Margarita Höhenrieder: el “concierto del espíritu” de Beethoven, su “mirada especial” de la Argentina y su admiración por Martha Argerich
La pianista alemana se presenta este sábado en el Teatro Colón junto a la Camerata Bariloche
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“¡Definitivamente estoy cumpliendo un sueño con este concierto en el Teatro Colón!”, afirma Margarita Höhenrieder, la pianista alemana que este sábado se presenta en el primer coliseo porteño junto a la Camerata Bariloche. “Un sueño”, porque gracias a su esposo argentino, que toda la vida le habló de la magnífica sala y su historia, el escenario del Colón se convirtió en un propósito de su carrera.
Bajo la batuta del maestro japonés-norteamericano Eugene Tzigane, el programa comprenderá la Sinfonía Italiana de Mendelssohn y el icónico Concierto para piano y orquesta nº 4 de Beethoven. “¡Ya probé el piano y estoy contenta de poder contar con un instrumento excelente!”, comenta radiante en el encuentro con LA NACION la prestigiosa música formada con Leon Fleischer y Alfred Brendel, dos luminarias que marcaron su nombre y trayectoria pianística.
–¿Le ha pasado de encontrar un instrumento mediocre en una sala importante?
–Un instrumento excelente no está siempre asegurado. Y sí nos pasó con un director como Claudio Abbado, de encontrarnos con un piano muy poco satisfactorio. Aquí estoy contenta. Y por motivos personales tengo una mirada especial de la Argentina. Mi esposo nació en Buenos Aires [ingeniero radicado en Alemania, hijo de la pintora Iris Pagano de Dornier]. He viajado mucho por el país. He tocado en Bariloche para el Camping Musical hace tiempo y quedé fascinada con la naturaleza, la arquitectura, las salas de concierto y la gente tan afectuosa. La Patagonia me entusiasma muchísimo y ahora me siento emocionada en el Colón. Conocía su inmensidad como público, pero estar en el escenario es impactante. Es una sensación inspiradora.
–Hablando del instrumento. ¿Qué busca como ideal sonoro?
–Mi búsqueda es siempre un sonido natural. Tuve suerte con mi primera maestra. Ella trabajaba con un método del oído interno por el cual, antes de producir el sonido, nos enseñaba a imaginarlo. Oírlo y crearlo internamente y recién después buscarlo en el teclado. Tener la idea y después tocar. No poner en marcha el aparato sonoro sin antes crear en el oído interno. Así nos enseñaba a producir un sonido bello, libre de tensiones y voluntad. Porque cuando se empieza a generar rigidez en la mano, el brazo, el hombro o el rostro, el efecto se traslada al sonido. Mi objetivo es lograr un piano que cante, una estética de la belleza musical.
–Para la búsqueda que describe, el Cuarto de Beethoven parece ser la obra ideal por esa intención de imaginar el sonido antes de producirlo...
–El Cuarto ya comienza con esa intención. ¡Una maravilla que Beethoven haya concebido un concierto donde empieza el pianista! No existe en otro la idea de cederle la entrada al piano. Pienso que cuando Beethoven lo concibió contemplaba las estrellas, como cuenta la historia que pasaba tiempo mirando al cielo desde la ventana del piso alto de su casa en Bonn. Y pienso en la admiración a Immanuel Kant y su filosofía: “Dos cosas me llenan de asombro, el cielo estrellado sobre mí y la ley moral dentro de mí”. Toco este concierto con la filosofía de la ley interior presente porque aquí Beethoven ha creado algo supraterrenal. Una música que se despega de nosotros, que ya no tiene que ver con el plano terrenal. Por eso su sonido no puede estar impregnado de voluntad.
–Bruno Gelber lo considera “un concierto espiritual”.
–Absolutamente. Es un concierto del espíritu. El 2º movimiento supera cualquier música en ese sentido. Yo lo siento como una oración, un rezo. Y en ese contraste que desarrolla el discurso de la orquesta tan contrapuesto al del solista, entiendo que es, a pesar de esa orquesta, que el piano se mantiene en su oración. En un estado de gracia, de gratitud, de liberación.
–¿Es la expresión que mejor le sienta?
–Mis compositores preferidos son Beethoven y Chopin, no puedo decidirme por uno en detrimento del otro porque son muy distintos. Pero esta elección tiene que ver con que para mí es el mejor concierto. Requiere el manejo de un rango dinámico amplísimo, tocar suave pero también con vigor y fortaleza. Exige grandes posibilidades de toque (cantabiles, staccatos suaves y delicados, gran variedad de acentos) porque cuando se toca sin esa riqueza, no dice nada. Creo que es un concierto con varias caras, que Beethoven se expresa desde ángulos distintos, que tiene su costado lírico y otro enérgico. Para muchos pianistas es el concierto sagrado.
–Para Martha Argerich, que por esa devoción no lo toca en público...
–A Martha la conocí en Múnich y siempre la admiré. Es mi ídola desde la juventud. Por eso cuando gané el Concurso Busoni 25 años después de ella [Argerich ganó el premio en 1957, a los 16 años], para mí fue una suerte de conexión. Y me agrada que así sea.
Tataranieta alumna de Beethoven
–¿Alguna particularidad que le transmitiera su maestro Leon Fleischer, nombre de culto en la tradición pianística?
–Le encantaba decirme: “¿Sabés que en verdad sos la Ur-ur-ur Enkelschülerin [la tataranieta-alumna] de Beethoven? Porque tenemos una traza directa hasta él: sos discípula mía, como yo lo fui de Artur Schnabel, y Schnabel fue de Teodor Leszetycki y él de Carl Czerny, y Czerny de Beethoven". Siempre remarcaba esa línea diciéndome: “¡Tenés que estar agradecida de nuestra genealogía musical!“.
–¿Qué le aportó Alfred Brendel, otro de sus grandes maestros?
–Brendel y Fleicher son muy diferentes. Tocando un concierto, Fleischer era un músico mucho más espontáneo. Brendel, en cambio, era un intérprete intelectual, un filósofo. Tuve la suerte de trabajar muchísimo con él en mi juventud porque enseñaba en Múnich y solía llamarme cuando tenía tiempo.
–¿Cómo sintetizó ambas posturas? ¿Qué conserva de cada uno?
–De Fleischer, la búsqueda del tempo ideal. Saber encontrar el timing de cada idea. Le asignaba una importancia enorme a los rubatos milimétricos dentro de cada frase. Usaba una palabra para eso: “Lilt”, que no tiene traducción al alemán. Es un cierto swing de la frase, un balanceo que necesita, antes de volver en el péndulo, un pequeñísimo e imperceptible calderón. En algunos acordes me hacía apreciar el sentido de ese concepto, prestar atención a las partículas ínfimas de “un tiempo robado”, una inflexión sutil, un rubato súper especial por el cual puedo reconocer una grabación suya con solo escuchar 2 compases. A Brendel también lo puedo reconocer, por otra razón: por su sonido y por el uso que hace del pedal. Él estudiaba ese elemento a fondo, los medio-pedales, cómo entrar y cómo salir de cada frase, la duración... Y reflexionaba sobre los acentos. Era un hombre sabio, un filósofo que hacía música y todo lo que explicaba sobre cómo tocar el instrumento era lo correcto.
–Como profesora en Múnich, ¿qué advierte del interés de las generaciones más jóvenes respecto de la música clásica en Occidente?
–En el nivel que estamos hablando y el perfil de las competencias internacionales, veo un retroceso. Siento un poco de pena en los exámenes de admisión a nuestras grandes escuelas de música donde al final el 80 por ciento de los estudiantes que ingresan son asiáticos, el resto europeos y alemanes muy pocos. Pero debo ser sincera: ellos tienen otra ética de trabajo. Mis alumnos chinos se dedican día y noche al estudio, y tienen una habilidad extraordinaria para copiar e imitar. O sea que, si comparamos un europeo con un asiático al mismo nivel de talento, lo que define la selección es la capacidad de trabajo. Y allí la diferencia es un abismo. Otro dato: tienen una gran valoración del docente. Saben apreciar a quien les enseña y aprenden. Un estudiante asiático se considera a sí mismo un privilegiado si puede estudiar en Alemania. Por eso también sortean tantos obstáculos. Claro que hay excepciones, pero hablo de la mayoría. Y para encontrar el lado positivo, pienso que tenemos que aprender de sus valores: la ética del trabajo, el respeto a los maestros y el poder de la meditación.
Para agendar
Concierto de la Camerata Bariloche. Eugene Tzigane (director invitado). Margarita Höhenrieder (piano). Programa: Sinfonía Italiana nº 4 op 90 en La M. de Mendelssohn y Concierto para piano y orquesta nº 4 op 58 en Sol M. de Beethoven. Sábado 29 de agosto, a las 17. Teatro Colón


