La trastienda y el show de un artista legendario
Ney Matogrosso presentará en Buenos Aires los temas del disco Atento aos sinais y repasará algunos clásicos de los setenta
1 minuto de lectura'
RÍO DE JANEIRO.- Matogrosso mira el teatro vacío como si estuviera lleno. Recorre el escenario, como un león dominando su propio terreno. Samba. Da vueltas sobre su eje. Estira los brazos con plasticidad. Se pierde con la mirada en un punto imaginario. La banda repasa cinco temas. Es la prueba de sonido y faltan dos horas para el concierto. "Este show lo hacemos hace mucho pero nunca estoy en automático", cuenta. Ney se entrega como si estuviera en medio de la función. De golpe se sienta en el fondo, solitario, en un trono espejado como si fuera el rey de su propio reino. Ney no quiere gobernar a nadie. Ni quiere que lo gobiernen. Vive en un territorio libre donde siente que puede hacer lo que quiere. Todavía sueña con un mundo donde todos pueda ser tan libres como él. "Todo mundo tem direito à vida. Todo mundo tem direito igual", canta, ruge como un león, en "Rua do pasagem", el tema de Lenine, incluido en su último disco Atento aos sinais (2013), que forma parte de las diescisiete canciones que conforman su espectáculo.
Cuando termina de probar sonido se pone una bata blanca y cuenta la historia de cómo conoció a Piazzolla en este mismo teatro. Trabaron amistad y Ney Matogrosso terminó grabando en Roma un simple con el bandoneonista, que venía con su primer disco Água do Céu-Pássaro (1975), donde tocaba, también, el guitarrista argentino Claudio Gabis de Manal. Repasa otras experiencias en teatros donde tuvo situaciones extrañas. "Una vez tuve una sensación de desdoblamiento cantando en un teatro de Portugal. Fue muy loco porque nunca había sentido eso. Era como que ya había estado allí y todo se estaba repitiendo".
El escenario es el hábitat natural de Ney Matogrosso. Dice que otra parte de él se despierta. "Yo pensaba en un momento que era esquizofrénico, que tenía doble personalidad, pero después entendí que no, que es un lado mío que se libera en los shows. Quizás sino hubiera sido artista, esa otra persona hubiera vivido reprimida dentro mío. Pero cuando me hice artista ese lado se liberó y apareció en el escenario".
Su asistente personal va y viene con el vestuario.Es el mismo que al término del concierto esperará pacientemente con una vaso de agua y unos fibrones a espaldas de Ney. "A veces son tres horas saludando a la gente", dice. El concierto comienza cuando Ney llega a la sala y termina cuando se va. "Tengo una hora para prepararme", dice para terminar la charla y cierra las puertas de doble hoja con cierto misterio.
Será la última vez que se lo vea como un carioca discreto, cuerpo magro, una pequeña hendidura entre los dientes y de estatura mediana. A la hora, Ney ya saldrá transformado: los ojos maquillados, una gorra negra que le cubre la calvicie como si fuera un astronauta de la Amazonia, una capa de plumas negras, botas con plataformas de diez centímetros, y una malla brillante pegada al cuerpo que le marca a propósito sus glúteos y el sexo. En ese momento, Ney exhala una poderosa energía vital. Parece que no le tiene miedo a nada. Ni siquiera a la muerte.
"Incendio" resuena en el teatro con la fuerza de una ciudad que sigue convulsionada política y socialmente. La banda suena eléctrica, rockera, pop y contemporánea. La puesta escénica acompaña el vanguardismo retro de Ney. Serán varios cambios de vestuario. Se irá despojando y cambiando de piel para cada canción; en algunas, como en "Noite torta" del músico maldito Itamar Assumpção, una pieza clave de su nuevo repertorio por su sordidez y melancolía, o en "Two Naira Fifty Kobo" de Caetano, el cantante consigue los tramos más convincentes.
Sus movimientos se roban toda la atención. Ney explota su teatralidad con una interpretación notable, que eriza la piel en temas más introspectivos como "A ilusão da casa" de Vitor Ramil, o "Freguês da meia noit" de Criolo. Mientras que en "Roendo as Unhas" o "Samba do Blackberry", el espíritu de un samba más nocturno cala en el público joven que ocupa sobre todo los palcos más populares del Teatro Municipal de Río de Janeiro, un sala a la italiana, que es una joya arquitectónica de la ciudad.
Abajo se ubica el público que lo sigue desde su juventud y que ronda los ochenta años. Ellos también, repiten las canciones de su último disco, pero sobre todo se abrazan a himnos de su generación como "Poema" de Cazuza y "Amor" de Secos & Molhados. Para la despedida el clímax llega con "Ex amor", un samba de Martinho da Vila, que en la voz de Ney atraviesa a todas las generaciones y tiene el clima de saudade que marca la vida del Brasil.





