
Nelson Goerner, un músico que arriesga
Con obras de Bach, Brahms y Beethoven
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Nelson Goerner regresó anteayer de Ginebra, donde se radicó hace más de una década para desarrollar una sólida carrera como pianista, para tocar en el Teatro Colón. Ofrecerá el mismo programa para los dos ciclos de abono del Mozarteum Argentino con obras de Brahms -la transcripción para mano izquierda de la Chacona de Bach y las Variaciones sobre un tema de Paganini, Libros 1 y 2- y la Sonata Opus 110 de Beethoven.
El destacado pianista, nacido en San Pedro, recibe a LA NACION en un departamento de Palermo, donde su viejo piano Bhlüthner parece haber ingresado con fórceps a la habitación en la que se prepara para los conciertos de esta semana.
Ya se sabe que el sino de los pianistas es, además de tener que adaptarse a diferentes salas y sus respectivas acústicas, tener que hacerlo sin su propio instrumento. Así, Goerner viene de preparar el repertorio eligiendo entre los tres pianos de cola (dos de ellos Steinway) de su casa en Suiza, pasando por el minúsculo espacio en el que se reencuentra con su instrumento de juventud, hasta reingresar en la inmensidad del Colón y su Steinway, elegido por Bruno Gelber. "Un piano puede influir mucho en la versión de la obra que se haga –explica Goerner–. En el mejor de los casos, un instrumento que tiene posibilidades que por ahí no habías pensado, puede ser una fuente de inspiración maravillosa”. Naturalmente, la situación inversa también se da a menudo y no se trata, según aclara, de problemas meramente mecánicos: “Muchas veces pasa que te encontrás con un piano que no te responde como quisiera, ya sea mecánicamente o en su aspecto expresivo, porque tiene un carácter que no coincide con las obras que vas a tocar. Estamos en desventaja con respecto a otros instrumentistas, pero cuando se da el plus de la sorpresa puede ser bárbaro”.
El pianista, becario del Mozarteum que recibió como primer espaldarazo internacional su victoria en el concurso internacional de piano de Ginebra en 1990, comenta que no deja un día sin tocar el instrumento cuando está en actividad plena.
–Dos días antes del concierto, ¿a qué se dedica en su estudio?
–Hago un repaso de toda la función para tener una visión global del conjunto. Eso me tranquiliza de alguna forma, en cuanto a mi propia concepción, me afirma en lo que pienso. ¡O no! Me sucede a veces que retomo un determinado pasaje en el que no logro conciliar algo. Pero, en general, trato de tener una perspectiva general, es algo que necesito para mi tranquilidad espiritual.
–Brahms está en el programa, pero con obras en las que relee a Bach y Paganini. ¿Por qué las eligió?
–Me interesaba rescatar el enfoque del Brahms transcriptor, como en el caso de la Chacona de Bach. Se habla poco de esta faceta, a diferencia de lo que ocurre, por ejemplo, con Liszt. Creo que la transcripción de la Chacona es un logro, un ejemplo de pureza estilística. Porque las notas son las de Bach, sin aditamento alguno. Hay una gran fidelidad.
–¿Y con las variaciones de Paganini?
– Aquí no es sólo la cita, sino la fantasía y la búsqueda de posibilidades virtuosísticas del piano que le genera Paganini. En verdad la obra está titulada como Estudios. Es un detalle importante, hay evidentemente una intención pedagógica de base. Pero Brahms, al igual que lo que hicieron Chopin, Liszt o Debussy, sobrepasa lo pedagógico. La diferencia con Chopin y Liszt es que ellos estaban orientados al futuro del virtuosismo pianístico. Brahms en cambio utiliza recursos virtuosísticos que ya estaban en desuso en su época.
–¿Por qué Beethoven?
–En un programa en el que están Bach y Brahms no podía faltar Beethoven. En este caso, elegí intuitivamente la Sonata Opus 110; sólo sabía que tenía que ser una obra del Beethoven maduro.
–En concierto, ¿deja espacio para la espontaneidad?
–Sí. Es algo que pasa por una disposición mental y espiritual. A mí me gusta que el músico tome riesgos. Porque creo que en un recital es muy importante que haya una parte de aventura más que de certitud.
Perfil
- Nelson Goerner nació en San Pedro, Argentina, y se consagró como uno de los más destacados pianistas de su generación. Alentado por Martha Argerich obtuvo una beca en el Conservatorio de Ginebra, donde se perfeccionó con Maria Tipo y obtuvo un primer premio con distinción en 1990. Ese mismo año, por unanimidad, ganó el primer premio en el concurso de piano de Ginebra. Ofreció recitales en algunas de las más importantes salas de Europa.




