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Nadie se acuerda de Lodovico Giustini
- Bartolomeo Cristofori se llevó todos los honores. En 1709, este paduano construyó un instrumento de teclado cuyas cuerdas no eran accionadas por plectros, como en el clave, sino por pequeños martillos, una idea que tenía el antecedente del antiguo clavicordio. De este modo, en un solo teclado se podía tocar suave y fuerte. Cristofori bautizó a su invención "gravicembalo col piano e forte". Otros, más descriptivos, lo llamaron "arpicembalo che fà il piano e il forte". De acuerdo con sus constructores y las variantes que introducían, el instrumento fue también pianoforte, fortepiano o hammerklavier. Hacia 1830, para todos, ya era, sencillamente, el piano. Se repite siempre que la literatura pianística comenzó con las sonatas que Haydn, Clementi y Mozart escribieron hacia 1775. Con todo, desde las tinieblas y desde el olvido total, hay que rescatar a Lodovico Giustini que, en 1732, publicó, en Florencia, sus "Sonate da cimbalo di piano e forte detto volgarmente di martelletti", la primera obra escrita y editada específicamente para el piano. Son doce sonatas de iglesia, muy barrocas ellas, en las cuales, por supuesto, aparecen las indicaciones para tocar piano o fuerte, pero también otras que instruyen "più piano", "più forte" e, incluso, "dolce". Por el debido respeto a los mayores, y únicamente por consideraciones cronológicas y fundacionales, habría que recordar, entonces, que las Sonatas de Giustini son el concretísimo punto de partida de esa estirpe gloriosa que incluye, por ejemplo, los conciertos de Mozart, las sonatas de Beethoven, los estudios de Chopin, la "Sonata en si menor" de Liszt, los "Preludios" de Debussy, el "Allegro bárbaro" de Bartok, las sonatas de Prokofiev y el "Catálogo de pájaros" de Messiaen. Así, Giustini, el precursor olvidado, accedería al lugar que históricamente se merece.
Por Pablo Kohan


