
Las canciones de la guerra
Es como para empezar a admitir que la legitimidad de una guerra se puede medir por el tipo de cancionero que nace o recupera vigencia para expresarse en contra de ella. La intervención norteamericana en Vietnam no sólo revitalizó la técnica de las canciones de protesta creadas en los años de la depresión sino que hasta inspiró lo que sigue siendo el mejor de todos los rock-musicals: "Hair". Las operaciones en Grenada o Nicaragua sólo merecieron silencio, pero la intromisión en El Salvador tuvo un valioso comentario instrumental por parte de Charlie Haden y Carla Bley, la suite "La balada de los caídos".
Nuevamente, desde la agresión a las torres gemelas se viene produciendo música alusiva que ha ido de la levedad de "American dreams" (Haden otra vez) al patrioterismo coloquial de Bruce Springsteen en "The rising", aunque el hit más representativo del espíritu nacional norteño a partir de 2002 continúa siendo "El americano enojado" por un energúmeno llamado Toby Keith, superestrella de la country music que exhorta a la guerra con groserías prepotentes acompañándose con una guitarra repleta de barras y estrellas.
Con la certeza de que el avance sobre Irak era irreversible, Robbie Williams tenía a punto un single aludiendo al próximo fin de semana: "Felices Pascuas (llega la guerra)" y también Lenny Kravitz, que se reunió con Kahin Al Saher, su equivalente iraquí en materia de liderazgo pop, para una exigencia a la que nadie ha hecho caso, "Queremos la paz".
Pero la verdadera batalla musical se está peleando en Internet, donde flota una infinidad de piezas en favor y en contra de la guerra que sólo sirven para informar sobre la correcta ubicación política de sus intérpretes con relación al público que buscan complacer.
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Nada parecido a lo que ocurrió durante la extensa Segunda Guerra Mundial. Quizá porque la justicia del conflicto no estaba en discusión, la música pudo ayudar a la distensión, tanto entre los combatientes como en el frente interno, donde además cumplió también un papel importante como medio de propaganda.
Simultáneamente con la expansión alemana, las primeras canciones para la temporada bélica surgieron en Francia, donde Ray Ventura denominó una de sus parodias "Colgaremos la ropa a secar en la línea Sigfrido", pronóstico fallido que más tarde dio origen a un clásico referido a la ocupación: "La última vez que vi París".
Los ingleses fueron menos triunfalistas y prefirieron títulos melancólicos o esperanzados, como "Los blancos acantilados de Dover" o "Nos volveremos a encontrar", aunque No‘l Coward no pudo con su genio irónico y en el momento menos favorable del blitzkrieg estrenó: "No seamos bestiales con los alemanes".
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Un caso único de balada con la que se identificaron todos los ejércitos enfrentados fue "Lili Marlene", originada en un poema alemán escrito durante una guerra anterior, traducido al idioma de cada bando. Finalmente, en 1941, los norteamericanos se sumaron a la lucha y con ellos se organizó el género de canciones populares "for the duration", como se decía para ratificar la decisión de luchar hasta el fin.
Celebraciones de la vida de cuartel, promesas de fidelidad de (o para) la chica que quedó en el pueblo, estímulos al heroísmo y evocaciones de la placidez familiar perdida que lo mismo firmaban Irving Berlin o Cole Porter que aficionados con sentido de la oportunidad y fueron tocadas por todas las bandas y cantadas hasta por las actrices más desafinadas.
Nadie en condiciones de hacer música dejó de participar a su manera en aquella guerra, que se engañaba a sí misma y al mundo, convencida de que iba a ser la última, y durante la cual se produjo lo que sigue siendo el único caso de un gran ídolo musical desaparecido en acción: Glenn Miller, director de orquestas bailables cuyo avión fue derribado en el canal de la Mancha.





