
La española María Bayo, una soprano para la ópera del siglo XXI
Se lució con Debussy en el Real de Madrid
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MADRID.- Durante los catorce días de enero en que se desarrollaron las 7 funciones de "Pelléas et Mélisande", de Debussy, en el Teatro Real, el nombre de María Bayo acaparó el interés de los medios y fue insistente tema de conversación entre amantes de la ópera madrileños. Y ya hay quienes la señalan como la destinada a recoger la corona dejada por Victoria de los Angeles.
A esto se agrega el hecho de que está absolutamente sola en el horizonte de las Mélisandes, sin competidoras válidas a la vista y de que dio vuelta la historia interpretativa de este personaje, cargándolo de vitalidad y sensualismo, muy lejos de la vieja imagen sumisa que, impunemente, había sido impuesta hasta ahora por los directores de escena. Involucrada profundamente con su rol, María Bayo fue factor decisivo para motorizar el drama al punto de tener a todo el público en vilo con el entramado, desarrollar un creciente suspenso y hacer olvidar la fama de aburrimiento que persigue a esta ópera capital del siglo veinte sin arias, coros ni ballet.
A pesar de que su currícula registra brillantes y muy frecuentes actuaciones como protagonista de "El barbero de Sevilla", "Don Pasquale", la Micaela de "Carmen", Antonia de "Cuentos de Hoffmann", Musetta y también Mim“ de "Bohéme", varios Mozart, "Romeo y Julieta", "Pescadores de perlas", una reciente "Manon" o recitales líricos y lideristas, cada vez más, los intereses artísticos de María Bayo se apartan del repertorio tradicional y los lugares comunes de la ópera y se encaminan hacia direcciones menos exploradas. Su excepcional Debussy madrileño figura entre ellas y especialmente figuran los barrocos.
Antes de que partiera de Madrid rumbo a otros compromisos internacionales, LA NACION mantuvo una conversación de media hora con la soprano de Navarra, formada bajo los cuidados de Teresa Berganza y a quien los argentinos conocieron bien a través de sus diversas actuaciones en el Colón, en "Don Giovanni", "Bodas de Figaro" y "Doña Francisquita".
-¿Le importa que el sector conservador de los operistas españoles la considere rebelde e intelectualizada, siempre dispuesta a evadirse de las huellas tradicionalistas y los repertorios seguros?
-Es una fama que me han hecho aunque no demasiado justa. Desde que estoy sobre los escenarios, no dejé de cantar nada que me fuera propuesto, siempre que entrara dentro de mis condiciones. Pero yo soy una soprano definidamente lírica, de manera que tengo que hacer papeles que vayan bien con esa ubicación.
-¿Y por qué rechazó "Traviata"?
-No la rechacé. La pospuse, porque no consideré oportuno cantarla en ese momento. Hay un grupo de óperas que son como un examen obligatorio para consagrarse como soprano. Me resisto a aceptarlo. Además, ¿para qué otra "Traviata"? ¿Para demostrar que puedo? No la descarto. Pero una cantante debe dar su talla con muchas obras. Y sobre todo debe tener la inteligencia de saber en qué momento puede hacer unas cosas y en qué momento otras.
-Usted demostró que puede cantar obras del repertorio más difíciles que "Traviata" y con mucho éxito.
-Sí, pero me niego a enclaustrarme en un sector y engolosinarme con los éxitos. El mundo de la ópera se amplió enormemente. En los dos extremos. Yo quiero pensar en Händel y Monteverdi. Y en los creadores del siglo veinte que aún permanecen en la sombra, a pesar de ser ya compositores del siglo pasado. ¿Le parece justo que "Pelléas et Mélisande", la ópera crucial del ingreso al siglo veinte, haya permanecido relegada para las nuevas generaciones de oyentes españoles, a las que yo también pertenezco?
-Usted acentúa mucho esta ubicación precisa en la actualidad artística. ¿Siente que, de algún modo, la ópera está envejecida?
-De ningún modo. La ópera como género renace a cada momento. Sólo creo que hay conceptos de interpretación y de puesta en escena que envejecieron y no acompañaron a la renovación de los tiempos. Hace seis años, en Bruselas, hice por primera vez esta versión de "Pelléas et Mélisande". Cuando llegué al primer ensayo escénico me di cuenta de que el mundo era otro. Y poco a poco fui entendiendo que si uno no se involucraba de manera activa con este cambio, no tenía nada que hacer allí. Pero todas las exigencias que nos venían de la dirección escénica eran muy estimulantes porque lo que se nos pedía no era sólo plantarnos y cantar, sino actuar una historia, destacar la intriga, intensificar la continuidad.
-Realmente, por primera vez, una versión de "Pelléas" resultó corta y transcurrió casi sin aliento.
-Es que se trata de una historia de vida, nada abstracta ni ambigua. Los personajes sienten, sufren, aman como seres vivos y el público los siente así y se solidariza con ellos. ¿Sucedía esto antes con "Pelléas"? Cuando terminó la función, Teresa Berganza me dijo que había estado todo el tiempo angustiada con la trama. Esto es vivir la ópera y a mí me entusiasma hacerla así.
-Otro detalle que se advierte es que los cantantes no "recitan" al viejo estilo amanerado.
-Porque la gente confunde el "estilo declamatorio musical" con el recitado. Nosotros "decimos" el texto con el canto. Nadie que no lo conozca sabe lo difícil que es. Pero la expresión que se logra es otra bien distinta a la vieja manera de cantar Debussy.
-Cuando un extranjero ve el "Pelléas et Mélisande" envidia al público español que pudo enfrentarse a un nuevo Debussy, tan atrapante y vital. ¿Dónde piensa usted que llevará este movimiento renovador de la ópera?
-Ya está muy claro. Cada día se incorporan al público de la ópera sectores jóvenes que son atraídos no sólo por el canto sino también por lo que sucede en sus historias de vidas. Todo lo que se aparte demasiado de la realidad, todo lo que suene mucho a irracional, será rechazado. Los nuevos directores de escena han logrado recuperar y actualizar, algo que cada vez más se parecía a una reliquia.


