
Maravilloso concierto del Emerson
El ensamble que trajo Mozarteum Argentino dejó boquiabiertos a los espectadores que colmaron el Coliseo
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Cuarteto Emerson. Programa: Ives: Cuarteto de cuerdas Nº 1; Ravel: Cuarteto en Fa mayor; Schubert: Cuarteto en re menor, D. 810 La muerte y la doncella. Mozarteum Argentino. En el Teatro Coliseo.
Nuestra opinión: excelente
Ni la gripe A, ni la lluvia, ni las cancelaciones de conciertos ni las suspensiones teatrales decretadas el mismo lunes parecieron afectar a la concurrencia: el Coliseo presentaba un aspecto multitudinario. La inmensidad del teatro, colmado, sólo estaba alterada por esas butacas vacías que, estadísticamente hablando, forman parte ineludible del panorama general cuando lo que hay por delante es un recital de cámara. Y aquellos que se hicieron presentes, deben haber salido absolutamente satisfechos, con sus expectativas bien complacidas, a juzgar por los aplausos atronadores que arreciaron en el final, entremezclados con unas ovaciones que incluyeron, sin exagerar, gritos, alaridos y vociferaciones varias. En realidad, no hay sino que coincidir con un veredicto tan estrepitoso como merecido. Lo que el Cuarteto Emerson había ofrecido había sido maravilloso. Sin ninguna duda.
A diferencia de otros cuartetos de cuerdas de excelencias demostradas, el Emerson tiene su propio modo de trabajo. Más allá de la diferencia establecida en el hecho de tocar de pie, salvo el chelista, obviamente, sus dos violinistas, Eugene Drucker y Philip Setzer, alternan como primero o segundo violín según la ocasión y la obra. Pero además, ninguno de ellos parece asumir de modo ostensible el comando de la ejecución cuando se ubican como primer violín: en lugar de órdenes o indicaciones imperativas o precisas, lo que aparece son miradas que sólo buscan coincidencias para afirmar complicidades. Se detecta una comunidad de objetivos colectivos y lo que se escucha es exactamente eso, un equipo muy homogéneo de cuatro músicos persiguiendo un único objetivo. Y lo logran a la perfección, con inagotables cuotas de musicalidad. Pero esta perfección artística es sólo una parte de la criatura. La otra es la sabiduría y el desprejuicio para elegir el repertorio y la probidad para llevarlo a cabo, entendiendo de estilos interpretativos y utilizando infinidad de recursos técnicos y expresivos. De los mismos instrumentos salieron sonidos, colores y fraseos completamente distintos según tocaran Ives, Ravel o Schubert.
Sin entrar en minucias de afinación, exactitudes o balances, cuestiones obviamente largamente alcanzadas, el Emerson, en terreno definitivamente local, sacó a la luz los componentes americanos del Cuarteto Nº 1 de Ives, una obra temprana en la cual, sin embargo, este iconoclasta de talentos infinitos muestra su hilacha. Sin anestesia ni preavisos, Ives incluye finales con puntos suspensivos o con signos de interrogación, alterna un fugado con un primitivo cluster y, apelando a ciertos planteos caóticos, hace convivir a las armonías más tradicionales con esbozos de politonalidad. Y los aplausos posteriores indicaron que una obra que, supuestamente, podría ocasionar algún escozor tuvo una muy buena recepción.
El Cuarteto en Fa mayor , de Ravel, sonó rebosante de sutilezas, con distintos toques y con una precisión sorprendente para que del conjunto surgieran voces internas y contrapuntos escondidos. Para hacer una analogía, tal vez demasiado tecnológica para tanta música y tanto arte, al Emerson el chip que ordena los circuitos internos le funciona a la perfección.
Por último, Drucker, Setzer y sus compinches Lawrence Dutton y David Finckel presentaron una interpretación contundente y sumamente expresiva del Cuarteto La muerte y la doncella , con toques de intimidad o de ferocidad, con apasionamiento o con objetividad y siempre impecables y ajustados. Después del vendaval de gritos y aplausos, Drucker, ahora como segundo violín, en castellano, anunció, fuera de programa, el Scherzo en la menor, op. 81, Nº 2 , de Mendelssohn, una pieza para cuarteto en la que afloraron los duendes, la alegría y ese optimismo contagioso y mágico de Mendelssohn. Y que el Cuarteto Emerson, qué duda cabe, supo plasmar de manera admirable.
La tos, esa enemiga
- Las toses y los carraspeos son molestos y, al parecer, insalvables en los conciertos de música académica, cada vez que termina un movimiento de una obra extensa. Sin embargo, en tiempos de gripe y de precauciones imprescindibles, las toses, secas, húmedas y de todas las intensidades que abundaron en cada intermedio, sonaron peor que nunca, ya no únicamente molestas como enemigas de la música sino irritantes, peligrosas y cargadas de irresponsabilidad.



