
Los misterios del bajo continuo
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En el programa del concierto se anunciaba una "Sonata en trío para dos violines y bajo continuo". Sin embargo, sobre el escenario, los músicos eran cuatro. Junto a los dos violinistas se disponían a tocar también un chelista y una clavecinista. Para evitar confusiones, ¿por qué el compositor no tituló la obra "Sonata para dos violines, chelo y clave"? El asunto, que tiene sus razones, no es sencillo, pero tampoco excesivamente complicado.
Cuando hacia 1600, el canto solista reemplazó al canto coral, que había sido la textura excluyente durante el renacimiento musical, tanto en su vertiente eclesiástica como en la secular, los compositores idearon un sistema de acompañamiento instrumental muy original. Para sostener a la melodía y dejarla fluir, comenzaron a escribir una línea de notas graves a todo lo largo de la obra para ser ejecutada por un instrumento bajo como una viola da gamba o un chelo. La nueva textura barroca consistía, esencialmente, en un canto florido y un bajo firme. Pero en la partitura, a la línea del bajo se le agregaba un cifrado de números y signos, una especie de taquigrafía musical muy precisa, para que un laudista o un clavecinista pudieran improvisar acordes que completaran el espacio que quedaba vacante entre la voz y el bajo. Por lo tanto, y aquí el misterio se devela, para hacer sonar a ese bajo continuo se necesitaban dos músicos, uno que tocaba lo que estaba escrito, digamos, un violagambista, y otro que improvisaba el "relleno" de acordes, por ejemplo, un laudista.
A lo largo de todo el barroco, hasta c.1750, el bajo continuo fue el sistema utilizado como base para sostener el entramado musical vocal o instrumental que por sobre él se desarrollaba. Con el advenimiento del clasicismo, la escritura musical se tornó completa, sumamente detallada y todo, absolutamente todo pasó a ser anotado en los pentagramas. El bajo continuo cayó en desuso y, con él, esa singularidad que implicaba que, para su realización, tuvieran que acudir dos músicos.
Si nuestro compositor del comienzo hubiera nombrado a su obra "Sonata para dos violines, chelo y clave" esto hubiera querido significar que todas las notas que tocaba la clavecinista estaban rigurosamente escritas cuando, en realidad, ellas eran el resultado de una improvisación. Un caso puntual: Bach compuso tanto sonatas para violín y bajo continuo como sonatas para violín y clave. Las primeras requieren un violín, por supuesto, pero también un chelo y un clave para la realización del continuo. Las segundas no necesitan más que dos instrumentos. Pero, además, y no es poca cosa, en estas piezas, cada nota que proviene del clave fue pensada escrupulosamente por el mismo Bach.
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