
Los dos desafíos que superaron la Orquesta Estable del Teatro Colón y su director, Alejo Pérez
La orquesta interpretó dos obras que suelen estar por fuera de su repertorio habitual: el Don Quijote de Richard Strauss y Los planetas de Holst
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Concierto de la Orquesta Estable del Teatro Colón. Solista: Aurélien Pascal (chelo). Director: Alejo Pérez. Programa: Richard Strauss, Don Quijote, op.35; Gustav Holst, Los planetas, op.32. Sala: Teatro Colón.
El concierto de la Orquesta Estable de este sábado implicaba, al menos, dos desafíos de envergadura. Por historia y función, la Estable, desde el foso, es una orquesta habituada y especializada en recorrer las mil variantes, estéticas y propuestas del repertorio operístico. Para este oportunidad, y posiblemente por primera vez, la orquesta debía interpretar dos obras que están por fuera de su territorio usual. Pero además, tanto el Don Quijote, de Richard Strauss, como Los planetas, de Holst, son dos piezas descomunales del romanticismo tardío, tan disímiles como demandantes y espinosas. Sin embargo, como era de intuir, el desafío fue superado con holgura porque había dos antecedentes recientes e imprescindibles de traer a colación.
El primero tiene que ver con los amplísimos y muy concurridos concursos que ha implementado la Estable y que trajeron consigo una muy virtuosa renovación que ha mejorado sustancialmente sus presentaciones. Con todo, el segundo factor, la verdadera garantía de que la experiencia tenía altas chances para terminar con un muy buen resultado, era que sobre el podio, para comandar y ordenar todos los tantos, iba a estar Alejo Pérez, un director completo y versátil por donde se lo mire y que lejos está de ser un especialista en algún período o en algún repertorio puntuales. Merced a su capacidad, a su profesionalidad y su oficio, a su profundo y detallado conocimiento de los intrincados laberintos y las infinitas dificultades que plantean estas dos obras, todo anduvo por caminos seguros, plenos, artísticos y convincentes.
Don Quijote es una extraña y muy lograda mezcla de poema sinfónico referencial y programático y concierto para chelo y orquesta. Estructurado sobre la base de un tema que es sujeto de infinitas y libérrimas variaciones, la obra va recreando algunas de las múltiples peripecias del personaje cervantino.
Quien asume la identidad del caballero andante es un chelista, en esta ocasión, Aurélien Pascal, un muy prestigioso músico francés. Con una técnica impecable, Pascal fue capaz de exhibir un sonido noble, refinamiento, una afinación irreprochable y un conocimiento de cada una de las peripecias en las que se ve involucrado Don Quijote. El único inconveniente que podría ser señalado es que Strauss, con cierta dosis de maldad o perversión, lo coloca en franca desventaja frente a la orquesta en las escenas belicosas y su sonido prácticamente desaparece por debajo de la orquesta.
Parece pertinente recordar aquella historia de Strauss quien, dirigiendo un ensayo de Electra, comentó que quería que la orquesta tocara más fuerte porque todavía escuchaba a la soprano que protagonizaba a la fatídica Electra. Este desbalance congénito en algunos cuadros de Don Quijote es solucionado en los registros discográficos o visuales, con artilugios mediáticos y tecnológicos. En vivo, el solista corre en franca desventaja, más allá de las virtudes de Pascal.
Más allá de algunos ocasionales desajustes menores en el comienzo, Alejo Pérez le dio continuidad narrativa a la obra y logró otorgarle la mejor y más específica teatralidad para cada uno de los diez cuadros de la obra. Además, contó con la excelente colaboración de Oleg Pishenin desde el atril del primer violín, y, sobre todo, de una de las nuevas adquisiciones de la orquesta, el viola solista David Lau, quien, concurso mediante, arribó desde la Orquesta de la Gewandhaus de Leipzig para, en esta oportunidad, poner los necesarios toques terrenales de Sancho Panza.
La segunda parte del concierto fue una verdadera fiesta. Desde la enjundia maciza y arrasadora de “Marte, portador de la guerra”, hasta la tenuidad final e impalpable de “Neptuno, el místico”, a cargo de un invisible coro femenino, Alejo Pérez y los músicos de la Estable ofrecieron una versión rotunda, artística e inmejorable de Los planetas. Para alcanzar este resultado se dio una suma virtuosa de factores como ser la comprensión del concepto general de la obra y el estudio metódico y puntilloso de la partitura por parte de Alejo, el arduo trabajo seguramente realizado previamente por el director y sus músicos y la concentración plena exhibida por la orquesta. Hubo potencia, justeza, alma, delicadeza, poesía y rispidez, claridades texturales, lirismo y una precisión intachable. El final, apagándose lentamente, fue continuado con un silencio que se prolongó largamente mientras Alejo Pérez permaneció concentrado e inmóvil. Después, como corresponde, estalló una ovación largamente comprensible.
Una batuta por los aires
En un principio, los directores dirigían las orquestas con un pesado bastón que golpeaban sin misericordia contra el piso. Esto le ocasionó a Jean-Baptiste Lully un accidente mortal: se clavó el bastón en el pie, la herida se engangrenó y el músico francés más notable del siglo XVII se transformó en la única víctima mortal conocida del generalmente poco riesgoso ejercicio de la ejecución musical. En el siglo XIX, la batuta, ya manual y más pequeña, fue el adminículo que los directores comenzaron a utilizar para que su gestualidad fuera mejor percibida por los músicos de una orquesta. Muy ocasionalmente, en el fragor de algún pasaje tormentoso, al director se le puede escapar la batuta de sus manos.
Hace muchos años, Colin Davis se presentó en el Colón al frente de la Staatskapelle Dresden y, en un momento de alta intensidad, su batuta salió volando hacia la platea. Al parecer, sabedor de su propia fragilidad digital, Davis, sin dejar pasar más que uno o dos segundos, tomó una segunda batuta que estaba sobre su atril y continuó con su eficiencia y su musicalidad acostumbradas, sin prestar atención a lo sucedido.
Este sábado, mientras la orquesta y la platea del Colón navegaban embelesados por los sonidos de “Júpiter”, la batuta de Alejo salió de viaje ya no estratosférico sino hacia el sector donde son vecinos los primeros y los segundos violines. A mano desarmada, Alejo continuó su trabajo sin ningún contratiempo. Entretanto, lenta y silenciosamente, mientras la música seguía fascinando a un público en estado de éxtasis, los violinistas fueron haciendo avanzar la batuta hasta que arribó al atril de Oleg Pishenin, el concertino de la orquesta. En la pausa entre “Júpiter” y “Saturno”, Oleg se levantó discretamente y le dio la batuta a su dueño. Una mínima anécdota que hará aún más recordable este concierto para quienes tuvieron la fortuna de ver a Alejo Pérez y a la Estable haciendo maravillas con dos obras maestras del Romanticismo tardío.
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