
Morrissey, a través del espejo
Un encuentro con canciones que son parte de su corazón
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Morrissey: recital en el estadio GEBA. Músicos :Boz Boorer y Jesse Tobias, en guitarras; Solomon Walker, en bajo; Matt Walker, en bateria, y Gustavo Manssur, en teclados.
Nuestra opinión: muy bueno.
Steven Patrick Morrissey es hoy aquello que soñó ser cuando era un adolescente solitario que caminaba perdido por las calles de Manchester, fagocitando toda la lectura que se le cruzara por el camino y escapando de todo contacto humano que pudiera encontrar fuera de casa. "Buenos Aires... ¡Soy una estrella!", dice Morrissey no bien sube a escena con su camisa amarilla ajustada, el jopo ahora canoso y su voz siempre íntegra.
A treinta años de la formación de The Smiths -esa banda que inspiró tanto a Oasis como a Radiohead y que en Gran Bretaña se la señala como la más influyente de los últimos veinticinco años-, Morrissey se mira al espejo una y otra vez y se siente bien: adulado, respetado, un poco kitsch y hasta con cierta pancita que refuerza la figura de cantante decadente de Las Vegas con la que desde hace unos años parece divertirse. Una combinación perfecta entre estrella hollywoodense de los años 50 e ícono ambiguo de la cultura pop. Una estrella de la canción, sin tiempo ni lugar, como siempre lo soñó.
Eso sí, Morrissey se mira al espejo y el reflejo de su rostro es joven y radiante, como el de la imagen que desde las pantallas funciona como única escenografía durante la hora y media de show en su tercera visita a Buenos Aires: una fotografía suya de la época de Viva Hate (1988), su disco solista tras la separación de The Smiths.
Del debut porteño de 2000 en el Luna Park a este GEBA del domingo por la noche, las cosas han cambiado más debajo del escenario que arriba. El domingo, cerca de 20.000 personas asistieron a la nueva faena de este torero inglés de 52 años, que supo ganarse pares de orejas en la escena indie británica a comienzos de los 80 y que tres décadas más tarde parece agigantar su figura por estas tierras: sumó conciertos en Mendoza, Córdoba y Rosario y en Buenos Aires el público se triplicó con respecto a su primera visita (aunque habrá que aclarar que hubo más curiosos que fanáticos y que el estadio se colmó con chicos y chicas de la era festivalera, que a la salida del concierto ya palpitaban su próximo encuentro rockero: "Estuvo bueno, pero el próximo va a estar mejor. ¿Cuánto falta para el show de Foo Fighters?", se preguntaba un joven mientras canturreaba "Morrissey, Morrissey, Morrissey", al ritmo de la canción de Leo García. Sí, Morrissey, Foo Fighters y Leo García, todo en un mismo combo).
Ahí comienza el show de la estrella entonces, con canciones que son parte de su corazón, seleccionadas entre todas las que compuso en los últimos treinta años y que en el todo reflejan la unidad y la coherencia de su obra: "First of the Gang To Die", de 2004; "You Have Killed Me", de 2006; "You're The One For Me, Fatty", de 1992; "There Is A Light That Never Goes Out", de 1986 (la primera de las cinco canciones que interpretó de su ex grupo), y "Everyday Is Like Sunday", de 1988 (su hit solista más radiable en la Argentina).
Los sentidos y las sensaciones explotan con sus canciones. El dolor, la nostalgia y la tristeza, pero también la felicidad, el amor, la fraternidad, el baile y la percepción certera de que la música pop alimenta el alma.
La banda suena impecable, pero uno no puede evitar pensar que estas canciones sonarían aun mejor en un teatro. La voz de Moz está intacta y su compromiso con el veganismo también: sólo venta de comida vegetariana en el predio y la versión más cruda que se haya escuchado de "Meat Is Murder" (un momento excepcional para el recuerdo). Como lo había hecho en el comienzo de su gira por el país, repite eso de que las Malvinas son argentinas y su banda luce remeras con la inscripción "Odiamos a William y Kate", con fotografías de los jóvenes príncipes ingleses. ¿Cliché? Sí. ¿Demagogia? También. ¿Importa? Ni a él ni a su público, que le perdona todo a este artista que bien podría ser el eslabón perdido entre Sandro y Bob Dylan.
La última mitad del show da cuenta de que Morrissey no sólo vive de la melancolía eterna de sufrir de amor, sino que la pista de baile también les sienta bien a sus canciones. El final es con el clásico "How Soon Is Now" y habrá tiempo apenas para un bis, "One Day Goodbye Hill Be Farewell". La estrella debe volver a su hotel antes de las doce para que el hechizo no se rompa y mientras el público intenta digerir que "esto es to-to-todo, amigos", Morrissey ya está arriba de su limusina, que lo espera a un costado del escenario para huir a toda prisa. Así son las estrellas, como Morrissey.
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