La cultura no tiene cura
Di Tella, con su deslenguado show, olvidó honrar al gran percusionista fallecido
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Acto 1. La maravillosa experiencia de vivir viene con una condición innegociable: morir algún día. No todos tienen la misma "suerte" a la hora de cumplir con tan antipática cláusula que la que tuvo, en parte, el más grande percusionista argentino recientemente fallecido. Domingo Cura no se durmió para siempre en circunstancias aciagas ni en medio de una cruel agonía, sino en el mejor lugar que pueda pretender un artista para expirar: el escenario, en plena faena creativa, arrullado por sus propios sonidos y los generados por sus compañeros, en mágica comunión con una platea repleta de público expectante y agradecido.
Hace dos sábados, además, cerraba de esa insuperable manera una amistad personal y creativa de más de cuarenta años, entre Cura y Chico Novarro, que empezó cuando el primero inició al segundo en los sutiles vericuetos de la percusión en general y del bongó en particular.
El autor de los boleros argentinos más exitosos lo había convocado como artista invitado para su ahora interrumpida serie de recitales en el teatro Lola Membrives. La noche anterior a su muerte, en el debut del viernes 12, Cura cumplió, con el impecable estilo de siempre, su parte: en breve set, tocó de pie los cuatro bombos y luego, ya sentado, hizo sonar, como él sólo sabía hacerlo, el bongó. Veinticuatro horas más tarde, cuando la escena volvía a repetirse, Cura murió fulminado a causa de un infarto masivo. La música y la alegría se detuvieron; el público se sobresaltó acongojado y así cayó el telón definitivo sobre la trayectoria sin mácula de un gran artista y mejor persona. Jugando, setenta años atrás, en su Santiago del Estero natal, había dado los primeros golpes sobre una caja de galletitas vacía, y con improvisados palitos, sin intuir todavía que revolucionaría al folklore y a otros géneros musicales con su sabiduría, ritmo y vitalidad.
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Acto 2. En su tan interesante como desconcertante documental "La televisión y yo", concebido y dirigido por su hijo, Andrés Di Tella, el deslenguado secretario de Cultura de la Nación, Torcuato Di Tella, ya daba rienda suelta al deporte que más le gusta practicar: tirar la pelota afuera.
En un rasgo evidentemente familiar -empezar por un lado y terminar por el menos pensado- Di Tella junior se había propuesto narrar la historia de nuestra pantalla chica, pero, desanimado por varios factores, en el camino se desvió para contar cierta saga familiar. Así, mientras padre e hijo recorrían las abandonadas instalaciones del imperio industrial que supo levantar con tesón el fundador de la dinastía, el inefable Torcuato -con su últimamente popularizado estilo de adolescente tardío-, se ufanaba de haber sabido escapar del mandato familiar. Con tono pretendidamente "piola", Di Tella disfrazaba, incluso sin darse cuenta, un rasgo patético y paradigmático de tantos "hijos de" o "nenes de papá" que no tuvieron las mismas agallas ni fueron consecuentes con el legado industrial de sus predecesores. Por cierto hay que reconocer que las contribuciones privadas de la familia Di Tella a la cultura no han sido pocas, pero también hay que decir que fueron puntillosamente desandadas por las posturas esnob de sus miembros más notables, en sus pasos por la función pública.
En la semana que pasó, que coincidió además con la realización del tercer Congreso Internacional de la Lengua Española -que suscitó la atenta mirada del mundo intelectual hacia la Argentina-, Di Tella se "graduó" de personaje mediático y ahora va por el título de "doctor honoris causa" en la materia. Se está ganando, en buena ley, un lugar fijo en el staff televisivo de Mauro Viale o, al menos, como claque en el de Fernando Peña en el teatro. Sigue los pasos, y supera con creces, al pionero en estas lides, Moisés Ikonicoff, que terminó bailando sobre el escenario entre cómicos y bataclanas.
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Acto 3. Después de la despedida tan acompañada de Domingo Cura en el teatro, su cuerpo fue a parar a un ignoto velatorio del barrio de La Paternal. El secretario de Cultura de la Nación estaba demasiado entretenido y enredado con sus incursiones mediáticas como para disponer honras fúnebres o, siquiera, enviar una corona en homenaje a quien contribuyó tanto en el último medio siglo para prestigiar la música nacional.
Frente a un hombre que le hizo bien a la Argentina, el Estado permaneció ausente, impávido y desagradecido. Y no sólo Di Tella. Al Chango Farías Gómez, que es diputado, ¿no se le ocurrió sugerir que se velara a Cura en la Legislatura? ¿Tampoco el Congreso Nacional estaba disponible? A Peteco Carabajal, tan cerca de la Casa de Santiago del Estero, ¿no le habrá parecido adecuado que un coterráneo tan ilustre recibiera allí los saludos finales?
Cura no tenía hijos, y su viuda, Alcira, ha quedado sola, sin jubilación, sin pensión y con un futuro incierto.
Mientras tanto, el secretario Di Tella gusta de escudar su inacción en "los chicos que se mueren de hambre en Santiago del Estero", la provincia que acaba de perder a uno de sus hijos más dilectos sin que el Estado haya derramado una sola lágrima.



