoriedad de la impronta.

De Mores a Coltrane, de Piazzolla a Kusturica y de Lennon y McCartney a Cobián, La Bandina entretiene y fascina. Mayormente ajustada, aunque con momentos en los cuales la prolijidad y la afinación quedan resentidas, es a través de la variedad que el ensamble ejerce su seducción. Una enumeración incompleta de los infinitos recursos que utiliza Delgado debería recordar, necesariamente, los tuttis abrumadores, los unísonos avasallantes, las texturas de densidades y composiciones múltiples, desde tenues hilos mínimos a polifonías politonales atrapantes, ritmos y métricas cambiantes que no resienten las pulsaciones propias de cada género y colores instrumentales sorprendentes.

Pero el toque propio es aquel que Delgado logra imprimir desde su experiencia en la música de vanguardia. Cuando lo predecible puede llegar a asomar, aparecen clusters omnipresentes, estacionamientos armónicos sobre un acorde como punto de pedal que son la excusa para el desarrollo de la improvisación colectiva que no se atiene a búsquedas consonantes, fragmentaciones de las melodías conocidas para admitir comentarios extemporáneos y, al mismo tiempo, atinados, introducción de largos pasajes politonales y atonales dentro de marcos de procedimientos armónicos académicos o populares. Delgado, en una sana actitud de desprejuicio, introduce lo que a su sensibilidad le parece pertinente, sin avenirse a convenciones o a verdades indiscutidas.

En medio de una situación agobiante, La Bandina, además, asumió otro compromiso. Sobre el final, interpretaron una música de bodas de Kusturica, con un arreglo de actualidad: sobre la base rítmica, y manteniendo algunas líneas melódicas imprescindibles, los músicos dejaron sus instrumentos y atacaron con sus cacerolas. Tal vez para demostrar que La Bandina, más allá de las ironías de una similitud fonética que la asocia con la sustancia que arrasa con bacterias y colores, puede mostrar un camino musical de liberación y cambio.

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