
Los valses de Strauss, con histrionismo
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Concierto de presentación de la Johann Strauss Capelle Orchestra , dirigida por Michael Tomaschek, perteneciente al ciclo Harmonia de la Fundación Cultural Coliseum. Programa: Obertura de "Las bodas de Fígaro" K. 492, y Sinfonía N° 40 en Sol menor K. 550, de Mozart; Obertura de la opereta "El murciélago", "Tritsch-Tratsch Polka" Op. 214, y "Marcha egipcia" Op. 335, de Johann Strauss; "Plappermäulchen Polka" Op. 245, de Joseph Strauss, y "Eljén á Majyar", Op. 332, y Vals "El emperador" Op. 437, de Johann Strauss. En el Teatro Coliseo.
Nuestra opinión: bueno.
Si la Johann Strauss Capelle Orchestra recorriera el mundo ofreciendo únicamente las obras que su patrono fundador destinó a los habitantes de la Viena imperial perpetuaría sin reparos el beneplácito que Buenos Aires tributó a sus músicos . Capitaneados por Michael Tomaschek, con sus pintorescos uniformes históricos que reproducen los colores de la enseña austríaca, su reinado prolongaría en el tiempo aquella aristocracia de la alegría, la sagacidad y la gracia vienesas que le dio fama justificada.
Pero ocurre que Viena no sólo es la ciudad que consagró a la dinastía Strauss; también albergó a músicos que no obstante haberse inspirado a veces en ritmos populares frecuentaron otros niveles de la creación en los que la alegría emergió de un logro mucho más arduo. Por ejemplo, en Beethoven, Brahms, Mahler o Bruckner. También Mozart; aunque no debería suponerse que su alegría a veces mundana y exterior omita miradas más sagaces y profundas de la realidad. Precisamente, estas dos facetas de Mozart fueron expuestas en la primera parte del programa que la treintena de músicos vieneses brindó. Así, la magnífica obertura de "Las bodas de Fígaro", que combina motivos de la brillante trama operística con la agudeza de observación y la movilidad mozartianas, inauguró la actuación de este conjunto, uno de los tres que perpetúa la memoria de Johann Strauss hijo.
La célebre obertura fue vertida con notable impulso y flexibilidad rítmica acentuando los aspectos festivos, con amplia y aparatosa gestualidad por parte de Tomaschek, algo que obró en desfavor en la versión ofrecida de la Sinfonía N° 40 en Sol menor, en la que las alternativas emocionales de la rica vida interior de Mozart dejaron un reflejo en el pentagrama, lo cual es menester rescatar en el Molto allegro inicial con cuerdas impecables por su afinación y con un cuidado fraseo, dinámica y matices que reflejen con expresividad el anhelante, y a veces angustioso, discurso sonoro.
Más cerca de lograrlo estuvo el conjunto en el Andante que siguió, aunque con una expresión algo plana. Mejor fue el enérgico Menuetto, que por momentos resultó rígido en la marcación y en el último movimiento se acentuó el desbalance entre las trompas y las cuerdas, por la excesiva sonoridad de las primeras.
Un verdadero giro copernicano experimentó el rendimiento de la Johann Strauss Capelle cuando comenzaron los valses y las polkas de la segunda parte del concierto.
La obertura de "El murciélago", con su marcado tono vodevilesco, reeditó con los intérpretes los títulos de la mejor tradición vienesa. La diversidad rítmica de la introducción adquirió toda la vivacidad, la flexibilidad y el brillo requeridos. "Crescendos" y "accelerandos" tornaron emocionantes los temas de algunas arias de la opereta.
Luego, la audición tuvo su aspecto didáctico con los parlamentos que Tomaschek dirigió al público en esforzado español y en inglés. Recordó que el Sur también existe cuando sustituyó la polka "Tritsch Tratsch" por "Rosas del Sur", y los envolventes giros del vals adquirieron la típica marcación vienesa que acerca el segundo al tercer tiempo del vals, acentuando así el irresistible impulso envolvente que sigue al primero.
La "Marcha egipcia" que siguió sumó al toque exótico que Strauss le imprimió un jocoso acompañamiento vocal y el vivaz ritmo de la polka "Plappermäulchen" -Tomaschek siguió explicando, con humor- fue dedicada por Joseph Strauss, hermano menor de Johann, a los chismosos (y chismosas) que no fueron solamente un privilegio de la Viena que conoció.
Con "Eljén a Majyar!"(Saludo a Hungría!), página de giros típicos, y con el vals "El emperador" (que tuvo dos solos de chelos excelentes), fiel reflejo del elegante mundo palaciego cuya diversidad de temas fue enhebrada con la mayor naturalidad por el hilo invisible del encanto de Strauss, finalizó esta primera noche de los músicos vieneses. Pero eso no fue todo... Seguirían más valses y polkas, presididos por el célebre "Danubio azul", magníficamente vertido, sello inexcusable de la dinastía Strauss.
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