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El año pasado, Nicolás Sorín experimentó una suerte de dilema existencial. En diciembre, puso fin de manera súbita a Octafonic, el combo de jazz mutante que había liderado durante cinco años, y ese cierre de ciclo forzó una serie de planteos introspectivos. "De alguna manera, me quedé boyando y tratando de encontrarme. Fue una especie de crisis de los 40, no solo en lo personal, sino también en lo profesional. Siempre me gustó hacer de todo, pero sentía que no caía todo en un mismo lugar, estaba todo muy desperdigado". La respuesta a esos interrogantes se materializó en LAIF, un álbum con canciones planteadas alrededor de tres ejes temáticos y que lo tiene por primera vez convertido en un músico solista, luego de años de liderar diferentes proyectos grupales. "Se siente bien, después de tanto tiempo. Siempre tuve mucho pudor, me gustaba esconderme detrás de orquestas, octetos, muchos músicos en general. En mis bandas estaba tratando de contar esto que estoy haciendo ahora, así que me parece que está bien que me haga cargo. Creo que es un buen momento", dice.
El resultado es la versión más integral que Sorín dio de sí mismo, al menos en el aspecto musical. Acompañado por músicos de Octafonic, Fernández 4 y Todo Aparenta Normal, Sorín pensó el repertorio alrededor de tres conceptos: "Berf" (que significa nacimiento), "Lov" (amor) y "Def" (muerte). "Son nueve historias horizontal y verticalmente, pero que se pueden sacar de cada bloque y contarse de a una y no necesariamente en ese orden. Es un disco muy ecléctico que también se permite ir hacia lo lúdico. Cada uno se puede armar su propia historia", dice. En vez de lanzarlos en simultáneo, cada tema de LAIF se estrena cada tres semanas, con su respectivo videoclip y, una vez que los nueve hayan visto la luz, se publicarán en un vinilo en octubre. "No fue estratégico. Los del sello me decían que estaba loco y que no lo hiciera porque no funciona así, pero yo quería contarlo de esta manera". La presentación en vivo será este 5 de julio en el Teatro Xirgu Untref.
Aunque ya había tenido una banda de punk y tomaba clases de guitarra y batería, Sorín tuvo una extraña revelación a los 15 años. "Salía de un boliche en la Costanera, no me acuerdo si era Caix o El Cielo, y vi a un pibe con un buzo de Berklee. Me volví loco. Hacía un frío de los cojones, pero ¡se lo compré en el momento!", explica. Sorín pasó los dos años siguientes dibujando el logo de la clásica escuela de música en sus apuntes de clase en el secundario, hasta que, una vez egresado, partió rumbo a Boston para cumplir su sueño. "La verdad es que irme a estudiar allá fue una cosa platónica. En esa época me gustaba mucho el punk californiano, y cuando llegué me di un tortazo, porque nunca había escuchado jazz", dice. Pero esa misma falta de background fue la que le permitió tener el sello de aprobación del cuerpo docente, en especial de Phil Wilson, un trombonista histórico de la institución que celebró la manera atípica con la que su alumno escribía arreglos para big band.
Después de cinco años en los que completó tres carreras de composición, Sorín decidió que ya había tenido suficiente con el mundo académico. "Hoy por hoy no te agarro un libro y no quiero saber nada con eso. Nunca recurro a los libros para chequear algo, salvo alguno de orquestación, si me parece que el fagot lo escribí para el culo", reconoce. Lo que le siguió a ese proceso fue otro igual de intensivo, pero a la inversa: un desaprendizaje en el que la práctica y la intuición reemplazaron a cualquier marco teórico, en el que el primer paso fue, irónicamente, dejar de escuchar música. "Estuve como 10 años así. Hacía música, pero sin analizar, tratando de dejar la cabeza en blanco. Todavía sigo en eso. Fueron cinco años en los que tuve que escuchar de todo, casi una sobredosis", dice Sorín, que reconoce que recién ahora incorporó el hábito de usar Spotify, aunque solo para escuchar recomendaciones específicas de terceros. Su formación también lo hace tomar cierta distancia del jazz, lo cual es curioso, ya que se trata de la rama de la música a la que suele asociárselo por los proyectos que ha liderado o de los que formó parte. "En realidad, yo nunca pertenecí a ese ambiente. Por más que la mayoría de mis amigos toque jazz o sus derivados, yo nunca me consideré un músico de jazz", dice. "Trato de evitar los géneros y juntarme con gente afín que tiene la cabeza abierta más allá de lo que toque".
Si hay algo que no rigió ni rige la carrera de Sorín es atenerse a lo que establecen los papeles. Cuando todavía estaba en Estados Unidos, armó la primera versión del Sorín Octeto, un ensamble de jazz díscolo, con músicos locales que luego continuó en Argentina. Casi en simultáneo le dio forma a Elbou, un trío de punk-rock chispeante, también integrado por Cirilo Fernández, líder de Fernández 4, en el que Sorín continúa aportando teclados hasta el día de hoy, y ambos coincidieron en Octafonic, la banda polimórfica que Sorín timoneó entre 2013 y 2018, y en la que era tan válida una comparación con Miles Davis como con Trent Reznor. Más allá de la pluralidad de estilos, en todas las bandas en las que estuvo al frente (con la excepción de Malacara, de corte rioplatense tipo Jorge Drexler) hubo siempre un único denominador común que continúa a la fecha: el inglés como idioma dominante en las letras. La elección responde a cuestiones tanto rítmicas como sonoras, pero también le sirve a Sorín para esquivar lo evidente. "Le saca lo explícito que tiene el castellano. Al ser mi idioma, siento que estoy diciendo todo demasiado, como si dijera [fuerza la voz casi como un grito]: ‘Hola, voy a cantar una canción que se trata de esto’. Lo que me gusta de la música es que es una cosa abstracta. Las letras de LAIF están muy pensadas y son muy importantes para la narración, pero aun así quiero que sean ambiguas y no se entiendan del todo", dice.
En 2013, Sorín viajó a la Antártida y estuvo dos meses en las bases Marambio y Esperanza, tratando de captar lo que él llama "la escenografía del lugar", para escribir el primer movimiento de una pieza llamada Sinfonía Antártica. En noviembre del año pasado, cuando lo convocaron junto con Nicolás Guerschberg y Gustavo Mozzi para componer la banda de sonido de Argentum, el espectáculo de música y danza que coronó la gala del G20 en el Teatro Colón, sintió la necesidad de incluir ahí su propia obra. "Como era un recorrido por toda la geografía de Argentina, se me ocurrió que en la Patagonia podía utilizar pedazos de la música de esa sinfonía, y así fue que también la dirigí", dice. Después de varios años de insistencia, en abril volvió a viajar a la Antártida, esta vez a la base Carlini, para completar su obra. "Escribí mucha música en el viaje, en la espera, en el cruce del pasaje de Drake, y dos días antes de que terminara no me gustaba nada de lo que había hecho. Tiré todo y bajo presión escribí lo que ahora estoy trabajando".
Aunque los dos movimientos finalmente se estrenarán en noviembre en un show sinfónico en el que repasará su trabajo con bandas de sonido (muchas de ellas de películas dirigidas por su padre, el cineasta Carlos Sorín), la anécdota de ese descarte grafica el nivel de obsesión que Sorín mantiene con su propia obra. "Es un problema. Estoy trabajando en eso, porque vuelvo locos a mis amigos, pero también me gusta tener el control, es algo medio paradójico. Siempre trato de tener al mejor equipo y me gustaría delegar más, pero si lo hago te voy a estar llamando cada dos horas", dice. Por el contrario, siente un mayor grado de tranquilidad cuando se acopla a alguno de los proyectos de sus amigos (Fernández 4, el inminente colectivo PAN de Santiago Vázquez), porque las pautas las establece otro: "La paso bomba y me encanta porque no soy el líder, disfruto un montón y quiero hacerlo bien. Eso lo puedo controlar. Pero, cuando necesito que todos hagan lo que yo quiero, no lo controlo. Cuando te bajan línea o te dicen qué hacer, se trata simplemente de aplicarlo. A mí me cuesta más lo otro, cuando no hay reglas. Y, por lo general, con la música personal estoy siempre un poco en esa".
Si bien el recorrido por su trayectoria va del punk a lo orquestal y del jazz al rupturismo, Sorín ve entre todos sus proyectos un patrón con el que quiere romper. "Aunque no parezca, me repito constantemente. Por eso le busco la quinta pata al gato y no te hago un ritmo en 4/4, siento que es una cagada". Gran parte de ese estilo personal responde a una búsqueda constante de lo complejo, algo a lo que alude con la misma frecuencia con la que intenta esquivarlo. "Siento que hago una música que trata de ser fácil de escuchar, pero es muy difícil de tocar. En el fondo, quiero hacer música para que lloren las abuelas, muy sencilla, y siento que en todo este recorrido estoy tratando de llegar a eso", dice. "Pero todavía soy un enfermo mental que la quiere complicar, está en mi carácter".
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