Nuevos antídotos para los que se aburrieron del jazz
Lloyd, Holland y Haden & Gismonti abren una esperanza
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Atención. Lo que se va a leer a continuación no es sólo un comentario de tres discos de jazz excelentes. Es, además, un ejercicio de adivinación del futuro digno de especialistas como Horangel, Lilly Süllos o Ludovica Squirru: las tres placas estarán ubicadas a fin de año entre las mejores que fueron editadas en 2001.
Claro que no hay que tener demasiadas dotes de futurólogo para predecir que la música de Charles Lloyd, Dave Holland o el dúo Charlie Haden & Egberto Gismonti tiene garantizado el podio de la excelencia.
El caso de Lloyd es digno de ser destacado. A sus sólidos 63 años, y luego de haber deslumbrado con su último álbum, "The water is wide", vuelve a la carga, ahora con la continuación de éste, "Hyperion with Higgins".
Con la misma increíble formación, en que se lucen el pianista Brad Mehldau, el bajista Larry Grenadier, el guitarrista John Abercrombie y el baterista Billy Higgins, que murió en mayo último, a poco de finalizar la grabación de este disco.
Aquí, un atractivo sonido coltraneano recorre el sonido del saxo tenor de Lloyd, que en ocho temas se permite viajar musicalmente por varias regiones del planeta.
El hilo conductor es la perfecta complementación de estos cinco músicos, entre quienes cuesta destacar algún protagonismo absoluto.
Mehldau (que está a punto de editar su nuevo disco solista, que será doble) parece cada vez más afianzado y, por suerte, dejando atrás sus constantes guiños a Bill Evans. Abercrombie confirma que es uno de los mejores guitarristas del momento, con la sutileza como aliada. Y Higgins, esa máquina del ritmo que tocó con todas las leyendas del jazz, convierte su clase magistral de batería en el mejor homenaje a sí mismo y al género.
Probablemente "Hyperion with Higgins" se paladee mejor de a poco, en cada audición. Allí, el hechicero Lloyd, envuelto en la capa de John Coltrane, promete y realiza milagros.
El regreso de Holland
No es poco, por otra parte, lo que consigue Dave Holland en "Not for nothin". Luego de deslumbrar al público argentino, el genial contrabajista británico vuelve con su quinteto y con su inspiración en alza.
Quienes lo hayan visto en vivo sabrán de qué se trata. Lo mismo quienes hayan escuchado "Prime directive", su anterior CD. Cinco músicos cruzándose, intercambiando talentos, con el saxofonista Chris Potter en ascenso y una base rítmica sin piano, pero con el vibrafón y la marimba de Steve Nelson como antídoto contra la abulia jazzera de este nuevo siglo.
Holland, por supuesto, se agiganta detrás de su contrabajo y en la composición de la mayoría de las nueve canciones de este disco, en el que también se lucen el trombonista Robin Eubanks y el baterista Billy Kilson.
Se trata del tercer álbum con esta formación y se nota: la improvisación alcanza su estado puro gracias a la química de este quinteto, en el que el motivo principal de cada tema es apenas la excusa para disfrutar (ellos, los músicos, y nosotros, los oyentes).
Imbatibles
Por último, la sociedad musical entre el contrabajista Charlie Haden y el pianista y guitarrista Egberto Gismonti probablemente pueda ser calificada como uno de los acontecimientos del año. El álbum "In Montreal", en rigor, rescata el concierto que el contrabajista y el pianista y guitarrista compartieron en el escenario del festival de jazz de aquella ciudad en julio de 1989.
Por esos azares del destino, o de la comercialización, la grabación de Radio Canadá finalmente fue a parar a manos de Manfred Eicher, el mandamás de ese sello discográfico llamado ECM, que sigue sorprendiendo por su calidad y su coherencia.
Así, en este disco puede apreciarse el arte del dúo. O del trío. O del cuarteto. No hay aquí sólo dos músicos talentosos. También hay una combinación poderosa que triunfa, en principio, en su concepción y en su realización: no se trata de una competencia pirotécnica para determinar quién es el mejor o el más rápido.
Haden y Gismonti presentan una fórmula que también se aprovecha de los silencios para transformarlos en materia prima de su sonido. El brasileño, al que, por suerte, también pudo volver a disfrutar hace poco el público porteño, es literalmente un hombre orquesta. Más allá de sus manos, que logran maravillas en el piano y en la guitarra, es su cabeza la que asombra, de donde surgen las ideas más originales, menos transitadas.
En un momento en el que el jazz se sigue mirando a sí mismo en un espejo que atrasa cuarenta o cincuenta años, donde reinan la revisión fría y repetitiva de los standards, los tributos calcados y la falta de ideas, estos tres flamantes lanzamientos coinciden en algo: la pasión por avanzar, por apostar, por imaginar algo distinto.
Aquí no está, por ejemplo, el espíritu comercial de Wynton Marsalis calcando el repertorio de Duke Ellington. Aquí, en cada track de estos álbumes, de alguna forma, está el espíritu del propio Duke Ellington reinventando el género, marcando el sendero que transitarán los que vienen.
Así, escuchar estos tres CD reconciliará a muchos descreídos de la capacidad de sorpresa del jazz con la mejor música que se puede escuchar en estos días de sonidos clonados.





