Milagrosa misa de Bach
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Misa en Si menor, BWV 232, de Bach. Solistas: Graciela Oddone, soprano; Franco Fagioli, contratenor; Rodrigo del Pozo, tenor; Hernán Iturralde, barítono. Camerata Bariloche y Orfeón de Buenos Aires. Director: Mario Videla. Festivales Musicales. Teatro Avenida.
Nuestra opinión: muy bueno
Lo que había sido planificado como un único concierto en el Teatro Colón fue desdoblado en dos y el primero de ellos contó con la lucidez de Festivales Musicales para no ocasionar grandes demoras y permitir que los poseedores de entradas se ubicaran, sin distinciones, en cualquier lugar del Avenida y también con la buenísima disposición del público, que aceptó la propuesta, más allá de cualquier desventaja que esta decisión pudiera causar. Claro, había un incentivo lo suficientemente poderoso como para apaciguar cualquier ánimo turbado: se iba a ofrecer la Misa en Si menor de Bach, una de las obras eclesiásticas más milagrosas jamás escritas, y su presentación estaría a cargo de una especie de seleccionado local que incluía un cuarteto de solistas para coleccionar, una orquesta de cámara que es sinónimo de oficio y mucha música y una agrupación vocal relativamente nueva en la cual se podía confiar. El conductor de este combinado, por su parte, es una figura irrebatible en el panorama argentino, tal vez el mayor especialista en la interpretación de la música barroca.
A pesar de lo mencionado, sí hubo algunos puntos opinables en esta muy buena presentación de la Misa en Si menor. Estos estuvieron en relación con la dirección ejercida por Videla y con algunas insuficiencias mínimas del coro. Videla es un teórico e historiador formidable y un muy buen clavecinista, pero no es un director de actividad plena y constante. En los números polifónicos o de gran envergadura se pudieron percibir algunas marañas texturales y ciertos desbalances sonoros entre la orquesta y el coro sin una resolución apropiada. Tal vez el momento más álgido en este sentido haya sido el coro inicial del "Sanctus" y el doble coro del "Hosanna", demasiado grumosos. Por el contrario, cuando el planteo bachiano es más intimista o camarístico, la plasmación alcanzó niveles estupendos. En este sentido, cabe recordar la trilogía coral central del Credo, conformada, sucesivamente, por el "Et incarnatus", el "Crucifixus" y el "Et resurrexit", que sonó esplendoroso y sin condensaciones innecesarias. El Coro Orfeón, por su parte, y sobre todo en los cuadros fugados, no exhibió una afinación impoluta. Las sopranos denotaron algunas falencias en los agudos y el peso de los bajos no pareció suficiente como, por ejemplo, en la gigantesca fuga inicial. Por lo demás, Videla apuntó a la incorporación de técnicas propias del movimiento historicista y abjuró, muy acertadamente, de cualquier afectación romántica.
Destacados solistas
La Camerata Bariloche aportó su confiabilidad y, sobre la base de su historia, las excelencias que de ella es lícito aguardar. Pero los momentos más destacados y los más apreciados fueron aquellos en los cuales participaron los solistas vocales. Como en todas las arias y dúos de esta obra Bach incluye instrumentos obligados, se formaron dúos o trío de antología, como los de Fagioli con el violín de Fernando Hasaj; Oddone y Del Pozo con la flauta de Claudio Barile, o, nuevamente, Fagioli con el oboe de Andrés Spiller. Obviamente, sin menguar los méritos de los músicos, el peso de estos momentos recae en los cantantes, que, en general, revelaron un altísimo nivel.
A Graciela Oddone, una soprano ideal para este tipo de obras, la partitura le juega una pasada un tanto ingrata, ya que es la única de los solistas que carece de un aria y sólo participa en tres dúos. Por supuesto, sus intervenciones fueron irreprochables. Hernán Iturralde, como siempre que aborda un repertorio barroco, aligera la voz de una manera más que conveniente y, evitando esas acentuaciones o marcaciones tan características de las voces graves masculinas, despliega un canto límpido y oscuro a la vez. La gran sorpresa de la noche la proveyó el tenor chileno Rodrigo del Pozo. En el "Benedictus", su única aria, con la fantástica cooperación de Barile, elaboró un canto de línea clara y fluyente, sin vibratos desnaturalizadores ni exageraciones interpretativas y con una facilidad increíble para acceder a los sonidos más agudos con una afinación impecable. Pero la estrella del concierto, el que recogió los aplausos más extensos y atronadores, fue Franco Fagioli, un contratenor llamado a hacer historia. En dúo o en soledad, Franco hace brotar y discurrir a la música de un modo incomparable. En el "Agnus Dei" alcanzó su punto más alto, con una voz envolvente y bien timbrada en toda su extensión que se apoya en un fiato interminable y parejo, una afinación perfecta y una expresividad lamentosa verdaderamente conmovedora.




